El partido final de la Copa América 2024 -que debía comenzar aquí a las 2 de la madrugada (del lunes)- empezó en realidad a las 3 y media.
Cualquiera podría decir que pasamos una «noche en blanco», pero en realidad vivimos una noche en celeste y blanco, que a muchos de los que aquí vivimos nos sirvió para compensar la euforia hispana que se había desatado algunas horas antes por la victoria de su seleccionado sobre Inglaterra en el Olímpico de Berlín.
Aun sin recuperar el sueño y con los ojos todavía hinchados por la emoción y enrojecidos por la falta de parpadeo (hasta que Lautaro no la embocó, estuve petrificado frente al televisor con los ojos abiertos como los búhos), me lancé -como muchos- a ver los vídeos y leer las crónicas del partido.
Como en ocasiones anteriores, todas las opiniones, comentarios y testimonios que tuve ocasión de leer se referían a la «gloria nacional», al carácter excelso de nuestros mejores jugadores (Messi, Di María, Lautaro, el Dibu...), al acierto de Scaloni con los tres cambios simultáneos, al tobillo inflamado del Padre de la Patria y a esa catarata de euforia un poco delirante que ya vivimos hace un año y medio en Qatar y que asombró al mundo.
Sin embargo, casi nadie (por no decir nadie) ha reparado en que detrás de la Selección y del extraordinario talento de sus héroes hay un trabajo constante y silencioso, no exento de dificultades y de retrocesos, en el que a diario se pone a prueba la idiosincrasia argentina.
Nuestra Selección y sus éxitos no son solo la demostración de nuestras habilidades con la pelota y de nuestro acierto a la hora de encontrar el arco rival, sino que también hablan muy elocuentemente de nuestra capacidad de asociación en determinadas empresas colectivas y de un eficaz reparto de roles frente a los desafíos comunes. Ambas virtudes, potenciadas a su vez por una idea clara del rumbo a seguir y de los objetivos a alcanzar.
Algunos sostienen que lo que nos hace fuertes es estar unidos, pero yo no estoy tan convencido de la fortaleza que nace de la uniformidad. Porque aunque hiciésemos una piña de 47 millones y lleváramos a la competencia a 26 Messis, nada seríamos capaces de conseguir sin esfuerzo, sin organización o sin disciplina.
Claro que además de todo esto hace falta tener suerte; pero a la suerte -ya se sabe- hay que ayudarla.
La «unión» alrededor de sentimientos y de pasiones no nos garantiza el éxito. A lo sumo lo hace más visible, más multitudinario y, si acaso, más impactante. Creo que tenemos que preguntarnos muy seriamente por qué nos apasiona más la camiseta albiceleste y no tanto la Bandera Nacional o la propia Constitución.
Pero mientras nos lo pensamos y debatimos qué hacer con nuestros símbolos y qué papel asignamos a nuestra norma fundamental en la convivencia democrática, sería muy bueno que aprendiésemos a ser eficaces e implacables en la discrepancia y aun en la desunión.
Pienso que debemos encontrar esa idea clara del rumbo a seguir y de los objetivos a alcanzar, pero respetando el pluralismo y la diversidad, que es donde de verdad reside nuestra potencia.
En otras parcelas de nuestra vida en común nos será muy difícil encontrar a otro Scaloni o a otro Messi. Especialmente difícil será en los asuntos públicos, en donde las cosas son mucho más complicadas que en una cancha de fútbol.
Pero, por muy difícil que sea, no debemos dar nada por perdido o por imposible.
Quienes sostienen que el carácter nacional nos aboca a un escenario de incertidumbre y de fracaso, no solo son pesimistas sino que también son destructivos y malvados. Por eso es que -a riesgo de pecar de ingenuidad y de un optimismo sin mayores fundamentos- pienso que tenemos que darnos cuenta de que la convivencia pacífica, organizada y productiva muchas veces no requiere de talentos extraordinarios o de grandes mentalidades, sino simplemente de acertar con el reparto de roles y tareas.
La clave sigue estando en esa idea clara a la que todos podamos adherir sin dejar nuestra dignidad por el camino.