A decir verdad, tampoco es que la personalidad de los candidatos me atrajera mucho, así que entre el debate y el sueño elegí el sueño, una actividad que por lo menos me permite imaginar el ideal de unos candidatos mejor preparados, más dispuestos a escuchar que a atacar y menos agresivos. Pero los sueños -ya se sabe- sueños son.
Aun así, tuve curiosidad por conocer de qué modo los «entendidos» valoraban el desempeño de cada candidato y en mi empeño tuve la mala suerte de tropezar con dos artículos de un diario de Salta sobre el tema. La misma curiosidad que tuve hace un mes y medio cuando en Madrid debatieron los candidatos Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo. Tal vez me acostumbré mal a los buenos comentarios de un debate malo.
La verdad es que si el debate argentino fue malo, mucho peor me han parecido los comentarios que sobre él se publicaron, al menos en Salta. Por enfrentarme a estos «análisis» al final me he puesto detrás de una radiografía aproximada de la superficialidad aldeana y del despiste periférico, que en buena medida explica por qué los salteños vivimos fuera del mundo, de espaldas al país que creemos controlar de taquito y adoptamos todos los días decisiones que nos alejan cada vez más de la realidad.
No entiendo que el pasado -por ejemplo, la trágica noche de la dictadura militar- pueda ocupar un espacio siquiera mínimo en un debate de estas características y con esta proyección de futuro. Menos entiendo que un candidato que gobierna hable como si no gobernara, o como si todas las decisiones que ha tomado y sigue tomando como ministro sean acertadas.
La extravagancia y la provocación tampoco me atrapan. Entiendo que ser libertario es una cosa muy seria y ser vulgar y zafio es otra bien diferente. Tampoco me llaman los políticos (ni las políticas) con gestos de piedra, empeñado/as en demostrar «carácter» y que prometen «mano dura».
Pero, una vez más, me gustaría decir que si lo que entendemos los salteños de política se debe medir por la profundidad de los comentarios que he leído esta mañana, las esperanzas de vivir en una provincia políticamente culta y ordenada se han derrumbado en pocos minutos como un castillo de naipes. Antes del aluvión de vulgaridad que se inició en 1983, los salteños estábamos mejor conectados con el mundo que nos rodea y éramos, sin dudas, capaces de interpretar mejor las señales políticas que de tanto en tanto aparecían en el horizonte nacional. Ahora, ni eso.
Saberlo me produce una profunda pena, porque cualquiera sea el resultado de las elecciones, gobierne quien gobierne a partir del 10 de diciembre próximo, los salteños seguiremos respirando por un buen tiempo esa atmósfera de enrarecida mediocridad que algunos alimentan todos los días desde sus redacciones, solo para hacer posible que los mediocres de siempre puedan ejercer un poder que les queda grande por todos lados.

