Si los militares no hubiesen usurpado el poder en marzo de 1976, podría yo haber votado por primera vez en las elecciones de 1977, que nunca llegaron a celebrarse. Cumplí los 18 años en julio de 1976, razón por la cual mi estreno como ciudadano se produjo con bastante retraso: a los 25 años.
Mi voto por el doctor Solá fue probablemente el primero y seguramente no el último de una serie bastante consistente de actos de rebeldía en mi ya larga (para mi gusto) vida cívica.
Cuarenta años atrás me propuse votar en positivo; es decir, hacerlo atraído por la personalidad y la capacidad de un candidato en concreto y no movido por el rechazo o la aversión que pudieran suscitarme los otros candidatos.
Después de aquellas elecciones, el doctor Solá fue designado Secretario de Estado de Educación del gobierno federal argentino y, un poco más tarde, Embajador de la República Argentina en Panamá. En ambos cargos prestó un invalorable servicio al país y, por supuesto, a la Provincia de Salta.
Nunca me arrepentí de haberlo votado, aunque no fuese de mi partido, aunque muchos de los peronistas de entonces (incluidos muchos de los que habían compartido conmigo la misma trinchera política) me calificaran de «traidor». Era yo muy joven para hacerme merecedor de esa etiqueta, pero estaba entonces tan dispuesto a defender mi voto como lo estoy hoy.
Voté en una mesa que se había constituido en una de las galerías de la Municipalidad de Cerrillos. Entré al cuarto oscuro con una tijera en el bolsillo y, en la sagrada intimidad republicana, procedí a practicar un corte de boleta limpio y prolijo, como creo que jamás volví hacer en mi vida.
Aquel corte, ejecutado con tijera pero decidido con el alma hace 40 años, es el que hoy me permite mirar a la política de Salta y a mis comprovincianos con la frente bien alta.
Y se lo debo al doctor Bernardo Solá, cuya contribución a la naciente democracia me gustaría que los salteños y las salteñas no olvidaran en un día como el de hoy.