Por tanto, comparecer ante un grupo de sindicalistas y decir que uno «cree en respetar y valorar a los trabajadores» no solo es superfluo sino que también es contraproducente. Entre nosotros, la dignidad del trabajo no es algo que dependa de las creencias personales o de la mayor o menor sensibilidad de los gobernantes. Es una imposición constitucional ineludible.
Probablemente le habría bastado a Durand con asumir el compromiso de cumplir con todas las normas que protegen y promueven el trabajo asalariado, más que hacer profesión de fe de su «respeto» y de su «valoración» de la clase obrera. Este tipo de declaraciones solo la pueden hacer los que padecen algún tipo de «complejo de patrón», una manifestación clasista/paternalista, muy propia de aquel que piensa que el reloj de la evolución social se ha detenido en las postrimerías del siglo XIX.
La afirmación de Emiliano Durand en el sentido de «respetar» y «valorar» suena, pues, a balbuceo preperonista, que, más que halagar a los sindicalistas, debería ofenderlos profundamente.

