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  • Milagro en Salta
  • Pacto de Fidelidad del Pueblo de Salta con el Señor y la Virgen del Milagro, formulado por el Arzobispo de Salta, con ocasión de celebrarse la fiesta del Señor y la Virgen del Milagro.
Texto del Pacto de Fidelidad del Milagro 2025 en Salta
Señor y la Virgen del Milagro

El siguiente es el texto completo del Pacto de Fidelidad del Pueblo de Salta con el Señor y la Virgen del Milagro, formulado por el Arzobispo de Salta, con ocasión de celebrarse la fiesta del Señor y la Virgen del Milagro.



Pacto de Fidelidad del Milagro

Lecturas

Is 2,1-5
Sal 32,4-5.18-20.22
Aleluya, Jn 20,29
Ev: Jn 20,19-31


Queridos hermanos y hermanas:

"Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón". Estas primeras palabras de la Constitución sobre la Iglesia en el mundo del Concilio Vaticano II, iluminan nuestra reflexión y nuestro Pacto de Fidelidad que celebramos en el Año Santo de la Esperanza.

Queremos asumir las esperanzas de todos nosotros, de todos los salteños, de todos los argentinos, de todos los hombres y mujeres que pueblan la tierra, nuestra casa común. Lo hacemos delante de estas imágenes benditas y amadas del Señor y de la Virgen del Milagro. Lo hacemos conscientes de ser privilegiados por estar cara a cara, corazón a corazón con el Señor Jesús y con su Madre.

Reconocemos que este lugar se convierte en "la montaña de la Casa del Señor" y por eso le pedimos al Señor que nos instruya en sus caminos para caminar por sus sendas. Queremos caminar, queremos vivir y no mendigar la vida; por eso necesitamos descubrir la profundidad de nuestra esperanza cristiana.

1. La esperanza cristiana

¿Podemos hablar de esperanza en el hoy de nuestra historia? ¿En qué, en quién esperar en un mundo marcado por las guerras y los desencuentros, por promesas incumplidas y por frustraciones reiteradas, por amores ofrecidos y al poco tiempo quitados? ¿Podemos esperar en un mundo que va destruyendo vínculos e intoxicando las relaciones humanas con el tendal de jóvenes y adultos a los que se les niega la posibilidad de esperar?

Tengamos claro lo siguiente: Hoy, más que nunca, debemos afirmar nuestra esperanza. Es nuestra tarea de cristianos. Siguiendo el ejemplo de muchos hermanos que, con su ejemplo y su palabra nos muestran, en la lucha diaria, que es posible caminar con esperanza y vivir con intensidad el cada día.

Enseñaba el Papa León XIV que, siguiendo la Parábola del tesoro escondido en el campo, debemos aprender a excavar en nuestro corazón para descubrir en quién ponemos nuestra esperanza. Muchas veces confiamos en ídolos que nos dejan desanimados, porque hacemos pie en el barro y no en la roca firme. La esperanza cristiana, en cambio, nace de la fe en Cristo muerto y resucitado, nos pone en contacto con Cristo que es el camino, la verdad y la vida y es el único que era, que es y que viene. Por eso, la esperanza cristiana es realista, ya que se asienta en el Señor de la historia, en Cristo, que es nuestro futuro que abre los horizontes venciendo los límites del tiempo.

La esperanza tiene que ver con el camino, con la vida, con el hacer pie. ¿En quién hacemos pie los cristianos? En el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo.

Porque hacemos pie en el Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo los visible y lo invisible, miramos la creación con respeto y gratitud. Somos creaturas que fuimos hechos hijos para respetar la creación y ponerla al servicio de todos los hombres de todos los tiempos. Todo lo creado es un mensaje de amor del Padre. La humanidad entera, cada ser humano es un mensaje de amor de Dios Padre. Nosotros debemos ser un mensaje de amor de Dios para los demás.

Porque hacemos pie en el Hijo Jesucristo, nuestro Redentor y Salvador, nuestro hermano y guía, nos sabemos desafiados a seguir el estilo y la lógica de su vida que es servir hasta entregarse en la Cruz por cada uno de nosotros. No estamos llamados a sobre vivir sino a vivir plenamente en la Comunión del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia para servir a toda la humanidad. Una vida que no se da es una vida que nos pudre lenta o rápidamente en el estancamiento. Esperar en Jesucristo es vivir el gozo de ser bautizado, de poder experimentar su perdón en el sacramento de la Reconciliación, de alimentarnos de él en la Eucaristía, de crecer en su amistad por la oración confiada y perseverante.

Porque hacemos pie en el Espíritu Santo, armonía del Padre y del Hijo, de toda la creación y de toda la humanidad, estemos llamados y empujados a ser hombres y mujeres de comunión, de perdón y de paz. A aceptar al otro respetándolo, a caminar con el hermano compartiendo nuestros talentos y también nuestros límites. El Espíritu Santo es quien nos hace capaces de aceptar las diferencias y superarlas en la unidad del amor.

Porque nos acompaña el Dios Uno y Trino vencemos el miedo, caminamos en medio de la vida sin huir de la Cruz, guiados por la Providencia, recomenzamos cada día, sabiendo que la vida será consumada en el Banquete eterno del Cielo.

Esta es nuestra tarea. Que podamos aprender a caminar haciendo el bien al estilo de Jesús. Él es nuestra esperanza. De Él recibimos la libertad de los hijos de Dios.

II. La esperanza compartida

La Carta a los efesios (4,4) afirma: "Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, asi como hay una misma esperanza, a la que han sido llamados de acuerdo con la vocación recibida"*. Esta unidad de la familia humana nos lleva a descubrir que la esperanza cristiana es una alianza de esperanza y nos compromete a cultivar la solidaridad en la esperanza y la esperanza en la solidaridad.

La esperanza cristiana es una esperanza para todos y para cada uno. Ante la inminencia del Pacto de Fidelidad que celebraremos tengamos en cuenta que nuestra esperanza está sostenida por tantos hermanos que celebraron y celebrar esta Alianza de amor con el Señor y con la Virgen del Milagro. El Pacto es una conjunción de libertades que se comprometen con el Señor y con los hermanos a sostenernos mutuamente en la esperanza de un camino con sentido, con fraternal búsqueda de la unidad y de la paz.

¡Qué importante es asumir este compromiso en una hora en que la violencia social nos golpea, rompiendo vínculos y degradando la dignidad de las personas! Es la hora de sembrar un nuevo tiempo, es tarea de cada uno de nosotros, de cada una de nuestras familias, la de sembrar surcos de paz. No temamos acompañar a los niños en su camino para que puedan crecer con la contención del amor del papá y la mamá, amor al que tienen derecho, apostemos por educar a nuestros niños y a nuestros jóvenes enseñándoles a establecer vínculos de respeto y de paz con sus semejantes, previniéndolos contra la esclavitud del alcohol y de la droga que los somete a los mercaderes de la muerte.

Luchemos contra el insulto y el atropello en el interior de nuestras familias; no nos acostumbremos a la violencia callejera; a ver que nuestras calles se pueblan de jóvenes que mendigan la vida, que los puentes se transforman en cuevas del deterioro humano; sólo una humanidad consciente del valor de la persona puede reorientar la historia. Sólo la esperanza en Dios nos dará fuerzas para vencer el cansancio en esta lucha.

Apostemos por la educación integral de nuestros niños y jóvenes. Pongámonos a su lado para animarlos a superarse a sí mismos sosteniéndose en los valores que dignifican al ser humanos y hacen progresar a los pueblos.

La tarea es ardua pero no imposible. Si nos unimos la sociedad y el Estado, si los cristianos apostamos a nuestra fe en el Señor y ofrecemos el testimonio de nuestra esperanza, se encenderá la luz de un mañana mejor. Por eso renovamos el Pacto de Fidelidad, porque queremos caminar en esa dirección. "Traten de conservar la unidad del Espíritu, mediante el vínculo de la paz", afirma la misma carta a los efesios (4,3).

III. La esperanza y la paz

Celebramos el Pacto de Fidelidad en este Año Santo de la Esperanza. El Papa León ha inaugurado su pontificado invitándonos a recibir la paz de Jesús Resucitado y este llamado a la paz lo reitera día tras día. La hora es difícil. "Estamos la borde del abismo" se ha dicho, mirando el presente que amenaza la extensión de los conflictos bélicos que están costando vidas y destrucción. Pero... no se apaga la esperanza. La última palabra la tiene el Señor de la Vida.

Celebrar la alianza con Dios es compartir la pasión de Dios por salvar al hombre, a todos los hombres, a los hombres de nuestro tiempo. Celebrar el Pacto es darle a Dios un sí que significa decir al Padre Dios: "Señor tú nos creaste. Los hombres no sabemos ser responsables de la creación y de los hermanos y por eso destruimos lo que Tú nos diste. Pero Tú estás comprometido con todo tu infinito poder y amor a salvarnos. Por eso nos pides que nos abracemos contigo ofreciéndote nuestro compromiso de hacer todo lo posible para volver a comenzar la creación nueva que nace de tu Corazón y del Corazón de tu Hijo Muerto y Resucitado. Cuenta con nosotros. Como Pueblo tuyo te decimos: ¡Cuenta con nosotros! Cuenta con nosotros para sembrar un mundo de paz y de fraternidad, en el que el respeto a todos los demás sea una tarea diaria. ¡Cuenta con nosotros, Dios y Señor nuestro! Esta tarea debe nacer del corazón de cada uno de nosotros, llamados a vivir el éxodo que nos lleva del insulto al buen trato, del odio al amor, de la venganza al perdón,, del egoísmo al servicio.

Naciendo en el corazón de cada uno, esta vocación y compromiso por la paz, renueva las familias, las comunidades, la vida social, económica y política. ¡No nos cansemos de avanzar hacia una civilización del amor y la paz! El Pacto que celebraremos convierte cada 15 de septiembre en el comienzo de una nueva oportunidad. Celebrémoslo, para Gloria de Dios, con el corazón lleno de la confianza al saber que Él está con nosotros. Nos confiamos a la protección de Nuestra Señora, la Virgen del Milagro... y, en marcha.

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1 CONCILIO VATICANO II, Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et Spes -GS-1.



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