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  • El precio del populismo
  • En Salta, nadie captura votos detrás de un escritorio. Las normas no escritas de la política lugareña dicen que para concitar el interés del elector hay que «descender al barro».
Abel Cornejo, en campaña
Abel Cornejo, en campaña

Los méritos intelectuales, incluido el buen desempeño burocrático, son insuficientes cuando de lo que se trata es de «llegar al pueblo», para lo cual hay que arremangarse, guardar los zapatos caros en el armario y calzar zapatillas deportivas (si están desgastadas, mejor).



Si en pleno febrero, cuando se supone que los pudientes se refrescan en las piscinas más escondidas y los menos pudientes sudan tinta para conseguir que por sus grifos salga agua limpia, se abate una inesperada ola de frío polar, lo suyo es sumar al atuendo una campera de plumas de mediano precio.

Lo demás ya es pura escenografía: el rosario en el cuello, el puño que aprieta un pañuelo descartable usado y, sobre todo, los taburetes plegables de camping que amenazan con hundir sus precarias patas de aluminio en la tierra, no tanto quizá por el peso que soportan, sino porque las intensas lluvias de la estación han convertido a nuestros suelos en auténticas trampas de arenas movedizas, o en fértiles criaderos de uncas.

La foto -quizá involuntariamente- permite advertir también para qué lado «carga» el candidato, que no es precisamente para el Ingenio Ñuñorco, ni para el Frigorífico Arenales.

El tránsito a veces traumático entre la alta judicatura y la política de barricada se advierte mejor en cotejo de los asientos: mullidos y sonoros tapizados Chesterfield para los altos jueces, taburetes de rafia para los aprendices de políticos.


Unos políticos que, para completar la estampita, no tienen mayores reparos en convocar a «las bases», con paraguas al mejor estilo Gene Kelly.

Que las cuentas del rosario sirvan para rogarle a la Virgen por una campaña menos «popular» y más «populosa».



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