Los méritos intelectuales, incluido el buen desempeño burocrático, son insuficientes cuando de lo que se trata es de «llegar al pueblo», para lo cual hay que arremangarse, guardar los zapatos caros en el armario y calzar zapatillas deportivas (si están desgastadas, mejor).
Lo demás ya es pura escenografía: el rosario en el cuello, el puño que aprieta un pañuelo descartable usado y, sobre todo, los taburetes plegables de camping que amenazan con hundir sus precarias patas de aluminio en la tierra, no tanto quizá por el peso que soportan, sino porque las intensas lluvias de la estación han convertido a nuestros suelos en auténticas trampas de arenas movedizas, o en fértiles criaderos de uncas.
La foto -quizá involuntariamente- permite advertir también para qué lado «carga» el candidato, que no es precisamente para el Ingenio Ñuñorco, ni para el Frigorífico Arenales.
El tránsito a veces traumático entre la alta judicatura y la política de barricada se advierte mejor en cotejo de los asientos: mullidos y sonoros tapizados Chesterfield para los altos jueces, taburetes de rafia para los aprendices de políticos.
Que las cuentas del rosario sirvan para rogarle a la Virgen por una campaña menos «popular» y más «populosa».
