Es como si Superman, desde la estratósfera, con nocturnidad y alevosía, hubiera agarrado el planeta por sus extremos y acelerado la rotación de la Tierra por puro gusto, para complicarnos la vida.
Eso de andar despertándose a las 2 de la mañana para un trámite tan pedestre como este no me hace particular ilusión.
El caso es que, con el adelanto horario de finales del mes de marzo, comienza la etapa del año que más aborrezco. Odio, literalmente, el sol y el calor.
Padezco lo que se conoce como Seasonal Affective Disorder (o SAD), pero inverso.
La gran mayoría de los que experimentan cambios de humor o de estado de ánimo con el cambio de estaciones sufren cuando llegan los días fríos, cortos y oscuros. A mí, como al 10 por cien de todos los que padecen el SAD normal, la llegada de la primavera me provoca tristeza y desasosiego, cuando no sensaciones mucho peores.
Sin embargo, nadie se ocupa de velar por nuestra sensibilidad. Especialmente los hombres y mujeres «del tiempo», que son los que se ocupan generalmente de contar estas cosas.
Esta mañana he escuchado por la radio a uno de estos diciendo que el cambio de hora «nos va a permitir disfrutar» de más horas de sol. ¿Disfrutar? Pero ¿qué ocurre con los que sufrimos la extensión de la insolación y los periodos casi interminables de calor africano?
Padecer SAD inverso no es solo pertenecer al team invierno: es algo mucho más serio, algo que podría ser incluso grave si se tiene en cuenta que los que padecen o dicen padecer el SAD normal suelen caer en profundas depresiones que muchas veces necesitan de asistencia médica.
No creo que sea mucho pedir que los comunicadores y meteorólogos utilicen un lenguaje neutro para informar. ¿Qué motivos, que no sean las preferencias personales del comunicador, pueden llevar a anunciar la llegada del «calorcito» o, simplemente, del «buen tiempo»?
En un país castigado en verano por la sequía y los incendios forestales el concepto de «buen tiempo» debería reformularse profundamente, porque ahora quizá mucho más que antes se necesitan lluvias abundantes y temperaturas benignas para que la vida de los seres humanos sobre la faz de la Tierra no se convierta en un infierno.
En estos tiempos de igualitarismo radical compruebo con pavor que el llamado «horario de verano» (ese al que vamos a entrar esta noche) dura un mes más que el horario de invierno (el que estamos dejando atrás). Si los relojes deben cambiar dos veces al año, ¿por qué el horario de invierno tiene que comenzar a finales de octubre y no en septiembre? ¿Por qué los del team verano tienen 7 meses para «disfrutar» y los del team invierno solo 5?
Como bien puede intuir el lector, estoy en contra de los cambios de hora. España, que tiene la misma hora de Alemania (desde que Franco se obsesionó en estar en sintonía con Hitler) no se beneficia especialmente del ahorro de energía, por su posición en el extremo Oeste del huso horario. La mayor parte de la Península Ibérica queda al Oeste del meridiano de Greenwich (también conocido como meridiano cero, meridiano base o primer meridiano), a partir del cual se miden las longitudes. De hecho, el meridiano cero atraviesa zonas orientales de la Península como Castellón o Alicante. España, por tanto, debería tener incluso una hora menos que Greenwich.
Habrá por supuesto quien «disfrute» de la claridad del día pasadas las 10 y media de la noche (que impide el descanso y trastorna los hábitos alimenticios) y a quien le guste que los termómetros señalen más de 30 grados a la medianoche (algo que mata silenciosamente a miles de personas por año).
Pero, para quien le interese, diré que no es mi caso. Que estas «maravillas de la naturaleza» están hechas para otros, no para mí.