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  • El signo de los tiempos
  • Podemos comenzar diciendo que la violencia es un comportamiento agresivo deliberado que puede provocar daños físicos o psicológicos a los demás. Es importante destacar que también puede manifestarse de manera emocional a través de ofensas o amenazas, lo que implica que sus secuelas no solo son físicas, sino también psíquicas.
Imagen ilustrativa
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Dentro del concepto de "violencia" se podrían distinguir tres formas principales: la violencia directa, la estructural y la interna o cultural.



La violencia directa es aquella que se ejerce de manera física o verbal contra personas, el medio ambiente o los bienes de la sociedad en general. Robos, asesinatos, violaciones, daños a los recursos naturales o ataques a propiedades son algunas de sus manifestaciones más comunes.

La segunda, la violencia estructural, es quizá la más peligrosa, ya que se origina en diversos sistemas como consecuencia de leyes injustas, medidas económicas o autoritarismos. Este tipo de violencia genera revoluciones y, a su vez, medidas represivas y antirrevolucionarias, que suelen ser terriblemente sangrientas.

La tercera, la violencia interna o cultural, se manifiesta de forma más sutil y será el foco de este artículo. Para empezar, es fundamental entender que el concepto de violencia varía según la cultura o la época desde la que se analice. Sin embargo, existen dicotomías simples como "fuerza – razón", "violencia – autocontrol", "guerra – paz" o "brutalidad – humanidad" que reflejan el ideal humano de trascender su animalidad hacia la razón, la inteligencia y la espiritualidad. Si hemos evolucionado culturalmente, lo que nos diferencia del hombre de las cavernas es, quizás, "el derecho" o "la norma", que nos permite convivir en comunidad sin matarnos unos a otros.

En un escenario ideal, la "justicia" garantiza que en una sociedad el débil tenga los mismos derechos y obligaciones que el fuerte y poderoso.

Sin embargo, existen hoy costumbres que muchos consideran naturales, pero que son aberrantes. Por ejemplo, cuando alguien obtiene un título universitario, a menudo debe someterse a una "patoteada amistosa" en la que le rompen la ropa, le arrojan comida, pintura u otros objetos indeseables, le cortan el pelo o incluso lo desnudan. Ni qué decir de las despedidas de soltero, donde algunos contrayentes han sufrido quemaduras o heridas graves, además de los ataques ya mencionados.

En el ámbito deportivo, especialmente en el rugby, los "recibimientos" o "bautismos" implican que los ingresantes sufran golpizas y otras formas de violencia. Menos mal que se trata de un "deporte de caballeros", porque si no...

La violencia externa se banaliza y la interna se invisibiliza. Tanto en los medios de comunicación como en las redes sociales, la violencia verbal se ha exacerbado hasta naturalizarse. Estos verdaderos medios de incomunicación, alineados con uno u otro bando, bombardean a la comunidad con metralla pesada: injurias, calumnias y aberraciones de todo tipo son válidas para desprestigiar al enemigo, quien, a su vez, responde con agravios aún mayores. Los servicios de desprestigio, al encontrar el menor defecto, aguardan agazapados en épocas electorales para salpicar de manchas fétidas al adversario, que ya de por sí tiene suficientes. Todo vale: no hay límites, ni morales ni éticos, para derribar al opositor. Métodos antiguos y modernos, como los trolls o las "fake news", se han convertido en armas de guerra.

Los mal llamados pobres, condenados al hambre y a la miseria, también están condenados a contemplar los manjares que ofrece la publicidad. Cuando intentan alcanzarlos, estas maravillas se alejan; y si logran atrapar algo por la fuerza, terminan en la cárcel o en el cementerio.

Al parecer, nuestra sociedad occidental y cristiana no logra escapar de esta contradicción: por un lado, genera violencia y violentos; por otro, intenta aplastarlos y destruirlos con desmesura.

Pero en los tiempos modernos, la violencia ha mutado. La violencia directa y física ha evolucionado hacia una violencia interna, invisible, mediada y, sobre todo, psíquica. De ser real y tangible, ha pasado a un estado virtual.

La violencia se ha instalado en la "intrapiel" de la sociedad contemporánea. Es un fenómeno oculto, sistémico y anónimo.

En este mundo de plástico, la televisión promete paraísos que pocos pueden disfrutar, y nosotros estamos a su servicio. Vivimos en una civilización donde las cosas importan cada vez más y las personas cada vez menos. Las cosas te compran: dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, a los pollos ni a la gente.

Hay que trabajar sin descanso para ganar más dinero y comprar más cosas. Como hay tantas cosas para adquirir, se necesitan tarjetas de crédito, cuentas corrientes y préstamos. Muchos se endeudan tanto que terminan perdiendo la casa, el auto y, finalmente, el trabajo. Paradoja de nuestro tiempo: hay quienes no duermen por la ansiedad de comprar y la angustia de no poder pagar.

Otro aspecto clave de la violencia interna son las exigencias de la sociedad actual. No solo el "tener" es la meta de todo ser humano civilizado; también está el "ser", y ese punto ontológico lo define la mirada del "otro". Ser para los demás es profundamente conflictivo. Las autoexigencias se manifiestan en nuestro interior como autoviolencia, lo que se traduce en patologías hoy en boga, como la depresión, las fobias, los ataques de pánico y, lamentablemente, el suicidio.

Los adolescentes son especialmente vulnerables a estos males. La adolescencia es un período de gran estrés, lleno de cambios significativos en el cuerpo, las ideas y los sentimientos. El intenso estrés, la confusión, el miedo, la incertidumbre y la presión por el éxito, combinados con la capacidad de analizar las cosas desde nuevas perspectivas, afectan las habilidades de los adolescentes para resolver problemas y tomar decisiones.

El reconocimiento y la intervención temprana de los trastornos mentales y el abuso de sustancias son las formas más efectivas de prevenir el suicidio y los comportamientos violentos. Diversos estudios han demostrado que los programas de prevención del suicidio más exitosos son aquellos enfocados en identificar y tratar las enfermedades mentales y el abuso de sustancias, así como en controlar los efectos del estrés y los comportamientos agresivos.

Por lo tanto, es urgente un llamado a tomar medidas gubernamentales y, sobre todo, desde el ámbito educativo, para prevenir la violencia en cualquiera de sus formas. Nuestra sociedad debe asumir de una vez por todas que enfrentamos un problema que nos afecta a todos. Ya no podemos mirar hacia otro lado.

Nuestra juventud, en particular, está en serio riesgo. Deberíamos reconocerlo y actuar en consecuencia.



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