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  • Más allá de todos los límites
  • La democracia no es precisamente el sistema político que mejor propicia el orden y la disciplina. Las dictaduras suelen hacerlo mucho mejor.
Cecilia Moreau, diputada nacional
Cecilia Moreau, diputada nacional

Sin embargo, el «desorden» democrático, que tiene tanto de bueno como de inevitable, es un componente de la convivencia con el que es mejor no jugar, llevándolo a los extremos.



Nos tenemos que preocupar mucho cuando la tensión política enfrenta, de un lado, a los que quieren organizar y ordenar razonablemente aquella convivencia, y del otro a quienes hacerla estallar en el menor tiempo posible.

Pero nos debería preocupar muchísimo más cuando a las dos partes les interesa más el desorden y el caos que la gobernabilidad.

En los dos bandos que llevan días enfrentándose con pretensiones de pureza dialéctica en la Cámara de Diputados de la Nación solo he visto a barrabravas disfrazados de legisladores y a señoras aparentemente cultivadas pero con una boca de carrero. Unos y otras han convertido el recinto que debería servir de escenario para la más fina esgrima parlamentaria en una prolongación del tablón y el debate en una refriega callejera digna del Puente Pueyrredon.

Unos quieren imponer el desorden por la vía de los hechos, en las calles, y los otros quieren instaurarlo por la fuerza de las instituciones y las leyes. Ninguna democracia -permítaseme decir- sobrevive a esta mortal convergencia.

En apariencia, hay discrepancias, enfrentamientos, venganza, resistencia, acción y reacción, pero en el fondo hay un acuerdo muy fino pero difícil de detectar entre tanto ruido y tantos gritos: es el acuerdo que da vida la Sociedad del Caos, una empresa del Estado que jamás se privatizará, aunque la participación no-estatal está plenamente garantizada.

Frente a esta siniestra corporación del mal, parece ridículo hablar de democracia o de Estado de Derecho. Si no conseguimos ponernos de acuerdo en lo que significa «libertad», lo más probable es que cada uno entienda el significado de «democracia» como más le convenga, y que las leyes y sus procedimientos de elaboración solo sean herramientas para conseguir sus maléficos fines y santificar sus intereses particulares.

Unos intereses que -curiosamente- son los mismos en uno y otro caso, pero que ni juntándolos se aproximan al ideal del interés de todos, que es el que obsesivamente tiene que perseguir la democracia.



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