Los salteños de mi edad hemos sido instruidos, desde muy temprano, en la creencia de que Dios está presente en todo lugar y momento, simultáneamente, con todo su ser, sin limitaciones espaciales ni temporales. Mucho antes de aprender nuestras primeras letras, nos enteramos de que la presencia de Dios es, además, total; es decir, que Dios no está dividido ni esparcido, sino que está íntegramente presente en todas partes.
Antiguamente, era posible ver la Sagrada Imagen de Nuestro Señor casi en todos los sitios por los que íbamos; hoy, con tanta mudanza secularizadora, la figura que acapara los espacios públicos es la de Güemes, cuyos descendientes parecen haber heredado el don de la ubicuidad.
El caso es que —a diferencia de Güemes—, de Dios siempre fue (al menos para mí) imposible esconderse.
Compruebo con mucha tristeza que la omnipresencia de Dios no ha conseguido, sin embargo, acabar con el pecado. Pero no porque haya gente que no crea en este atributo divino, sino más bien porque, cada septiembre, los salteños y las salteñas volvemos a poner el contador a cero, después de golpearnos el pecho durante nueve días seguidos, mientras repetimos como una letanía aquello de «concédeme lo que te pido en esta Novena, si es para mayor honra y gloria tuya y bien de mi alma».
Una Novena bien rezada, y mucho más todavía si es acompañada de una buena peregrinación desde las altas cumbres, borra todos los pecados cometidos durante los doce meses anteriores, sin apenas dejar huella, como lo hacen los buenos detergentes con las manchas más rebeldes.
Por eso los salteños, como si la vida fuera un eterno bolero de Javier Solís, salimos de la Catedral con el alma limpita como una patena, pero cantando: «Es mejor que sigamos, que sigamos pecando, sin olvidarnos más».
Pienso en estos momentos en los que organizaron aquella fastuosa boda en un área protegida de la Quebrada de las Conchas. Solo deberán esperar los seis meses reglamentarios para que todos sus pecados medioambientales queden diluidos en las estratégicamente olvidadizas indulgencias plenarias del Milagro salteño. Pasado septiembre, la misma gente podrá invitar a sus pudientes amigos a comer una riquísima caldereta de yaguareté, que tampoco pasará nada.
A la vista de cosas como estas, yo propongo que las absoluciones que dispensa el inflexible canónigo penitenciario en uno de los kioscos de madera que jalonan la nave oriental de nuestra Catedral, antes de pronunciar el ego te absolvo a peccatis tuis, envíen el expediente completo (con todas las pruebas, incluidos los hisopados) al Tribunal de Impugnación de la ciudad de Salta, para que sean sus magistrados y magistradas quienes decidan, en última instancia, tanto sobre la absolución como sobre la posible penitencia.
A la inversa, el canónigo penitenciario, además de los reglamentarios padrenuestros y avemarías, debería estar facultado para imponer reglas de conducta a los pecadores. Por ejemplo, hacer un curso para aprender a respetar a los animales, enviando las constancias de sus avances al Arzobispo de Salta y al centro de adopción de mascotas Nicolás Mancilla.
En apretada síntesis, creo que la jurisdicción canónica y la civil deberían —previa firma de un convenio, por supuesto— realizar un trabajo articulado en materia de combate contra el pecado, celebrando al pie del panteón del Héroe Gaucho todas las audiencias flexibles y multipropósito que sean necesarias, porque si en Salta hay tantas transgresiones —jurídicas, medioambientales y morales— es porque seguramente mucha gente ha olvidado que Diosito está en todas partes y que, por más que intentemos escondernos de él, hasta nuestros malos pensamientos alcanzan su divino conocimiento.
