Lo veraderamente importante es que Donald Trump ha dicho, sin tapujos, tres cositas que ningún presidente de los Estados Unidos hubiera dicho, ni bajo tortura:
2) Que la intervención militar en Venezuela está marcada por el «interés nacional» de los Estados Unidos, especialmente en lo que tiene que ver con la gestión del petróleo venezolano; y
3) Que no va a haber «cambio de régimen», sino continuidad, al encargarle la dirección del gobierno a una chavista de pro como Delcy Rodríguez.
Sin dudas, se echa de menos las épocas en las que los presidentes y los diplomáticos norteamericanos eran más delicados, más cínicos y menos explícitos con sus declaraciones, aunque sus intenciones fuesen igualmente perversas que las de Trump. Henry Kissinger debe de estar revolviéndose en su tumba.
Lo que Trump ha dicho entre líneas
1) Que la hasta ayer indómita Rodríguez, será una gobernante títere. Delcy ya era agente de Putin; ahora lo será también de Trump.2) Que los venezolanos seguirán sin libertades (pues, más que como libertador, Trump ha llegado al país caribeño con una aspiradora de crudo en la mano) y que no hay elecciones democráticas a la vista.
3) Que los que se opusieron y resitieron al «extraído» Nicolás Maduro no están «maduros» (¡qué ironía!) para dirigir el país, como lo está, por ejemplo, la «combatienta» Rodríguez.
4) Que la «Doctrina Monroe» está out y que él ha inaugrado —palabras textuales— la «Doctrina Donroe».
5) Que, con su intervención militar y la captura de Maduro, Trump hará que Venezuela sea «great again». Al final, el presidente estadounidense es como esos reformadores de restaurantes viejos del «reality»: Anda buscando en las redes un país en dificultades y, cuando lo encuentra, acude con sus tropas para hacerlo grande otra vez, previo a haberlo sometido y bombardeado. Su lema debería ser Make Whoever Great Again (after a good bombing).
6) Que a Trump no le interesa devolver la democracia a Venezuela.
En su incurable megalomanía, Trump ha dicho también que Maduro es culpable de enviar cocaína a los Estados Unidos. Pero si Diego Maradona (el filósofo de Villa Fiorito) viviera, le respondería a Trump con aquello de «...porque los estadounidenses no se drogan». Si Maduro mandaba es porque alguien lo pedía desde el gran país del Norte.
Al final, son viciosos los que consumen sustancias prohibidas, tanto como los que se atiborran a pastillas legales (como la aspirina, por ejemplo).