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  • El hombre en la Luna y la guerra en Irán
  • Que el mismo país que se pavonea de haber enviado una nave tripulada a la Luna amenace a otro con volverlo a la edad de piedra en una sola noche me parece una siniestra paradoja. Y que lo haga el mismo día, además, me parece todavía más siniestro y más paradójico.
Donald Trump, presidente de los Estados Unidos de América
Donald Trump, presidente de los Estados Unidos de América

Hasta aquí, había vivido yo con la idea de que el progreso de la humanidad era inexorable y que el ser humano, por la razón que fuese, jamás se plantearía conscientemente volver a tiempos superados.


El mundo que me ha tocado ver, en el que me pusieron mis padres, siempre fue convulso y contradictorio. Pero si alguna cosa firme había, entre tanta tribulación y tanta discordia, eso era la creencia de que la humanidad, a través del tiempo, avanzaría de manera constante hacia un estado mejor, caracterizado por una mayor razón, ciencia, tecnología, organización social y moralidad.

Siempre pensé que esta creencia formaba parte de las bases filosóficas de la Ilustración, que durante varios siglos nos convenció de que la historia tenía una dirección positiva y evolutiva.

No quiere esto decir sin más que el regreso al pasado fuese del todo imposible, porque quizá un asteroide de esos que nunca faltan se atraviese en nuestra órbita y ponga fin a nuestro optimismo desbocado e incluso al reinado del ser humano sobre la creación.

Pero me animaría a decir que —al menos hasta hoy— estábamos seguros de que el retroceso en el tiempo no podría ser posible por una decisión consciente y deliberada del ser humano.

Si los Estados Unidos, si Trump, tiene el poder suficiente para destruir un país de 100 millones de habitantes, con una cultura varias veces milenaria, cargándose sus infraestructuras viales, sus centrales eléctricas, su abastecimiento de agua y demás «tonterías» de la modernidad, es porque nos hemos equivocado de medio a medio en nuestro pronóstico sobre el sentido y la dirección de la historia. Simplemente, nos hemos pasado de optimistas.

Porque si lo pensamos bien, las carreteras, los puentes, las plantas desalinizadoras o las refinerías de petróleo no existen para que la gente las contemple y las venere, sino para hacer posible la vida de los seres humanos sobre la Tierra, para que estas criaturitas de Dios se puedan servir de ellas. Destruirlas (con todo lo que debe de haber costado ponerlas en pie) no significa tanto ir contra unas infraestructuras inertes, contra unos monumentos fantásticos pero inútiles, sino contra seres humanos de carne y hueso, muchos de los cuales ni siquiera desean la guerra. En otras palabras: no será posible reducir Irán a la edad de piedra sin matar a mucha gente inocente.

El argumento que ha encontrado Trump para seguir rompiendo Irán es que los propios iraníes le han pedido que siga bombardeando. Parece una broma, pero el presidente norteamericano está convencido de ello. En la febril imaginación de Trump, la edad de piedra persa no es solo un objetivo militar estadounidense, sino también una aspiración colectiva del pueblo iraní. ¡Increíble!

Me pregunto si, para hacer un país más grande (again), es necesario destruir a otro; y no solamente destruirlo, sino también reenviarlo a la edad de piedra. Soy bastante consciente de que la humanidad no avanza de forma armónica y que el progreso basado en la ciencia y en la tecnología se distribuye por el mundo de una forma bastante desigual, como lo hace la riqueza.

Hasta donde me es posible saber, la conciencia humanitaria universal ha podido convivir de alguna manera con esta distribución desigual. Lo ha hecho durante los últimos 250 de años, sin poder acabar del todo con las desigualdades.

Pero otra cosa es que un país decida deliberadamente destruir a otro y devolverlo al pasado más remoto. No hay ninguna razón moral que avale una decisión semejante. Ni la supuesta posesión de armas nucleares, ni la perversión de sus líderes (y mucho menos la seguridad del Estado de Israel) son argumentos suficientes para aniquilar una civilización entera.

Por este motivo, y por muchos otros que por razones de espacio me resulta imposible mencionar aquí, me parece que la apelación al «deseo» del pueblo iraní es una mentira que deshumaniza más al que la utiliza que a los utilizados (o, mejor dicho, caricaturizados por ella).

En nombre de la historia, del progreso y de la grandeza de los pueblos no se puede enviar astronautas a la Luna, prometiendo que en poco tiempo la humanidad colonizará nuestro satélite y algún planeta cercano, y al mismo tiempo intentar borrar de la faz de la Tierra a un país habitado por 100 millones de personas. Es una contradicción.

Mi deseo es que una paradoja siniestra, surgida de un cerebro débil, confuso y contradictorio, no acabe con casi tres siglos de pensamiento ilustrado, liberal y humanista; que no convierta en papel mojado los desvelos de cientos de millones de personas que se dejaron la vida en dos guerras tremendas para luchar precisamente contra aquellos cerebros perversos.

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