Básicamente que los dos han ocupado grandes espacios en la prensa digital por su extraordinaria y muy refinada capacidad de odiar.
Con la misma sinceridad brutal, antes de levantar su copa para brindar con sus followers, Orozco dijo que odia a «estos gremios y estos sindicatos» que, según ella, «les han hecho muchísimo daño a la Argentina». No hablaba de una minoría de sindicalistas burocratizados y aburguesados (hamburguesados, según Carlitos Tévez), sino de la mayoría del movimiento obrero nacional.
Por lo menos el odio de Cissé es el de un mal perdedor, despechado y humillado por un equipo superior. El de Orozco, por el contrario es el odio de una mala ganadora, temerosa del poder de aquellos a los que no puede controlar.
Por la delicada boca de Orozco nos hemos enterado que la reforma laboral que ha enviado el Presidente al Congreso no apunta tanto a modernizar las relaciones de trabajo, como a ajustar cuentas con unos sindicalistas a los que la senadora por Salta considera vagos y malentretenidos.
Es decir, descubrimos en estos días que no se trata de una reforma «a favor de», como nos ha engañado el gobierno, sino de una reforma «en contra de». Orozco lo ha dicho y ha dado vuelta así las cartas ocultas del gobierno.
El problema —si es que se puede hablar de uno solo— es que no solo «estos gremios» le han hecho muchísimo daño a la Argentina. También se lo han hecho los políticos deslenguados y sin frenos inhibitorios y los que no son capaces de decir cinco palabras seguidas sin que se les escape tres barbaridades agresivas contra sus oponentes.
Entre Cissé, que odia a todos los argentinos, y Orozco, que odia a una clase de argentinos, hay pocas diferencias. Quizá que Orozco no tiene tatuajes en el cuello, como Cissé. Pero los tiene en el alma.
