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  • Panorama semanal
  • El poder de veto de la vicepresidenta y la (magra) capacidad de movimiento de Alberto Fernández (el remanente de autoridad presidencial que ha sobrevivido a su vaciamiento) pueden impedir algunas cosas, pero no alcanzan para subordinar la realidad.
Sergio Massa
Sergio Massa

El primer fin de semana de julio el binomio acordó una terapia de emergencia para cerrar la hemorragia financiera y de gobernabilidad agravada con la intempestiva renuncia de Martín Guzmán al ministerio de Economía. Recurrieron entonces a la decidida, competente y valerosa Silvina Batakis. Pero las heridas no se cerraron con ese procedimiento.



Se expuso en esta columna que el problema no residía en Batakis, sino en que la sociedad y los mercados “han perdido la confianza, no en una funcionaria (al fin de cuentas recién llegada a su cargo), sino en el gobierno que debería sostenerla y que, en cambio, no deja de exhibir su impotencia, su inmovilidad, sus tensiones intestinas, su disgregación y su desconcierto”.

Relevar a Batakis en medio de sus negociaciones en Washington con el vértice del FMI, con funcionarios de la administración Biden y con líderes de firmas inversoras fue una muestra redundante de aquella disgregación.

El binomio CFK-Alberto Fernández, que el 4 de julio había aplicado el método Bartleby (“Preferiría no hacerlo”) al empoderamiento de Sergio Massa (tanto en condición de superjefe de un gabinete reestructurado como de superministro de Economía, con control directo de toda la botonera de mandos) se vió forzado a revisar aquel veto cuando las señales de la crisis se agravaron dramáticamente. Comentábamos un domingo atrás: “Ante el precipicio que abre una gran crisis la lucidez de los involucrados se perfecciona…tal vez no sea tarde todavía para reflotar la idea de Massa como jefe de gabinete”.

Pero una vez más, inclusive en aparente retirada, el binomio aplicó el método Bartleby. Massa será jefe de un Palacio de Hacienda reforzado, con la cooptación de las carteras de Desarrollo Productivo y de Agricultura y las relaciones con organismos internacionales de financiamiento que hasta ahora controlaba la secretaría de Asuntos Estratégicos que manejaba el ahora renunciante Gustavo Béliz, pero no se le concedieron otras palancas que reclamaba (AFIP, Energía y, hasta ahora al menos, el Banco Central). La realidad impuso a Massa como superministro pero el desparejo binomio Presidente-Vice procura refrenar el impulso con su kryptonita.

Massa ha dado muestras de tesón y flexibilidad política. Sus rivales de adentro y de afuera de la coalición oficialista coinciden en cuestionarle su pragmatismo y le enrostran sus cambios de posición. Si bien se mira, no es tan cierto que el aún presidente de la Cámara de Diputados haya cambiado tanto sus posiciones: siempre han transitado por una combinación (en distintos porcentajes) de liberalismo y peronismo, por una adscripción al realismo en materia geopolítica, por una relación amigable tanto con el sindicalismo como con “los mercados”, por una agenda empresarial e internacional muy nutrida y por una actitud siempre propensa al diálogo con otros sectores políticos. En el escenario pueden encontrarse líderes (y lideresas) políticos, exponentes intelectuales y periodísticos con trayectorias mucho más tornadizas (y hasta extremas) que, razonablemente, no son escarnecidos por esas mutaciones.

En sus nuevas funciones Massa se ubica en el centro del escenario y, en verdad, no será juzgado por su trayectoria anterior, sino por los resultados que consiga en los temas prioritarios: fortalecimiento de las reservas, freno a la inflación, impulso a las exportaciones, alivio a la producción, que hoy ve obturados los mecanismos para importar insumos y bienes de capital, estímulo al país interior como reclaman los gobernadores.

La primera reacción de los mercados ha sido positiva: cayeron los dólares paralelos, mejoró el índice de riesgo país, así como la valoración de los bonos argentinos y de las acciones de empresas nacionales. Eso indica que el perfil de Massa genera buenas expectativas. Ahora se espera a conocer el nombre de quienes formarán sus equipos y el programa que anunciará el miércoles.

Ese programa para satisfacer aquellas prioridades deberá contemplar temas que sin duda desatarán tensiones: la palabra ajuste pone n nerviosa a mucha gente.

Por cierto, la prueba se extiende: lo que la sociedad y los mercados observarán es si el supèrministro avanza en el sentido esperado o es frenado por la kryptonita.

Porque, como se ha sostenido en esta página, la causa de fondo de la crisis “es el vacío de poder suscitado por una presidencia sin atributos y una vicepresidenta que influye más que el titular del Ejecutivo (y a menudo en un sentido contrapuesto)” y eso “ no se arregla mágicamenta. Menos aún si está acompañada por una disgregación funcional del sistema de gobierno. Esto no se soluciona con un mero cambio en el gabinete. Hace falta la reconstrucción de un centro político apoyado en fuerzas más amplias que el actual oficialismo”.

Lo que estará bajo examen es si, en un experimento con escasos antecedentes, es posible coronar exitosamente esa reconstrucción desde el ministerio de Economía. Así se trate de un Superministerio.



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