Viajes recreativos al espacio, vehículos eléctricos, máquinas que aprenden a pensar, comunicaciones instantáneas y hasta puentes digitales entre el cerebro y la médula espinal que permiten a los tetrapléjicos volver a andar.
Sin embargo, y aunque parezca un poco extraño, no conseguimos hacer llover y, en general, no somos capaces de controlar la atmósfera que nos envuelve y de hacer que una parte importante de la naturaleza en la que estamos insertos se comporte a nuestro gusto.
Ayer, tras larguísimos meses de insoportable sequía, los cielos del sitio en el que vivo se llenaron de nubes y nos obsequiaron, casi inesperadamente, con una buena cantidad de agua. La responsable de haber abierto un paréntesis -esperemos que duradero- en el año más seco desde que se tienen registros, es una depresión aislada en niveles altos (que se conoce aquí con el nombre de DANA) que ha afectado a la Península Ibérica entre el martes 23 y el jueves 25 de mayo. Se espera que hoy nos beneficiemos de una segunda DANA cuyos efectos empezaron a hacerse sentir tímidamente durante la jornada de ayer.
Es llamativo, pero así como somos perfectamente conscientes de que las actividades del ser humano (hombres y mujeres) sobre el planeta pueden cambiar el clima para peor, la ciencia no ha descubierto aún (ni parece que vaya a hacerlo pronto) ningún método para mejorarlo. Es decir, sabemos perfectamente cómo empeorar las cosas y de algún modo sabemos cómo hacer para que no empeoren todavía más, pero por el momento no hay nada en el horizonte que nos permita soñar ni con volver al clima del pasado ni con lograr temperaturas y precipitaciones razonablemente moderadas.
Es verdad, como dice el dicho, que «nunca llueve a gusto de todos»: Que unos disfrutan con el calor que otros sufren y aborrecen; que hay gente a la que, con tal de ir a echarse a una playa con poca ropa, le importa muy poco que hagan 30 grados en pleno invierno, mientras que otros -que pueden permitírselo- viven de espaldas a la realidad todo el año gastando calefacción en invierno y aire acondicionado en verano.
Tenemos que admitir que esa sensación de omnipotencia que nos ha invadido gracias a los fantásticos progresos de la ciencia del siglo XXI se detiene en los umbrales de la atmósfera, a la que no conseguimos hacer que se comporte como quisiéramos. Puede que para algunos, un mundo sin contrastes meteorológicos y sin fenómenos climáticos extremos (huracanes, sequías, olas de calor y de frío, tormentas de polvo y de nieve), sea insoportablemente aburrido; pero siempre es y será preferible vivir en un mundo tedioso, previsible y repetitivo a hacerlo en uno que sea inhabitable.