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  • Panorama semanal
  • La mañana del último domingo, cuando abrieron las mesas de votación en la provincia de Buenos Aires, algunas figuras del gobierno ya intuían la derrota que dictaminarían las urnas, aunque todavía no imaginaban el tamaño de la caída.
Axel Kicillof - Javier Milei
Axel Kicillof - Javier Milei

Hasta unas horas antes, la mayoría de los vaticinios sobre la elección bonaerense auguraban un ausentismo importante, cercano al 50 por ciento. El propio Presidente tenía y temía ese pronóstico, porque consideraba que serían sus adversarios los favorecidos con ese fenómeno. Pero, claro, como dijo Niels Bohr, “es difícil hacer predicciones; más que nada, sobre el futuro”. Los vaticinios y encuestas electorales suelen confirmar esa verdad.



Milei y la derrota

Milei se equivocó en las dos cosas: el presentismo superó el 60 por ciento, pero eso no mejoró la performance del oficialismo, que debió asimilar una derrota de 14 puntos, con una cosecha electoral de apenas algo más del 30 por ciento. Se trata de un oficialismo que había sumado a sus filas al Pro, violetizándolo. Esas dos fuerzas, juntas, habían obtenido en el distrito 49,26 por ciento en el balotaje de 2023 (que perdieron en la provincia).

El gobierno, que tenía como objetivo ganar inequívocamente (“La Libertad arrasa” reiteraba siempre eufórico Milei), llegaba al comicio admitiendo en voz baja que podía perder, pero nunca por más de 5 puntos, y esgrimía la idea de que los votos que alcanzara La Libertad Avanza ese domingo serían su piso con vistas a las nacionales del 26 de octubre, mientras los del adversario serían su techo. La distancia entre el techo y el piso fue muy grande y golpeó con fuerza al propio Milei. “Era inevitable –lamentaba un día después un empinado funcionario–. Convertimos una elección de distrito, en la que se disputan cargos legislativos provinciales y municipales, en una competencia protagonizada por el Presidente.”

La decisión estratégica de nacionalizar el comicio no fue responsabilidad de los operadores en el terreno –la tropa de Karina Milei encabezada por Sebastián Pareja, culpable de otros pecados, en todo caso–, sino del propio Milei, convencido de que la fuerza de su nombre era garantía absoluta del arrasamiento de Los Malos, definidos como “kirchnerismo”. Milei prefería ese enfoque polarizador, quizás porque no contaba con fuerzas ni cuadros ni experiencia para librar todas las batallas territoriales que impone una provincia de las dimensiones y la complejidad de Buenos Aires.

Por otra parte, lo que tenía enfrente en la lucha distrital no era precisamente “el kirchnerismo” –una tendencia declinante, con su jefa discutida, inhabilitada y prisionera en su domicilio–, sino una estructura que incluía a la mayoría de los jefes municipales y estaba encabezada por un gobernador que venía demostrando su progresivo alejamiento de la matriz kirchnerista.

Así, la idea de pintar de violeta la provincia, que había ilusionado a la Casa Rosada, se frustró en las urnas, que definieron un color diferente: el oficialismo solo ganó en 2 de las 8 secciones electorales; solo conquistó 23 intendencias (Fuerza Patria, 113). El celeste no triunfó únicamente en la tercera sección electoral, venció en todo el conurbano (salvo en Vicente López, San Isidro y Tres de Febrero, tres municipios atendidos por intendentes del Pro), pero también se impuso en buena parte de la provincia rural, que los estrategas oficialistas estimaban pan comido.


Plebiscito y pato rengo

El hecho de que el peronismo se impusiera en casi toda la provincia –tanto en las demografías más concentradas del conurbano como en los distritos rurales sobre los que había perdido influencia a partir del conflicto del campo, dos décadas atrás– y que el ausentismo que prometían las encuestas se revirtiera notablemente, convirtieron la votación, que por voluntad de Milei había nacionalizado, en un virtual plebiscito por iniciativa generalizada de los votantes. Y en ese plebiscito, que reúne un voto muy heterogéneo, hay que leer sobre todo un vigoroso “no” a la gestión de Milei (o, si se quiere, a varios agresivos rasgos de ella).

“No digo un huracán, pero ayer sufrimos un viento muy fuerte –admitió a la mañana siguiente el Jefe de Gabinete, Guillermo Francos–. Como lo explicó el Presidente, es momento de hacer autocrítica, analizar en qué fallamos y por qué los resultados macroeconómicos no llegan a la gente.”

Hay que suponer que Francos, quizás el funcionario más lúcido y profesional del gabinete, se expresó diplomáticamente. Si el gobierno debe hacer una autocrítica, no debería excluir que el viento muy fuerte que él experimentó pueda deberse, precisamente, a lo contrario: a que los resultados macroeconómicos sí hayan llegado a la gente y esta los haya rechazado (al menos, aquellos que le resultan más fácilmente percibibles: la plata no alcanza para llegar a fin de mes aunque la cifra de inflación haya bajado; el consumo ha caído y con él parte del aparato productivo, etc.). Francos también se refirió a los modos del gobierno: “Tal vez se transmitió esa sensación de soberbia a la gente y, bueno, yo creo que eso tampoco cayó bien”, dijo.

En su balance de la noche electoral, el Presidente empezó reconociendo “una clara derrota en el plano político” y prometió en sus primeros párrafos que habrá correcciones en sus planteles. Pero tras los primeros párrafos, dedicó la mayor parte del resto de su mensaje no a conversar con el electorado que le infligió esa derrota, sino más bien a satisfacer a su frente interno, asegurando que no habrá cambios en el rumbo ni en las políticas.

Si creía que podía seducir a los mercados con ese discurso de reincidencia en el rumbo y de resistencia al cambio, obtendría la respuesta durante la semana que termina: el dólar acarició la banda superior de ese juego de paralelas pactado con el FMI que en los hechos ha pasado a mejor vida. Las acciones y bonos de empresas argentinas bajaron significativamente y el riesgo país superó los mil puntos.

Mercados, opinión pública y la mayoría de los analistas esperaban que el Presidente acelerara los cambios en su gobierno que planeaba, en el mejor de los casos, para después del 26 de octubre, cuando hasta el último domingo daba por sentada una victoria. Pero esos cambios no llegaron; hubo algunos retoques que no tienen el énfasis que el realismo ante la derrota permitía prever. Solo parecen diseñados pensando en la elección de octubre.

Atender a la próxima elección puede ser una medida prudente, pues otra derrota sería catastrófica, pero la mirada de los mercados se dirige a analizar la gobernabilidad, la de las semanas que quedan hasta octubre y la de los meses que vienen después de diciembre, cuando Milei inicie el segundo tiempo de su mandato.


Esperando la autocrítica

Se esperaba del gobierno un gesto fuerte destinado a establecer acuerdos con los gobernadores. La elección bonaerense demostró, a través de la influencia de los intendentes, el peso político de la territorialidad, un factor que, en el país, encarnan los jefes provinciales. No hubo un gesto presidencial en ese sentido, más allá de la reunión del Jefe de Gabinete y los ministros de Economía y de Interior con los tres gobernadores aliados en sus provincias a La Libertad Avanza: el de Mendoza, el de Entre Ríos y el de Chaco.

No convendría considerar que la designación de Lisandro Catalán como ministro de Interior –una función que ocupaba de hecho como secretario del rubro y por la que ahora cobrará un sueldo mejorado– como un gesto hacia el conjunto de los gobernadores, según aseveran algunos analistas. Tal vez se trate de lo contrario: es como si el Presidente hubiera interpuesto otro obstáculo formal entre él –el jefe del poder central– y los jefes políticos de las provincias. Antes lo tenían al Jefe de Gabinete, ahora primero tienen que tratar con el ministro de Interior. Pero ¿tratar qué?

La Casa Rosada decidió vetar la ley de redistribución de los aportes del Tesoro promovida por todos los gobernadores y aprobada por el Congreso, así como ya vetó la ley de Financiamiento Universitario y la de Emergencia en Discapacidad. Hablar de autocrítica y seguir actuando como si el último domingo no hubiera ocurrido nada probablemente constituya un nuevo error de apreciación. Tanto si el oficialismo mira a la elección de octubre con la esperanza de mejorar decididamente su performance e incluso prevalecer en ella como si atiende a la gobernabilidad: después de la derrota bonaerense son muchos los que miran a Milei como un inminente “pato rengo”, que requerirá indispensablemente acuerdos políticos abarcativos para que el país pueda aprobar leyes y normas en los dos últimos años de su mandato. Si ya lucía difícil el panorama antes de la derrota del domingo 7, pues era notorio que ni con la mejor performance de octubre el gobierno podría tener una fuerza parlamentaria que le diera autonomía, ahora, cuando tiene que remontar en Buenos Aires 14 puntos en contra (y en el resto del país, que ha sido testigo de ese plebiscito, la constatación de su debilitamiento), la búsqueda de acuerdos se torna indispensable. No trabajar en esa dirección en beneficio de una aparente consecuencia programática equivaldría quizás a buscar voluntariamente el fracaso y optar por la narrativa de la derrota épica en defensa de las banderas propias.

Es muy probable que La Libertad Avanza termine el comicio de octubre en primer lugar en número de votos, porque no tendrá enfrente, electoralmente, a una fuerza equiparable, comensurable. Como oficialismo nacional cuenta con candidatos en todos los distritos, en algunos competirá con listas alineadas con San José 1111, en otras con fuerzas locales autónomas (Neuquén, Río Negro, Córdoba, Corrientes, Jujuy, Santa Fe, por citar solo algunos casos). En varias provincias, esas fuerzas locales se han sumado ya a Provincias Unidas, la corriente que han puesto en movimiento cinco o seis gobernadores que serán más después de octubre. Para el gobierno, ganar no equivale al logro de salir primero, sino a conseguir sumar un número suficiente de Diputados como para poder bloquear los rechazos legislativos a los vetos o a los DNU de Milei, que, si no llega a acuerdos sólidos, no podrá contar con ninguna ley enviada por él al Congreso hasta el fin de su mandato.


Kicillof y Milei miran a 2027

Aunque la elección bonaerense tuvo un formato dominante de polarización, terceras fuerzas, que ese diseño, pudieron establecerse en distintos puntos de la provincia. Fue paradójico que Axel Kicillof, que adelantó la elección de distrito con el afán de provincializarla y evitar que se nacionalizara, se convirtiera en el gran vencedor de la noche pese a que no logró ese objetivo. Él pulseó con Cristina Kirchner por el adelantamiento del comicio de distrito, lo consiguió y con eso le dio una victoria al peronismo de su provincia y revitalizó a todos los que competirán con el mileísmo. De paso, Kicillof consolidó sus aspiraciones a una candidatura presidencial en 2027, un botín que, sin embargo, está todavía lejos de haberse asegurado, pues aún no ha concluido su pulseada con Cristina Kirchner y, además, tiene que ordenar sus relaciones con sus colegas de Provincias Unidas.

El mileísmo, antes de dar la batalla de octubre, ya piensa en la elección presidencial de 2027. “Es esto o comunismo en 2027”, pretendió asustar el ministro Luis Caputo esta semana. Se trata de un silogismo disparatado, que sugiere que la elección presidencial puede ser la revancha de Milei, peleando contra Kicillof (a quien adjudica el mote de “comunista”). En principio, el gobernador bonaerense –que emergió muy fortalecido gracias al plebiscito que perdió Milei– puede tener ganas de ser candidato peronista, pero del dicho al hecho hay mucho trecho. Además, empieza a perfilarse un nuevo personaje político colectivo, la iniciativa de los gobernadores que construyen “Provincias Unidas”, una fuerza federal y popular (los gobernadores tienen en sus distritos un respaldo de opinión que supera en todos los casos al de Milei). Ellos construyen una alternativa que puede coincidir con los puntos menos controversiales del programa libertario, sumándoles la preocupación por la transparencia institucional, la producción, el empleo, la salud, la cultura y el rol complementario del Estado.

Milei dedicó buena parte de estos años como presidente a tratar de que La Libertad Avanza ejerza el monopolio de centro y derecha del espectro político. Consiguió seducir, cooptar y asediar al macrismo hasta convertirlo en un insumo más de su fuerza política y se benefició de la centrifugación de Juntos por el Cambio.

La corriente que esboza Provincias Unidas desde el interior de la Argentina ocupa naturalmente el centro y se perfila hacia un capitalismo popular integrado al mundo, un centro amplio y dialoguista (lo integran gobernadores de distintas genealogías políticas). Si con Milei el péndulo del centro-derecha se inclinó demasiado hacia la derecha y a la confrontación, es posible que esta corriente que surge del interior atraiga el péndulo al centro y a la reconstrucción política. Así se presentaron el viernes en la Sociedad Rural de Río Cuarto.



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