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  • Enemigos de la democracia
  • Hubo una época, no muy lejana, en que la popularidad de una persona se medía por los centímetros que su nombre ocupaba en la prensa escrita y los minutos de que disfrutaba en las radios y en la televisión.
Imagen ilustrativa
Imagen ilustrativa

Hoy, en plena revolución de las redes sociales y la comunicación digital, la mayor exposición en los medios de comunicación no es un indicador fiable de popularidad, sino, probablemente, de todo lo contrario.



En Internet se puede leer la siguiente definición: «Un mediópata es aquella persona que tiene una obsesión por salir en los medios de comunicación, por acaparar fotos, por anhelar ser objeto de los más relajantes panegíricos, por evitar cualquier tipo de mácula que empañe su biografía superficialmente construida... Y a ello subordinan todos sus recursos».

Algunos personajes públicos de Salta (los más inteligentes) parecen haber tomado nota de este notable giro, pero otros siguen anclados en estrategias de comunicación del siglo pasado, en la convicción de que cuanto más espacios vacíos se ocupen, mientras más páginas reproduzcan sus discursos (y sus desvaríos), más conocidos (y apreciados) serán por «la gente», ese colectivo amorfo y de contornos difusos que generalmente es el que hace las veces de carne de cañón para ciertos experimentos seudosociológicos a los que algunos llaman encuestas preelectorales.

El mediópata salteño se caracteriza por su esfuerzo sostenido en elevar sus obviedades al rango de solemnidad. La visita a un barrio, la inauguración de una comisaría, la entrega de unas motos, o el homenaje a una Virgen (por solo citar algunos actos intrascendentes) son presentados en los medios de comunicación como si se tratara de la Toma de la Bastilla, el Descubrimiento de América o la caída del Imperio Romano. Sus afirmaciones banales son empaquetadas de tal modo que las frases de Churchill o de Camus quedan reducidas a charlatanería barata.

El mediópata salteño escruta cuidadosamente todos los medios de comunicación posibles, no tanto para saber quiénes son los que hablan mal de él (cosa que sabe perfectamente), sino para comprobar que los que hablan bien constituyen una abrumadora mayoría. Eso le tranquiliza y le permite respirar. Mientras más webs y diarios digitales sean condescendientes con él, más experimentará el mediópata la embriagadora sensación de ser «bueno», en el mejor sentido de esta palabra.

Este escrutinio diario le obliga a tragar bilis todas las mañanas, porque -aunque pocas- las críticas que se le dirigen son feroces y apenas si alcanza el dulzor del halago de los otros para compensar tamaño ejercicio de masoquismo mañanero.

La mediopatía no conoce de sexos. Es una enfermedad que afecta tanto a hombres como mujeres. Algunas de estas últimas ha encontrado en el bombardeo calculado de artículos (generalmente copiados) y la crítica a todo lo que se mueve la forma de mantenerse en el candelero y de alimentar dificultosamente una ambigua fama de incómoda polemista, que algunos -por cierto- atribuyen no a una inteligencia despierta sino a un simple trastorno mental.

De mediópatos y mediópatas está trufada nuestra plaza. Su número no decrece sino que aumenta, a medida que se incrementa el deterioro de nuestra capacidad de debatir razonadamente y se reduce la calidad de los intercambios que se producen en nuestro cada vez más precario y pedestre espacio público.

Reconocer y señalar a los mediópatas se ha vuelto así una necesidad para todos aquellos que piensan que la democracia y nuestras instituciones se prestigian con recato, modestia y prudencia verbal.



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