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  • Milagro excepcional
  • A diferencia de Güemes -cuya heroicidad mejora año tras año, y que, a poco que uno se descuide, es cada vez más prodigioso-, el Señor del Milagro mantiene en niveles relativamente estables su influjo sobre la sociedad que lo venera.
Procesión de penitencia en agosto de 1948
Procesión de penitencia en agosto de 1948

Si quitamos el exagerado protagonismo de los peregrinos y la hipócrita conexión entre la pobreza y la fe (fenómenos que se han disparado en los últimos 25 años), pocas cosas han cambiado en los ritos del Milagro en Salta, desde 1692.


La póliza antisísmica que todos los años, puntualmente, renueva el Arzobispo de Salta a través del Pacto de Fidelidad, es uno de los seguros colectivos más rentables que se conozcan en todo el mundo.

Desde 1692, solo dos terremotos intensos (1844 y 1948) han alterado la ancestral quietud de nuestro suelo; y, si descontamos los movimientos menores de 1973 y 2010, se podría decir que la proeza del Señor Milagro es mucho más loable que la de Güemes, que apenas si llegó a rechazar «siete invasiones inglesas», según el confundido gobierno de Salta.

Además de su profundo significado espiritual, de su atractivo sociológico y de su innegable utilidad identitaria, la Procesión del Señor y de la Virgen del Milagro en Salta es probablemente una de las manifestaciones religiosas más bellas del mundo.

Su puntual repetición, así como la sólida estabilidad de la Novena que la precede (que ha resistido sin modificaciones no menos de ocho enmiendas constitucionales y atravesado a todos los gobiernos que hemos conocido), no son obstáculo para que tres procesiones se destaquen notablemente entre las 330 que se han celebrado, y que para que una suspensión por fuerza mayor entrara también por la puerta grande de la historia.

La Procesión de 1692

Por razones casi obvias, la primera Procesión que dejó su huella en la historia fue la recorrió el entorno de la plaza principal de la aldea el 15 de septiembre de 1692, solo dos días después de «aquellos espantosos terremotos» que se tragaron a la ciudad de Esteco y que interrumpieron la plácida siesta del padre Carrión.

La historia nos cuenta que, en medio de la polvareda y el ruido de la madera crujiente, el jesuita escuchó una voz que le decía que los temblores no cesarían hasta que no sacasen a la calle a las imágenes que llevaban guardadas casi un siglo en la Iglesia Matriz.

Pero no «por la Plaza 9 de Julio», como ha dicho un conocido historiador de tierra adentro, pues en 1692 -124 años antes de la Independencia- el cuadrilátero central de la antigua ciudad se llamaba «Plaza de Armas».

Por entonces, ni la imagen del Cristo crucificado ni la de su Santa Madre tenían apellido, entre otros motivos porque los cajones en los que las tallas llegaron flotando al puerto del Callao, en el Perú, carecían de una denominación precisa.

Pero después de que la Virgen, cual otra hermosa Ester, mudando de colores, pidiera por la libertad de su pueblo, y consiguiera que su Hijo suspendiera el espantoso castigo los pecadores ingratos que lo habían olvidado, el jesuita Carrión, seguro de haber escuchado el consejo correcto, dio su visto bueno para que, desde entonces, la imagen del Cristo flotante del Callao pasara a llamarse «Señor del Milagro» y la de su madre, «Virgen del Milagro».

Las procesiones de 1948

La segunda Procesión histórica fue la que se improvisó poco después del fortísimo terremoto que sacudió la ciudad el 25 de agosto de 1948 y que tuvo efectos devastadores en Rosario de la Frontera y Metán.

En esta última ciudad -definida alguna vez como el Peyton Place salteño- no fue ya el cura Carrión (que llevaba muerto ya varios siglos) sino mi padrino, el doctor Alberto Francisco Caro, quien encabezó la comitiva de vecinos que casi le tiró la puerta abajo al párroco, padre Pepe Mir, para pedirle que permitiera el ingreso de los fieles metanenses al templo y que pudieran rezar compungidos y contritos.

Con el corazón en un puño, transidos de emoción y unidos por el espanto, los lugareños rezaron una novena y, una vez concluida, el día 4 de septiembre, pusieron a diez mil personas en la calle para agradecer al Señor y la Virgen del Milagro que no permitiera que Metán corriera entonces la misma trágica suerte que su vecina Esteco en 1692.

La Procesión de 1955

La tercera Procesión histórica fue la del 15 de septiembre de 1955, que el presidente Juan Domingo Perón había prohibido que se celebrara, porque pensaba que iba a ser aprovechada por sus detractores como ocasión propicia para manifestarse contra su tambaleante gobierno.

Un acuerdo casi secreto entre el entonces Gobernador de Salta, doctor Ricardo Joaquín Durand, y el Arzobispo, monseñor Roberto J. Tavella, permitió que la Procesión recorriera las calles como lo había hecho siempre, cualesquiera hubieran sido las circunstancias políticas.

Los salteños y las salteñas pudieron rendir así el homenaje anual a sus Protectores, sin saber quizá que, al día siguiente, el alzamiento de un general tan ultracatólico como antiperonista, Eduardo Lonardi, entonces director de la Escuela de Artillería, que en aquellos años tenía su asiento en la ciudad de Córdoba, iba a acabar con el gobierno de Perón y, de paso, con el de Durand.

La nefasta Revolución Libertadora nació así, pocas horas después de que los salteños, en la cúspide de su devoción (no peronista) y en medio de un ensordecedor ruido de sables, volvieran a guardar a sus Santos Protectores en sus perfumados camarines.

La suspensión sanitaria

El cuarto y último atributo que simboliza la original pureza de la Fiesta fue, en realidad, una no-procesión.

Ocurrió hace solamente cuatro años, el 15 de septiembre de 2020, en plena pandemia del coronavirus, fecha que coincidió con el punto más alto de autoritarismo gubernamental en democracia.

Abiertamente en contra del consejo de los expertos sanitarios y de las rotundas decisiones de las autoridades del gobierno, los curas de Salta se empeñaron en celebrar la Procesión a como diera lugar y llegaron incluso a rogar a los políticos que acompañasen al clero y a las Imágenes en su recorrida.

Pero pudo más el temor al virus (que se impuso al miedo a los terremotos) y las Imágenes (así como los curas) debieron quedarse en los boxes. Era la primera vez en 328 años que el Señor y la Virgen del Milagro no iban salir después del rezo de la Novena. Los más viejos del lugar recuerdan alguna Procesión que se celebró al día siguiente, pero nunca una que se hubiera cancelado.

Hoy, cuando el riesgo pandémico ha disminuido significativamente, los sacerdotes ya no suplican a los políticos para que acudan a la Procesión, sino más bien todo lo contrario. Entienden que su presencia en la marcha reduce la espiritualidad de la fecha y de alguna manera ofende al Señor del Milagro.

A pesar de ello, el Arzobispo (o su oficina de RR.PP.) ha enviado invitaciones a casi todo el arco político salteño, esperando quizá que «la casta» se inclinara ante su portentosa autoridad y se dignara a beber de la sangre soberana de su amoroso costado.

Ahora, después de que se ha sabido que los altos curas de Salta no quieren ver a los políticos ni en figurita, muchos creen que la sinceridad brutal del prelado se parece mucho a la de aquella señora metanense que, después de hurgar los papeles de su marido y enterarse de que la madre de este iba a hacer un viaje para visitar a su hijo en el domicilio conyugal, salió disparada al correo para enviarle a su suegra un telegrama en el que le decía: «No viaje señora, que aquí no hay lugar».

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