Pero para solidificar la colonización se necesitan otras herramientas además de la fuerza, la culturización en todas sus facetas se ponen en marcha. Además del control de la economía y la autoridad, es necesario el control del “ser” y eso se logra destituyendo la cultura del dominado e imponiendo la cultura del dominador.
En América la colonización fue mucho más allá del tiempo y el espacio. Transcendió el hecho histórico de la conquista europea, se infiltró en la constitución de las nuevas naciones creadas a imagen y semejanza y estableció un orden colonizador desde dentro hacia fuera de cada territorio desvinculado del viejo imperio. Todos los nuevos países, digan y hagan lo que no digan, son cruelmente unitarios, sus centros de poder funcionan con la misma lógica, prevalecen desde el poder explotando y dominando sus periferias con mano férrea y siempre justificada. Porque en el centro está la civilización y en la periferia la barbarie.
Las terribles desigualdades de nuestra América siguen el patrón establecido, coloniaje interno y externo. Moralmente justificado por la divina religión que justifica la riqueza y promete el paraíso celestial a los pobres. Desde la más cruel hipocresía de una justicia que castiga a los pobres cuando se atreven a delinquir y protege a los poderosos que todo lo tienen. Económicamente necesario porque en la capital está el saber y la riqueza. Todas las estructuras de la tiranía se repiten y se reproducen en las tres estructuras del coloniaje: el control de la economía (apropiación de tierras y recursos naturales; explotación del trabajo) el control de la autoridad (formas de gobierno, control militar) y control del conocimiento y de la subjetividad. Esto es, colonialidad del saber y del ser.
Nada se pierde y todo cambia para que nada cambie.
Por esta razón para pensar en descolonizar hay que primero romper el molde inmoral y putrefacto del sistema colonial. Entender que la raíz misma de este sistema perverso es la explotación y la depredación de unos pocos sobre muchos.
Diría Walter Mignolo: “El pensamiento decolonial es una opción (decolonial) de coexistencia (ética, política y epistémica). No de coexistencia pacífica sino de conflicto y de reclamo al derecho de re-existencia”. Porque la alternativa decolonial nace de la diversidad frente a la única manera de leer la realidad monolopolizada por el pensamiento único occidental.
La descolonización de la historia narrada y del pensamiento historiográfico imperial es parte de la tarea del pensamiento emancipador que nos merecemos.
Si pretendemos algún día salir de la payasada política que vivimos, si consideramos que la política es una cosa tan seria que no puede estar sólo en manos de economistas… y menos de políticos corruptos.
Si queremos realmente que haya un cambio verdadero… la cuestión de la ética en la política y en la epistemología tendrá que ser el debate y el trabajo obligatorio en las próximas décadas.