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  • Malas elecciones
  • El eterno llanto salteño por el federalismo preterido es ya un clásico en la política lugareña.
Senador Juan Carlos Romero
Senador Juan Carlos Romero

El fenómeno es en cierto modo paradojal, puesto que cuando tenemos la oportunidad de combatir los excesos del centralismo, nos empeñamos en enviar a la principal institución federal -el Congreso de la Nación- a las personas menos preparadas.



Durante la intermitente vigencia de la Constitución nacional a lo largo del siglo XX, Salta tuvo diputados y senadores nacionales de alto vuelo. Probablemente se me olvide algún nombre importante, pero quisera acordarme aquí de Robustiano Patrón Costas, de David Ovejero González, de Carlos Serrey, de Francisco Uriburu Patrón, de Ernesto F. Bavio, de Alberto Durand, de Dante Armando Lovaglio, de José María Saravia Usandivaras, de Carlos Xamena, de Ricardo Munir Falú, de Jaime Hernán Figueroa, de Miguel Ángel Martínez Saravia, de Juan Carlos Cornejo Linares, de los hermanos Mario y Francisco Villada, y, cómo no, de mi padre, J. Armando Caro.

Es muy poco probable que en los tiempos en que vivimos no haya gente que esté a la altura de estos nombres ilustres, que intimidan con solo leerlos.

Pero si esa gente existe, ¿por qué las listas de candidatos a legisladores nacionales por Salta son tan pobres en nombres y en trayectorias? Hay demasiados políticos de segunda y tercera línea que se sacan los ojos unos a otros para disputarse unas pocas candidaturas, y muy pocos políticos de primera línea interesados en las elecciones.


El poco cuidado que ponemos los salteños en la selección de candidatos a ocupar escaños en el Congreso federal se traduce invariablemente en una acusada pérdida de influencia en las decisiones del poder central que nos afectan directamente. Es algo que viene sucediendo desde hace 40 años.

No es malo de suyo que los candidatos salteños respondan a determinadas orientaciones de política nacional -así ha ocurrido siempre-, pero decididamente no es bueno que estas diferentes orientaciones sean las únicas que decidan el nombre de quienes nos representan.

Cuando algo como esto sucede, tenemos la seguridad de que los centralistas nos van a llevar de las narices hacia donde ellos quieren. Es decir, van a conseguir lo que se proponen. Y con nuestra complicidad.


Para sentarse en el Congreso Nacional no es suficiente acreditar «militancia» ni férreas lealtades con líderes nacionales, ni simpatías de alcoba. Hace falta demostrar capacidad para elaborar leyes, primero, y estatura moral y política y solvencia intelectual suficientes para confrontar en debates abiertos, después.

Excepción hecha de alguna legisladora actual, el resto de los representantes de Salta solo ha demostrado talento para enredarse en asuntos oscuros que siempre terminan resolviéndose, no por la fuerza de la razón, sino por la imposición del número. Probablemente no es culpa de ellos ser mediocres: nosotros también hemos ayudado a que esto se produzca.

Si no tuviéramos más remedio que tolerar que personas muy cortas de caletre hablen por todos nosotros en el Congreso Nacional, y si seguimos siendo felices con ver atornillada en el Senado a la misma persona durante más de 30 años, pues no nos quejemos después de que el federalismo funciona mal. Asumamos las consecuencias de nuestras malas elecciones.

Porque el federalismo -es bueno recordarlo- no es solo lo que los demás nos hacen a nosotros sino también lo que nosotros mismos aportamos a ese federalismo cojo y deficitario.



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