En poco tiempo Juan Manuel Urtubey, con solo arrimarse a ellos, hundió, sucesivamente, a Daniel Scioli, a Mauricio Macri, a Miguel Pichetto, a Roberto Lavagna, a Juan Schiaretti y ahora a Sergio Massa. De a uno fueron cayendo después de recibir el beso de la viuda negra.
Aunque no todas son malas, puesto que Urtubey al menos conserva el indisputado título del Gobernador que más caro le ha salido a sus comprovincianos.
Ahora Urtubey ve pasar el tiempo por la ventana y vuelve una y otra vez con la frente marchita, mientras las nieves del tiempo platean su sien. Sus ilusiones de seguir en el candelero se evaporan: un economista incluso menor que él y que no se preparó -como Urtubey- «toda su vida» para ser Presidente ha alcanzado este cargo.
Se espera por horas que Urtubey, con esa tan encendida pasión por la concordia nacional que lo abrasa, anuncie su pase a las filas de La Libertad Avanza, pero no por convicción ni por cálculo, sino por el mero deseo de transmitirle al nuevo Presidente su proverbial mala suerte.