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  • El amor por la camiseta por encima de todo
  • Según cifras oficiales, el pasado domingo 22 de octubre, 26.845.879 ciudadanas y ciudadanos argentinos votaron para elegir a su próximo Presidente.
Gerardo Morales y Mauricio Macri
Gerardo Morales y Mauricio Macri

De ellos, 17.530.319 lo hicieron por uno de los candidatos que se disputarán el cargo en la segunda vuelta; es decir, por Sergio Massa o por Javier Milei.



Si tenemos en cuenta los votos en blanco y los anulados, nos queda que el 22 de octubre fueron 9.370.359 los electores que votaron a otros candidatos (o que echaron un sobre vacío o con un voto no válido) y que, por tanto, el próximo 19 de noviembre casi 10 millones de personas deberán votar a un candidato diferente.

Así lo harán los 6.267.152 que votaron a Patricia Bullrich, los 1.784.315 que se inclinaron por Juan Schiaretti, los 709.932 que prefirieron a Miryam Bregman y los 608.960 que votaron en blanco o cuyos votos, por diferentes motivos, no fueron válidos.

Si tenemos en cuenta el discurso que sostienen algunas fuerzas políticas (el radicalismo, por solo poner un ejemplo) esos 10 millones de electores traicionarán sus principios o las «banderas históricas» del partido con el que simpatizan.


Yo me permito preguntar: ¿Quiere la Constitución argentina que nos convirtamos en traidores al cambiar nuestro voto? ¿Quiere que los partidos que han quedado eliminados en la primera vuelta desaparezcan o que sus electores también queden eliminados?

Y yo mismo me respondo: Desde luego que no. El objetivo constitucional de la instauración de la segunda vuelta en las elecciones presidenciales no es humillar a los votantes que en primera vuelta han apoyado a los candidatos eliminados, obligándoles a que en la segunda elección voten «en contra de sus principios».

Al menos para mí, la única forma de «traicionar» nuestras convicciones democráticas (si las tenemos) sería negarse a votar argumentando que ninguno de los dos candidatos finalistas colma nuestras expectativas o satisface nuestros gustos. Pienso que no se puede llamar a sí mismo «demócrata» quien se niega a votar en unas elecciones, poniendo por delante su «amor por la camiseta» y renunciando a su deber de tomar una decisión que reclama el país.


El próximo domingo 19 de noviembre, no serán solo 10 millones los argentinos libres para elegir su voto, sino que libres serán los 35.410.080 electores que figuran en el censo y habilitados para votar. Nada obliga a quien en primera vuelta votó a uno de los dos candidatos finalistas a repetir su elección, es decir, a votar exactamente igual; nada obliga a quien el 22 de octubre se abstuvo a volverse a abstener, y viceversa, por supuesto.

La segunda vuelta es un ejercicio de madurez cívica. Es eso lo que quiere nuestra Constitución al llamarnos a elegir solo entre dos, sabiendo de antemano que es posible que ninguno de los dos nos guste. Nadie, por tanto, debe sentirse «traidor» por el hecho de elegir. En segunda vuelta, la única «lealtad» que se nos puede exigir es hacia las instituciones que con nuestro voto contribuimos a formar, no hacia un candidato, hacia unas ideas o hacia un escudo partidario.

Todo lo demás forma parte de un discurso principista que, en la medida en que pretende hacer primar la moral individual, se aleja de la política y de los imperativos éticos que son propios y específicos de esta actividad.



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