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Jueces de la Corte Suprema de Justicia de la Nación
Jueces de la Corte Suprema de Justicia de la Nación

El diluvio que viene

El reciente anuncio de la vicepresidenta en el sentido de que ella no será candidata “a nada” en esa competencia ha sumido en el desconcierto tanto al oficialismo como a la coalición opositora. Si bien en uno y otro ámbito hay quienes dudan –sea alimentados por la esperanza o por la incredulidad- de que el renunciamiento efectivamente se consume, todos están constreñidos a actuar como si fuera auténtico.


El cristinismo se apresura a ocupar espacios y urdir alianzas para que el paso al costado de su jefa no se traduzca en un desplazamiento impulsado por los numerosos sectores que recelan de su influencia. Alberto Fernández, distanciado de ese sector pero débil para enfrentarlo, no se animó nunca (y seguramente sostendrá ese comportamiento) a privar a La Cámpora de las cajas que maneja y, del mismo modo, cobija en su gabinete al candidato a la presidencia que incuba esta organización: el ministro de Interior, Eduardo Wado De Pedro.

Los sectores que han mantenido autonomía y distancia en relación con la galaxia K –la mayoría de los gobernadores, el fragmento más determinante del sindicalismo y las principales corrientes de los movimientos sociales- también tejen y consolidan vínculos para hacer sentir su peso en la etapa de reordenamiento que se avecina, determinada no sólo por las repercusiones internas de la anticipada abdicación de la señora de Kirchner, sino también por la deprimida imagen pública del oficialismo, asentada tanto en la vacilante autoridad del Presidente Fernández como en los rasgos hegemónicos de su vice.

Un componente de la sorda (pero a veces elocuente) resistencia interna al predominio K (ahora en crisis), es la voluntad de relativizar lo que se ha definido como la “conurbanización” del peronismo, la gravitación desproporcionada de la problemática del AMBA en detrimento de una mirada equilibrada e integradora de la Argentina interior. Este punto de vista es palpable tanto en el peronismo de las provincias del Norte Grande y la Patagonia, como en el de la sólida zona Centro o el de las de Cuyo, baluartes productivos y exportadores del país, ricos en recursos agroalimentarios, mineros y energéticos.

La discusión sobre la asimétrica influencia del AMBA se combina con el creciente consenso en torno a los límites de la política de planes y subsidios, que si bien ha ayudado a cientos de miles a sobrellevar dramáticas privaciones, coexiste con un movimiento creciente de pauperización e indigencia y, por lo tanto, indica la necesidad de un giro abrupto que ponga el acento en la creación de trabajo genuino. Lo que implica impulsar prioritariamente la inversión productiva.

Eje clave: el acuerdo con el FMI

El acuerdo con el FMI ha sido, si bien se mira, un cimiento principal del reordenamiento. En febrero de 2022 lo anticipábamos en este espacio: “El acuerdo con el Fondo -llave para evitar un default que empujaría al país a la condición de paria- ha empezado a establecer un nuevo eje de reagrupamiento del oficialismo y del sistema político, que está en desarrollo y que tendrá consecuencias en la configuración de opciones para 2023”.

En el marco del acuerdo con el Fondo (cuyo tercer tramo ha sido aprobado por el organismo), el ministerio de Economía pudo llevar esta semana las reservas a 7.000 millones de dólares, propiciar un descenso de la inflación de noviembre a menos de 5 puntos y obtener una respuesta positiva del mercado para renovar totalmente los vencimientos de obligaciones en pesos y conseguir financiamiento para el Estado sin apelar a emisión.

Convertido ahora en la figura más decisiva del gobierno, Sergio Massa, que hoy custodia el cumplimiento del acuerdo desde el ministerio de Economía, había sido artífice relevante de su aprobación parlamentaria cuando presidía la Cámara de Diputados (en aquel momento, mientras Massa recogía el apoyo de la mayoría del peronismo y encontraba oídos receptivos en los grupos más moderados de la oposición, Máximo Kirchner renunciaba a la jefatura del bloque oficialista de diputados para no votar a favor; hoy, con La Cámpora, el hijo de la vice masculla descontento pero parece resignado a su ejecución).

La perspectiva de que la señora de Kirchner no integre la oferta electoral oficialista el año próximo también irrita la ya encrespada interna de Juntos por el Cambio. La figura de ella proporcionó un formidable pegamento para que la oposición mantuviera adheridas sus partes, disimulara sus diferencias y se ofreciera en el mercado electoral como su antídoto. La imperante presencia de ella en el escenario vigorizaba sobre todo la centralidad de contrafiguras de perfil y discurso agresivos; la vice y los halcones del Pro resultaban recíprocamente funcionales.

Es comprensible que, al desdibujarse ella como amenaza electoral, palidezcan, como reflejo, sus reversos más notorios y crezcan las esperanzas de los sectores más moderados: sea Horacio Rodríguez Larreta en el Pro o los radicales de Manes, Morales y Lousteau. Esta semana, mientras Larreta reunía en Buenos Aires una legión de candidatos y precandidatos opositores ante quienes reiteraba su credo de búsqueda de consensos (“Tenemos que encontrar puntos de acuerdo y construir una masa crítica que nos permita hacer las transformaciones y sostenerlas en el tiempo”), Mauricio Macri declaraba en Qatar su admiración por ese emirato, destacando como virtud que “no tiene sindicatos”.

El poder de la Justicia

Las divergencias en las coaliciones son señal de al menos dos fenómenos paralelos y eventualmente complementarios: de un lado, la tendencia a la disgregación que afecta a los partidos y al sistema político en su conjunto; de otro, la posibilidad de la reconfiguración de unos y otro.

Con los partidos en esa situación, la autoridad presidencial anémica y el Congreso atravesado por confrontaciones que bloquean su funcionamiento, resultaron muy significativas las palabras del presidente de la Corte Supremaante un amplio grupo de jueces y fiscales. Horacio Rosatti exhortó a magistrados y funcionarios a “seguir construyendo un Poder Judicial fuerte”, porque –dijo- “necesitamos que los tres poderes de la República sean fuertes”.

En rigor, lo que en el momento puede observarse es que la Justicia, aunque también contagiada por la descomposición que afecta al Ejecutivo y al Legislativo es, de los tres poderes, el que demuestra más fuerza relativa. Esta semana, la Corte desestimó la iniciativa de la presidencia de la Cámara de Diputados de bloquear la integración de los representantes de ese cuerpo en el Consejo de la Magistratura (órgano que también encabeza Rosatti). El presidente de la Corte subrayó que esa fortaleza “está en su independencia”, que se traduce en la “no negociabilidad de nuestras decisiones”.

Con todo, la Justicia carga, como la política, con el peso de una opinión pública muy negativa. Aligerar ese cuestionamiento requiere también allí un reordenamiento: necesita limpiar sus establos de Augias. Si bien la sociedad ha tendido a defenderla ante ataques de parcialidades, la misma sociedad cuestiona los privilegios impositivos que detenta y no observa en sus filas señales elocuentes de autodepuración corporativa, más allá de las palabras que Rosatti pronunció ante los magistrados, en particular sus votos “para que todos nos manejemos de la misma manera, y el que se aparte del camino que tenga el condigno castigo, porque será aquél que no está honrando aquello que supimos prometer cuando juramos en el cargo”. El reciente, sonado y misterioso viaje de un grupo de magistrados, fiscales y funcionarios a una lujosa residencia patagónica, así como la difusión de los mensajes que esos viajeros cruzaron para confabular su enmascaramiento son temas que interpelan y requieren más hechos que palabras.



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