Casi nunca he encontrado una respuesta consistente a esta pregunta tan intrigante, pero ayer -justo el día en el que celebrábamos los dos años de uno de nuestros mayores éxitos internacionales- me pareció encontrar una respuesta aceptable.
Según parece, hubo en estos días una ruidosa manifestación de agricultores «en colère» en Atocha (en la de Madrid, no en la de Salta), justamente frente al bellísimo edificio del Ministerio de Agricultura, que está sobre la calle de la Infanta Isabel, a unos pocos pasos del Paseo del Prado y a la vuelta de la Cuesta de Moyano, que es donde se encuentra uno de los mercados de libros usados al aire libre más importantes de Europa y por donde me dejo caer de vez en cuando; especialmente cuando tengo unas monedas en el bolsillo.
Tengo que confesar que la caricatura salteña de España como el país «torero» por antonomasia me ha hecho pensar bastante. Porque decir que el país en el que vivo desde hace algo más de 35 años está habitado por «toreros, picadores y matadores», e insinuar al mismo tiempo que aquí se maltrata a los animales, me ha parecido tan «culto» y bien informado como decir que este es todavía un país «franquista» o que está lleno de «gallegos brutos». Hay algo de rancio y anacrónico en estas caricaturas.
Como diría Lloyd Braun, o yo estoy loco, o vivo en un país que no existe.
Estoy casi seguro de que en aquella manifestación de Atocha no debe de haber habido ningún ganadero peninsular que se dedique a criar toros de lidia, puesto que el acuerdo con el Mercosur no les afecta en absoluto. No he sabido nunca que los países sudamericanos exporten a España (o se propongan hacerlo) unos toros como los victorino o los cebada gago.
Caigo en la cuenta también de que en las casi cuatro décadas que llevo aquí, no he conocido a ningún torero, sea matador, picador, rejoneador, banderillero, mozo de espadas, alguacilillo o monosabio. Ni uno solo. Un poco extraño, porque si fuesen multitud, como dicen en Salta, en todos estos años ya me habría topado con uno.
Conozco a muchos oriundos que se dedican a oficios tan diferentes como sufridos e interesantes; pero por esas casualidades de la vida, he conocido también a muchos que se dedican a escribir en los diarios, así como a muchos excuras, y a gente, en general, con vocaciones truncas que felizmente no albergan ideas xenófobas ni desprecian a sus semejantes que viven en otros continentes. Tengo que decir en favor de ellos que en ninguno he advertido una pasión especial por la tauromaquia o una inclinación sádica por la crueldad hacia los animales.
De hecho, recuerdo haber votado alguna vez en una elección para el Senado al Partido Animalista, que no suele sacar en las elecciones ni para el boleto del ómnibus, pero en el que tengo algunos conocidos, no precisamente sospechosos de solazarse con el espectáculo de «sangre y arena».
Tampoco me he enterado, en la respetable cantidad de años que llevo en este país de «toreros, picadores y matadores», de que aquí se incendien perros vivos, como los que el diario El Tribuno publica frecuentemente en sus páginas con fotos muy elocuentes, ni he visto por la calle caballos caquécticos -también retratados por El Tribuno- como los que suelen circular por aquella venerable «tierra de poetas y cantores», en donde casi a diario aparecen también cadáveres humanos en las cunetas. El mismo diario que condena a los agricultores españoles se escandaliza más por el acuchillamiento de un perro que el de una mujer indefensa, pero ¡cuidado!los bárbaros e incivilizados son los españoles.
Por supuesto que España ha hecho méritos encomiables para que los menos informados de la comarca la identifiquen con el toreo, como Salta ha hecho los suyos para que la consideren el paraíso de la opería universal. Pero las simplificaciones y las caricaturas hechas con dos apresurados brochazos no son nunca buenas, y más todavía cuando lo que se pretende con ellas es exaltar a una nación y denigrar a otras.
Ni España es el país de «toreros, picadores y matadores», ni Salta es la «tierra de poetas y cantores» o esa factoría de opas solemnes que algunos pretenden que creamos que es. Asumir que lo son comporta renunciar a penetrar en la raíz de las cosas, es esquematizar culturas que son complejas y plurales casi por definición y es también menospreciar a las personas haciendo amalgamas apresuradas y escasamente meditadas.
Volviendo a la primera de mis inquietudes (el por qué de nuestros bandazos internacionales), pocas dudas me quedan esta mañana de jueves acerca de que una de las explicaciones más plausibles la podemos encontrar en lo que yo llamaría nuestra pasión por la sociología barata.
Ante semejante destello de sabiduría vallista sobre lo más profundo del carácter hispano, solo se me ocurrió echar mano de los proféticos versos de Antonio Machado que en El mañana efímero decía:
La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y de alma quieta,
ha de tener su mármol y su día,
su infalible mañana y su poeta.
Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar de la cabeza...