Recuerdo que, en una cierta ocasión, un catedrático de gruesas gafas de pasta y zapatos con suela de goma, antes de enseñarnos sobre la exportación de cotizaciones y la protección de los accidentes de trabajo en la Unión Europea, sacó a pasear, sin que nadie se lo pidiera, su fobia y su desprecio por lo que él llamó las «nuevas facultades de Derecho», ya que consideraba que solo se podía estudiar Derecho como Dios manda en Salamanca o en Valladolid, y que le parecía «absurdo e inexplicable» que hubiera facultades jurídicas en sitios alejados como Oviedo o semidesérticos como Albacete.
Cuando yo era un estudiante secundario, en Salta no había universidad. Y no hablo del Precámbrico sino del año 1971.
Sin embargo, Salta estaba llena entonces de estupendos profesionales y profesionalas, formados al máximo nivel en Córdoba, Buenos Aires, La Plata, y más recientemente, en Tucumán, cuya universidad había adquirido un notable prestigio a finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta del siglo pasado.
En 1972, cuando el general Alejandro Agustín Lanusse decidió fundar la Universidad Nacional de Salta (cuando hablamos de este hecho nos cuidamos bastante de referirnos a Lanusse como «el dictador») yo estaba en el tercer año de mi bachillerato en el Colegio Nacional de Salta y me proponía estudiar Derecho.
Aquel mismo año comenzaba su andadura la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Católica de Salta, de la que un cuarto de siglo después, por pura casualidad, fui decano.
Es decir, que si quería ser abogado, tenía que irme fuera de Salta y vivir la vida universitaria lejos de los cerros, las empanadas, los carnavales cerrillanos y los lacrimógenos 17 de Junio. Mi destino era musitar aquella parte de la zamba La nostalgiosa que dice: «Busco al fondo de la calle un cerro, pero encuentro el cielo y nada más».
Más de 50 años después de todo aquello, los estudiantes universitarios salteños emigran mucho menos que sus antepasados. Su movilidad es sumamente reducida, como lo es la de sus docentes. Hay motivos económicos para ello, pero pocas dudas caben acerca de que hay otra razón más poderosa: tienen a la universidad muy cerca, en sus ciudades, en sus pueblos y, si no fuera por algún pequeño detalle presupuestario, tendrían también una sucursal universitaria en su barrio.
A pesar de este despligue espacial, en medio siglo nuestras universidades no han conseguido -lamentablemente- cimentar una gran fama. Al menos un renombre comparable al de la Universidad de Córdoba o la Universidad de Buenos Aires.
En una gran mayoría de casos la enseñanza que imparten nuestros centros universitarios, por mucha voluntad que le pongan, no puede competir con los grandes y varias veces centenarios centros universitarios del país.
Esto no significa que los profesionales graduados en nuestras universidades locales no sean buenos ni competitivos. Muchos estudiantes, capaces e inteligentes -me consta- han hecho enormes méritos para superar las estrecheces y limitaciones nominales de sus diplomas, generalmente en universidades extranjeras, en donde han brillado.
A pesar de que tenemos muy buenos docentes y de que nuestros estudiantes son activos y curiosos, hay algo que parece condenarnos a la periferia del mundo universitario. Algo que nos convierte en el Oviedo o el Albacete que tanto irritaban a aquel catedrático elitista y supremacista.
Ese algo podría ser la dimensión de nuestras universidades, su implantación territorial poco planificada, sus gastos excesivos, su falta de autonomía presupuestaria, y, si lo vemos desde otro punto de vista, su intensa ideologización.
El conocimiento tiende a concentrarse y cuando hablamos del más alto nivel, tiende a concentrarse todavía más. Es esta una realidad incontestable. No hay, ni en Salta ni en Albacete ni en Boston ni en Oxford, una cantidad de sabios suficiente para todos los sitios y todos los momentos. Los que realmente saben están en unos cuantos lugares del mundo.
Para ser grandes, tenemos que estar preparados, porque, para ser pequeños, ya lo estamos desde siempre.
Nuestro desafío consiste en encontrar la forma del romper el maleficio periférico y no creer que las universidades, solo por ser universidades o disparar nuestro «orgullo» tienen que crecer a toda costa.
A veces, en beneficio de la calidad y de la eficiencia, puede ser necesario achicarse y zambullirse en la modestia.