De ellos, 17.530.319 lo hicieron por uno de los candidatos que se disputarán el cargo en la segunda vuelta; es decir, por Sergio Massa o por Javier Milei.
Así lo harán los 6.267.152 que votaron a Patricia Bullrich, los 1.784.315 que se inclinaron por Juan Schiaretti, los 709.932 que prefirieron a Miryam Bregman y los 608.960 que votaron en blanco o cuyos votos, por diferentes motivos, no fueron válidos.
Si tenemos en cuenta el discurso que sostienen algunas fuerzas políticas (el radicalismo, por solo poner un ejemplo) esos 10 millones de electores traicionarán sus principios o las «banderas históricas» del partido con el que simpatizan.
Y yo mismo me respondo: Desde luego que no. El objetivo constitucional de la instauración de la segunda vuelta en las elecciones presidenciales no es humillar a los votantes que en primera vuelta han apoyado a los candidatos eliminados, obligándoles a que en la segunda elección voten «en contra de sus principios».
Al menos para mí, la única forma de «traicionar» nuestras convicciones democráticas (si las tenemos) sería negarse a votar argumentando que ninguno de los dos candidatos finalistas colma nuestras expectativas o satisface nuestros gustos. Pienso que no se puede llamar a sí mismo «demócrata» quien se niega a votar en unas elecciones, poniendo por delante su «amor por la camiseta» y renunciando a su deber de tomar una decisión que reclama el país.
La segunda vuelta es un ejercicio de madurez cívica. Es eso lo que quiere nuestra Constitución al llamarnos a elegir solo entre dos, sabiendo de antemano que es posible que ninguno de los dos nos guste. Nadie, por tanto, debe sentirse «traidor» por el hecho de elegir. En segunda vuelta, la única «lealtad» que se nos puede exigir es hacia las instituciones que con nuestro voto contribuimos a formar, no hacia un candidato, hacia unas ideas o hacia un escudo partidario.
Todo lo demás forma parte de un discurso principista que, en la medida en que pretende hacer primar la moral individual, se aleja de la política y de los imperativos éticos que son propios y específicos de esta actividad.