No soy un especialista en este tipo de piezas oratorias tan elevadas, pero tengo que reconocer que el discurso del Arzobispo de Salta me ha parecido, en general, mucho más interesante, mejor fundado filosóficamente, menos instrumental u oportunista, y más estructurado y profundo que el de su colega porteño.
Nuestro Arzobispo nos ha dicho también que Dios quiso dejar al hombre en manos de sus propias decisiones y en este sentido evocó las palabras de Santo Tomás (que tomó prestadas de Aristóteles) cuando dijo aquello de “Liber est causa sui”, para definir el alcance y los límites del libre albedrío del ser humano.
De la autonomía espiritual nace precisamente el pensamiento liberal. Su esencia es la defensa de las libertades individuales, pero se caracteriza también por no admitir el pensamiento único y por no tener un “libro sagrado”, o una receta universal e infalible para el destino final de las sociedades humanas (como por ejemplo sí tienen el comunismo o el fascismo).
Me gustaría recordar aquí un episodio histórico muy conocido, cual es la visita que en 1920 hizo a la naciente Unión Soviética el diputado socialista español Fernando de los Ríos. Allí se entrevistó con Lenin y cuando estuvieron cara a cara el español le preguntó al líder de la URSS cuándo tendrían libertad los ciudadanos soviéticos. La respuesta de Lenin fue para enmarcar: “¿Libertad, para qué?”
A diferencia del comunismo o de la ideología exactamente opuesta, dentro del liberalismo conviven múltiples convicciones y no existe un dogma de fe establecido por un sumo sacerdote, sino una doctrina bastante flexible que evoluciona al compás de las circunstancias y de los cambios que experimenta el espíritu crítico de los individuos que la sustentan.
Por consiguiente, el liberalismo es –o debería ser– todo lo opuesto al dogmatismo, al pensamiento cerrado, preconfigurado y sin salida. Los liberales de verdad -se me ocurre- no malgastarían su tiempo en el inútil empeño de crear un hombre nuevo o un mundo nuevo, y, desde luego, a ninguno se le ocurriría refundar un país.
Como diría don José Ortega y Gasset, nobleza obliga a reconocer las cosas buenas que hicieron los gobiernos anteriores, aunque hayan sido del signo opuesto. Un liberal genuino, por tanto, no se plantea dinamitar todos los puentes, arrinconar a la oposición, reducirla a la nada o impedir por todos los medios que gobierne, sino, en todo caso, acompasar los cambiantes escenarios para tratar de preservar lo que está bien en una comunidad y modificar lo que está mal. Aunque, desde luego, distinguir entre lo bueno y lo malo no siempre ha sido ni será una tarea fácil.
Por eso es que me ha parecido muy valiosa la aportación intelectual del Arzobispo de Salta, porque de un modo muy simple -no exento de maestría, por supuesto- nos ha recordado que la libertad es mucho más que achicar el Estado, suprimir las transferencias de recursos o despedir empleados públicos. La libertad no tiene un camino sino millones.
Entre líneas, Cargnello nos ha dicho que la libertad no es simplemente una cualidad de «los mercados» (de la oferta y la demanda), sino un valioso tesoro de los seres humanos y un atributo fundamental de la dignidad de sus personas.
Por supuesto, quienes elaboraron su discurso saben de estas cosas mucho más que yo, pero aun a riesgo de incurrir en errores, me gustaría añadir algunos brochazos a ese retrato tan sublime de la libertad.
Para mí, la defensa de la libertad requiere, a veces, ser críticos con el propio liberalismo (con el auténtico y no con el falsificado). Porque la afirmación del pensamiento liberal y la exaltación de su superioridad moral (por ejemplo, frente a los dogmatismos) de algún modo también suponen el empleo de unas determinadas certezas doctrinarias ajenas al pensamiento liberal.
Una de las más peligrosas es la que tiende a considerar que la conexión entre democracia y libertad es inescindible, un valor absoluto, atemporal e inamovible. A la larga, este tipo de certezas doctrinarias conduce a la entronización de discursos intolerantes que, en sus versiones más radicales, tienden a expulsar del territorio de la razón a todo aquello que no cumple con la pretendida nobleza de las exigencias democráticas liberales.
Es por esta razón que, al hilo de las reflexiones de monseñor Cargnello, me gustaría decir que ciertas formulaciones doctrinarias del liberalismo parecen estar dando vida a concepciones extremas e intolerantes de la libertad (no necesito poner ningún ejemplo, porque son de sobra conocidos) y a la aparición de una especie de fundamentalismo democrático, al que ya me he referido en alguna ocasión y contra el que creo necesario luchar.
No debemos de perder de vista nunca que la más justas de las causas puede promover luchas atroces e injusticias de todos los colores, y que detrás del discurso en defensa de la libertad del individuo muchas veces se oculta la perversa intención de quienes solo defienden la libertad sin límites para hacer negocios y para negarle a los más débiles su libertad de elegir.
Por eso es que, con alcoholemia presunta o real, con sobreseimiento administrativo o sin él, con actas regulares o adulteradas, con admisión de errores y pedidos de disculpas, la aportación del Arzobispo de Salta a un debate fundamental en el seno de la sociedad -además de útil y oportuna- merece ser calificada de brillante.
