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  • ¡Pecadores, abstenerse!
  • Ya es oficial: el portavoz del Arzobispo de Salta, el presbítero señor don Oscar Ossola, ha certificado con toda la pompa del caso que los políticos salteños no tienen alma.
Oscar Ossola, portavoz del Arzobispo de Salta
Oscar Ossola, portavoz del Arzobispo de Salta

Allí donde cualquiera podría pensar que la «espiritualidad» era una manifestación sublime de esa entidad inmaterial que poseen los seres vivos y que vulgarmente se conoce con el nombre de «alma», ahora resulta que para la alta jerarquía de la Iglesia en Salta, solo están en posesión de tal cualidad los peregrinos, y, por supuesto, algunos curas.


Muy claramente lo ha dicho el orondo señor Ossola: «la fe, el sacrificio y la fraternidad de los peregrinos son ejemplos de compromiso y devoción».

Lógica conclusión de estas democráticas y cristianas palabras es que los políticos de Salta carecen de cualquier «compromiso y devoción», con lo cual, prácticamente todos ellos acuden a venerar al Señor y a la Virgen del Milagro cruzando los dedos detrás de la espalda; o lo que es lo mismo, haciendo morcillas para el diablo.

Lo grave es que el anatema no solo se dirige contra diablillos conocidos como Marocco, sino hacia toda la «casta», sin hacer distinciones.

Con su prédica populachera, curas pobristas como Ossola han conseguido un efecto perverso: desplazar el centro de atención del Milagro, de las Sagradas Imágenes a los peregrinos (de la pureza eterna de la Fe al más coyuntural de los buenismos).

Desde hace algún tiempo, los salteños y las salteñas ya no adoran tanto a sus Santos Protectores como a esas riadas de gente que bajan de las montañas y que, gracias al trabajo «articulado» entre el Arzobispo y el Jefe de Policía, llegan a la Plaza 9 de Julio en perfectas condiciones físicas, mentales, sanitarias y podológicas.

Tan protagonista es el peregrino en estos días, que el acceso a la Catedral parece incluso estar vedado a aquellos fieles que no tienen aspecto de «originarios». «Usted, a rezar a su casa. Aquí, si no viene todo sudado y con ampollas en los pies, no entra». Así fueron despachadas los otros días una ilustre abuela salteña y su nieta, cuyo único pecado es el de ser rubias.

Pero para que el peregrino llegara a convertirse en la razón de ser de la Fiesta, había que recorrer primero un largo camino y crear la categoría social del antiperegrino (del enemigo común). Y nada mejor para ello que focalizar en «la perrada», como se conoce en Salta a la plana mayor que en los actos oficiales y religiosos acompaña al Gobernador de la Provincia.

Los políticos son para Ossola (y, por extensión, para el Arzobispo) infieles, holgazanes y egoístas; es decir, exactamente las cualidades opuestas a la fe, el sacrificio y la fraternidad, que la Iglesia salteña cree que solo poseen los peregrinos.

No es exagerado decir que, para los curas de Salta, hoy son mucho más importantes los perros de los peregrinos que los feligreses normales que portan ideas políticas.

Pareciera que aquello de «al corazón contrito y humillado oh dios no despreciarás» -viejo como el andar a pie- ha sido sustituido en Salta por la demencial consigna de los «followers» en las redes sociales: Si no me sigues, no existes.

Dicen las Sagradas Escrituras (Juan 6:37) «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera». Pero a Ossola le da igual lo que puedan haber escrito unos evangelistas trasnochados hace dos mil años. Él le saca tarjeta roja a toda una categoría de ciudadanos/feligreses, y presume sin admitir prueba en contrario que todos los integrantes de esta categoría son aventajados discípulos de Satán.

Estamos en presencia, pues, de una especie de golpe de Estado de sacristía, mediante el cual los curas que pululan por España y Mitre se han apropiado de una manifestación religiosa que, básicamente, excede su terreno de acción moral. El Señor del Milagro es de todos; especialmente de los pecadores más impenitentes.

Con su intento de exclusión, Ossola no ha hecho mejor cosa que ofender a un Dios tan bueno, tan santo y tan amable.

Por tanto, los pecadores debemos hoy rezar por su alma maltrecha y pedir que el Padre perdone a ese hijo ingrato -párroco de San Lorenzo Mártir- que no ha sabido lo que ha hecho al haber despreciado a su Dios y Redentor. Todo ello, para no lamentarse después y terminar gimiendo sin remedio en ese lugar ardiente en donde se asan a fuego lento «los insensatos cuyas huellas seguí».

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