Si tuviéramos que ponerle letra y música al espectáculo de partidos, frentes y alianzas dándose de codazos para poder llegar a tiempo con sus listas al atolondrado Tribunal Electoral, sin dudas que serían los versos sin sentido y los acordes repetitivos de la famosa chacarera del ventilador los que mejor acompañarían la danza de impugnaciones y zancadillas entre partidos cuya existencia el ciudadano desconoce y unos candidatos que presumen de ser más conocidos que sus imaginarios partidos.
Quizá por su mala prensa, las dos han desaparecido del horizonte institucional salteño, pero las malas prácticas de los tahúres del río Arenales (por ejemplo, las llamadas listas colectoras) continúan a despecho de las derogaciones y las suspensiones legales. La cabra al monte tira, de modo que no es de extrañar que aquellos que han crecido arrullados por los soporíferos acordes de la chacarera del ventilador hoy sean incapaces de entonar otra melodía.
Si hay algo realmente peligroso para la pervivencia de democracia es la rutina y el dejarse llevar por la inercia de los acontecimientos. Con la creatividad bajo mínimos, a nuestros candidatos y candidatas solo les queda el recurso de improvisarse como personajes de la «commedia dell'arte» y aparecer vestidos de arlequín en las redes sociales y en las pantallas del voto electrónico. Con tal de llamar la atención, cualquier recurso estilístico es bueno. El argumento político parece haber pasado a la historia.
La falta de comparación con las democracias más avanzadas (o quizá sea mejor decir con las democracias «reales») y la creencia -ingenua- de que vivimos en el más democrático de los mundos, nos han privado de revisar nuestros ritos electorales; pero no solo los mecánicos de la emisión del voto, que son bastante conocidos (aunque no por ello perfectos), sino todo el proceso que comienza con la movilización de los partidos y desemboca en la formulación de la oferta.
La chacarera del ventilador evoca, quizá mejor que ninguna otra pieza, el deseo permanente e ininterrumpido de no apagar nunca el artefacto conocido, de no prescindir de él, de no alterar su rutina de funcionamiento. Mientras el calor electoral se siga produciendo -aunque sea de modo artificial- en la sórdida disputa por los cargos y las prebendas, los partidos, los frentes, las alianzas y sus insólitos candidatos perseverarán en hacer lo que el instinto y la rutina les conducen a hacer. Es decir, jamás apagarán el ventilador ni concluirán la chacarera.
El juego político de la democracia no solo consiste en madrugar al rival, sino también en ser capaz de construir con ellos los consensos que se requieren para seguir adelante sin perecer. Pero un objetivo como esto exige, básicamente, que cada uno entone una canción distinta. Ninguna de las dos cosas se puede conseguir en Salta, en donde los supuestos rivales rascan las mismas cuerdas y su canto chacareril suena exactamente igual de estúpido y adormecedor tanto de un lado como del otro.
Si ellos mismos no son capaces de distinguir quién es quién, ¿cómo podrán distinguirlos los ciudadanos?