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  • Odio al diferente
  • El sentimiento religioso, que antes convocaba a la fraternidad y no conocía de fronteras jurisdiccionales, se ha convertido ahora en un terreno de disputas culturales, de fricciones vecinales y en ocasión propicia para el despliegue de la xenofobia.
Imagen ilustrativa
Imagen ilustrativa

Dentro de muy pocos días, Salta será escenario de una de las movilizaciones de feligreses más importantes del país: la de los peregrinos que llegan a la Catedral de la ciudad desde varios puntos de la Provincia para venerar al Señor y a la Virgen del Milagro.



Desde hace un cuarto de siglo, aproximadamente, el culto a las Sagradas Imágenes –que se practica en Salta desde 1690– ha transmutado en el culto al peregrino.

Principales impulsores de este profundo cambio cultural son, por este orden, la jerarquía católica de Salta y el gobierno provincial.

Ambos poderes (el espiritual y el temporal) descubrieron casi al unísono un cierto sesgo elitista en una fiesta que siempre fue de todos, y es por ello que se han propuesto, por motivos más conectados con el populismo que con el sentimiento religioso, que la celebración sea solo de los pobres caminantes, a los que se supone más cristianos, más nobles y más sacrificados que el aburguesado feligrés sedente.

Pero así como el salteño tolera, incluso con alegría, las sucesivas oleadas de peregrinos y consiente que una cantidad nunca revelada de dinero público se emplee en ellos (en su seguridad, su bienestar físico, su alimentación, en la limpieza del entorno y en la podología para sus perros), cada vez le cuadra menos que los residentes bolivianos en la ciudad celebren a la Virgen de Urkupiña con petardos, redoblantes y coloridos desfiles de caporales. Les molesta que los ruidosos «urkupiñeros» escenifiquen en la recatada ciudad su particular corso de invierno.

Es así como el tramo final de la estación invernal –casi monopolizado en Salta por la peregrinofilia– está dominado ahora por la urkupiñofobia, que se ha convertido en el complemento ideal del culto al peregrino milagrero, o en su antesala, como antes lo era el culto a la Pachamama.

En efecto, ya ni en el cristianismo hay una devoción sincera sin una buena dosis de odio al diferente. No hay mulsulmanes en cantidad suficiente en Salta, por lo que el rechazo se dirige hacia los bolivianos, «porque son ruidosos y poco higiénicos» –según dicen algunos–, mientras que «nuestros» peregrinos del Milagro son, por defininión, «limpios» y «silenciosos», como el pastor Barboza, ese que se parece a cada cardón de la falda, «un poco por las espinas, pero más por el silencio».


El Camino de Santiago

En Salta, las peregrinaciones masivas (organizadas por la Iglesia y controladas obsesivamente por el Estado) son un fenómeno muy reciente, si las comparamos con las que desde hace casi mil años se dirigen a la catedral de Santiago de Compostela, una ciudad hoy desbordada por una marea de visitantes que ha despertado la hostilidad de los residentes.

Solo para este año, se calcula que el centro de la ciudad, donde residen unos 10.000 santiagueses, tendrá que soportar a unos 570.000 peregrinos, atraídos por la posibilidad de visitar los restos de Santiago el Mayor.

Muchos grupos con un gran número de integrantes que se desplazan hacia el centro atraviesan la ciudad compostelana gritando, cantando o rezando con megáfonos. Nada muy diferente a la pirotecnia y los bailes de caporales del culto a la Virgen de Urkupiña en Salta, que han empezado a molestar a los «nacionales».


La Catedral, expropiada

El caso de los peregrinos del Milagro es muy particular, porque así como los «urkupiñeros», menos pretenciosos, no avanzan sobre los lugares sagrados y se conforman con pulular por las orillas (que nada tienen que envidiar a las orillas de Quillacollo), los que bajan de las montañas (muchos de ellos falsificados, porque habitan en el llano) han expropiado la Catedral a los feligreses de toda la vida y lo han hecho con la cándida complicidad del señor Arzobispo, un consumado «pobrista» y fundador de la «iglesia peregrina» en Salta.

El periodista santiagués de La Voz de Galicia, Mario Baramendi, recuerda que el economista canadiense George Doxey fue el primero en estudiar, hace ya medio siglo, el comportamiento de las poblaciones locales frente al turismo. Doxey elaboró entonces lo que se conoce como índice de irritabilidad turística, que se compone de las siguientes fases:

1) La euforia, marcada por las perspectivas de nuevos ingresos;

2) la apatía, en la que se ve al visitante como un simple generador de negocio;

3) la irritabilidad, momento en el que aparece el malestar por la masificación;

4) el antagonismo, que ocurre cuando se percibe al turista como causante de todos los males; y

5) la rendición, que ocurre cuando el residente asume resignado el cambio que ha sufrido su entorno y se inicia un periodo de declive.

En el caso de Urkupiña, los salteños se encuentran claramente en la fase cuatro, mientras que en relación con los peregrinos del Milagro se encuentran en la fase cinco, sin haber pasado por ninguna de las anteriores.



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