Hace varios siglos que Salta no exporta ni burros ni mulas para las minas de plata del Potosí, por lo que, en pleno siglo XX, una cantidad tan elevada de burros hallados en la ruta, transportados con destino desconocido y finalidad más desconocida aún es, cuanto menos, sospechosa.
1) Que los traficantes de burros sean, en realidad, terroristas viales que planeaban soltar los burros en la Circunvalación Oeste para que los automovilistas se rompan la crisma.
2) Que el destino de los burros sea una fábrica clandestina de mortadela bocha.
3) Que los burros viajen como undercover agents de la división de caballería de la Policía para comprobar que los viales no coimean, y el SENASA aparezca como pantalla.
4) Que sean vendidos uno por uno en la ciudad de Salta para tirar de los carros chocleros.
5) Que los burros vayan a integrar la Cámara de Diputados, ya que el número coincide y, en algunos casos, el nivel intelectual también.
Otra posibilidad, un poco menos probable, es que los burros sean destinados a algunas escuelas primarias de la capital, en donde para avergonzar a los alumnos porros, en vez de mandarlos al rincón con orejas gigantescas, los hagan pasear por el patio a lomos de un sonriente burro.
Ahora que, si de verdad los burros se iban para Bolivia, el interventor de Aguas Blancas debería interceptarlos en la frontera (con fines no faenatorios) para evitar así que, además de con bolsones, ayudemos a los bolivianos con burros frescos y fuertes.
Así como el presidente James Monroe pronunció en 1923 la frase sobre la que edificaría su famosa doctrina «América para los americanos», cien años después entre el Plan Güemes, la Operación Roca y Alambre Olímpico, el nuevo lema de la alianza para la paz es: «A los bolivianos, ¡ni justicia!».
