Para empezar, es importante decir, que la Inteligencia Artificial (IA) está entre nosotros hace mucho tiempo, quizás mucho antes que Google fuera el motor de búsqueda más importante.
El gran aliado para estos objetivos fue la televisión, la caja boba se metió en todas partes, desde el comedor al dormitorio conyugal. La televisión te dice lo que tienes que comprar y consumir para ser socialmente apto y valorado. Una fuente constante de diversión y entretenimiento barato y necesario para que la masa vea y no piense demasiado y donde el “cine”, esa gran herramienta de dominación, cuente e instruya sobre la historia que le convenga al imperio y al poder.
Pero en los 80’ llegará otra pantalla mucho más poderosa, la PC personal que nos mostrará otro mundo, organizado y orquestado para pasar de la actividad a la pasividad interactiva. Movernos por el mundo sin salir de nuestra casa y levantarnos de nuestra silla.
Pero hay un punto crucial a destacar que marca un hito en la era digital, en el año 2007 Steven Paul Jobs presenta un objeto que cambió el mundo, un pequeño aparato que integró al hombre en alma y cuerpo al mundo digital. El “iPhone” con su interactividad táctil nos sumergió en la matrix con todas las aplicaciones necesarias para la dependencia absoluta hasta llegar al punto que por cada ser humano tiene que haber un celular. Internet permanente, geolocalización, cámara fotográfica, grabadora de sonidos, información climática, salud, trabajo, educación, economía etc. O sea, cubrir toda nuestra vida.
Pero si algo vino como de perillas para meternos de cabeza al ciber espacio fue sin lugar a dudas la “pandemia del COVID 19” que en menos de dos años nos mostró que la virtualidad vino para quedarse. La vida ya no fue igual, todo se convirtió en una realidad “on line” donde fuimos de a poco perdiendo nuestra sociabilidad para convertirnos en un ser descarnado e individual.
Hoy, luego de la pandemia, se presenta en el mundo otra peste, “la infoxicación” que es justamente la intoxicación por información, con la conectividad, con la sobre-exposición en la Internet. Tanto jóvenes como adultos llegan a su casa, no a descansar, sino a prender la pantalla para ver que respuesta tienen de su última publicación en Face, Twitter o Instagram.
Pero a los que más afectó seguramente es a la generación del 90’ ya que los atrapó en todas sus realidades, una IA que marca su devenir, ya leen muy poco, sólo le hablan a su aparato quien les dice como están, desde su ritmo cardíaco gracias a su reloj inteligente o smartwatch, hasta su estado anímico, como se deben vestir para el día, qué deben comer y a que hora. Toda la vida ya es un “metaverso” calculado y resguardado por la IA, pero lo más siniestro es que se creen tener el poder de todo aquello sin darse cuenta de su notable dependencia y la pérdida o carencia del “espíritu crítico”.
Tecnología y vida se confunden, todo está al alcance de nuestras manos, no es necesario moverse, no solo para ir a una biblioteca para recabar datos, compramos y trabajamos on-line y los comestibles, la ropa, calzado, tecnología, el UBER etc. Todo producto o servicio llega a nuestra puerta. Seres fijos sin necesidad de ir al mundo ya que el mundo viene a nosotros.
La realidad se vuelve vertiginosa, caótica y hasta líquida ya que es difícil retenerla fundamentalmente para comprenderla y por supuesto lo más fácil es dejarla fluir. Estamos notablemente desincronizados, acostumbrados a enterarnos de cada novedad que ya no nos sorprende ni tampoco nos entusiasma. Seres anestesiados llenos de información que no contiene conocimiento sino cada vez más vacío.
Pero… he aquí la paradoja, estamos más conectados, pero a la vez más aislados e individualizados, y eso trae una consecuencia en la psiquis, que es la fragmentación de nuestra existencia, de nuestra conciencia y también de nuestro devenir. Crecen las patologías psicológicas como los ataques de pánico, las fobias y las angustias, por la sencilla razón de alejarnos de nuestra naturaleza humana y fundamentalmente de los afectos y sentimientos.
Los ratos libres, de recreación o simplemente el no hacer nada han sido sustituidos por las redes sociales, la internet, los videos, el tik-tok y cuanta parafernalia internauta exista. El cerebro no descansa, se sobrecalienta y pierde la noción y referencia del tiempo. Un cerebro sobre-estimulado pierde su capacidad creativa ya que no funciona para dar respuestas a conflictos de decisión, está en una eterna percepción de estímulos, sin frontera para poder pensar o relacionar conceptos. Todo es vertiginoso y asfixiante. Todo es locura.
La edad del celular en los niños bajó de los 9 a los 6 años y esto trae aparejado un cambio en el cerebro en formación, ya que esta virtualidad sobrexcita la mente, genera dopamina en forma intermitente y por lo tanto se constituye en una adicción. La dopamina sobrecarga los electro transmisores cerebrales a tal punto que pueden tener consecuencias graves de conducta en los jóvenes y niños, como el insomnio, las fobias, la violencia y por supuesto la depresión.
Pero la adicción a la pantalla es la puerta a otras cuestiones que tienen que ver con la dependencia que ya no son relacionadas con las sustancias, estamos hablando del juego y el sexo, ya que si hay algo que vende internet las 24 horas es la timba electrónica y la pornografía. Lamentablemente esto ha pegado fuertemente en los hijos que le roban las tarjeta de crédito a sus padres y malgastan dinero a diestra y siniestra sin control alguno.
He aquí, que en un mundo globalizado, donde todo es ilimitado, donde no hay ni Dios ni Tabú, los padres han perdido su capacidad de imponer límites a sus hijos. Han perdido su capacidad de poder controlar y restringir. Se ven imposibilitados porque sencillamente ellos también han perdido sus puntos de referencia. Nos encontramos ante una verdadera encrucijada familiar donde los roles se han licuado en el merengue cotidiano. Las madres y padres se visten y hablan igual que los chicos y salen después de un liberador divorcio a buscar pareja junto a sus propios hijos. Y la pregunta que siempre esgrimen es “como hago para decirles que no?”… Pero claro, siempre y cuando quieran tener hijos. Si hay algo que caracteriza a las nuevas generaciones es justamente su aversión a tomar la responsabilidad de traer un ser humano al mundo.
Tanto los filósofos como los sociólogos se desgañitan en interpretar los nuevos fenómenos que nos afectan, pero no acaban de reconocer o tratan de analizar algo como que ese algo ya cambió, y la tarea se vuelve imposible, pero lo más trágico es que a nadie le importa lo que tengan que decir.
