Yo fui —con solo 14 años y mucha cara dura— el presentador oficial de sus encendidos discursos en las destartaladas tribunas peronistas de la calle Balcarce 362, una antigua casona que mi padre había alquilado, a poco de ser designado por Perón como delegado reorganizador del partido en Salta.
Si reparamos en estos nombres tan ilustres, vamos a caer en cuenta casi inmediatamente que el de Ragone era, probablemente, el único apellido honrosamente desprovisto de sonoridades aristocráticas.
Pero había otro. Pocos recuerdan ya que en aquellas elecciones de marzo de 1973, el Frente de Izquierda Popular —partido que mantenía algunas conexiones con el peronismo, pero que en marzo de 1973 decidió ir con candidatos propios—, postuló por primera vez a una mujer como candidata a Gobernadora: la profesora Ana María Giacosa, a quien yo conocía personalmente y había tratado más, incluso, que al propio doctor Ragone. No me explico por qué estas feministas modernosas que hay en Salta no la tienen hoy en un pedestal.
Mi entusiasmo por la figura de Ragone en los mítines del partido era amablemente correspondido por el candidato con un cariñoso toque en mi quiscuda y juvenil cabeza, casi siempre cubierta por una gorra de las que por entonces se conocían como «Pochito».
En un momento llegué a notar, a medida que avanzaba la campaña, que el discurso de Ragone se iba haciendo un poco más duro y cada vez más encendido. Jamás violento. Durante una recordada gira por localidades del Valle de Lerma, el exgobernador terminaba su alocución gritando ante la multitud: «¡Hasta la victoria siempre, compañeros!».
Yo no entendía muy bien las caras de desaprobación de la gran mayoría de los dirigentes que lo acompañaban en la tribuna peronista. Mucho tiempo después entendí lo que significaba para muchos de ellos.
Sin embargo, no creo que aquella frase «cheguevarista» definiera a Ragone en toda su complejidad. Se vivían tiempos convulsos y las «juventudes» tiraban hacia un lado y hacia el otro, casi con idéntica fuerza.
Para mí, lo que probablemente mejor definía a Miguel Ragone como político era su vocación por los más desfavorecidos de la sociedad, y un rasgo de carácter que se complementa muy bien con tal vocación: su desdén hacia los poderosos. No era una pose ni un reclamo populista. Ragone era un hombre austero y obstinadamente decente.
Cuando la dictadura del general Alejandro Agustín Lanusse, rendida a las dotes políticas de su Ministro del Interior, el doctor Arturo Mor Roig (que había sido presidente de la Cámara de Diputados de la Nación durante el gobierno de Arturo Illia y que dos semanas después de la muerte de Perón fue salvajemente asesinado por los Montoneros), decidió que se debía llamar a elecciones, el disperso partido peronista de Salta, mal avenido casi desde su nacimiento, adoptó una decisión sorprendentemente unánime: No aceptar la ficha de afiliación del empresario Roberto Romero.
Aun divididos e incapaces de ponerse de acuerdo en las candidaturas (la de Ragone fue un auténtico parto), la negativa de los peronistas de la época a admitir como afiliado al partido al poderoso empresario fue casi unánime. Destaco el tema de la afiliación, por cuanto Romero finalmente logró ser admitido —a pesar de ciertas reservas— como tesorero de la campaña.
He de reconocer que en este duro baneo, quienes sostenían la posición más intransigente eran los dirigentes de la Lista Verde, a la que Ragone pertenecía. Los «verdes» recordaban muy bien que el diario El Tribuno de Salta había nacido en agosto de 1949 como órgano oficial del Partido Peronista de Salta y que tras la expropiación decidida por la antiperonista Revolución Libertadora, el viejo diario pasó a ser controlado por el señor Romero, por entonces militante de la Unión Cívica Radical Intransigente.
Pero no solo los «verdes». También recuerdo el celoso empeño del entonces secretario general del partido, don Juan Emilio Marocco, en hacer «dormir» el sueño de los justos a la ficha de Romero en un inaccesible cajón de su escritorio, en una de las húmedas habitaciones de la calle Balcarce 362. Lo vi con mis propios ojos.
Que después el peronismo haya perdonado todo esto no quiere decir que el episodio de la expropiación y posterior apropiación de El Tribuno no haya quedado cristalizado en la historia. Allí está y permanece.
Quien probablemente no llegó a perdonar aquello, fue Ragone, que murió siete años antes de que Romero se hiciera con el control del Partido Justicialista de Salta, apoyado justamente en sectores internos a los que Ragone siempre había combatido con energía y convicción.
Hoy, sigo siendo «ragonista», pero de los de ayer. Los motivos de mi admiración y mi respeto hacia el exgobernador están intactos, a pesar del paso del tiempo y el agua sucia que ha corrido debajo de algunos puentes de endebles cimientos.
Los «ragonistas» de hoy, sin embargo, convencidos de que quienes fueron enemigos históricos de Miguel Ragone son hoy en realidad los únicos o los más prístinos guardianes de su ilustre memoria, no me convencen. Por desmemoriados o por oportunistas.
Las vicisitudes que enfrentó Ragone entre el 25 de mayo de 1973 y el 23 de noviembre de 1974, fechas que señalan el principio y el final de su gobierno, jamás han sido suficientes —al menos, para mí— para desfigurarlo o para negar su dimensión histórica. No fue el único gobernador de aquellas épocas que, escorado hacia la izquierda, mantuvo diferencias y enfrentamientos importantes con otros sectores peronistas. El hecho de que, por razones coyunturales, su gobierno hubiera sido resistido por sectores políticos cercanos a los que yo pertenecía tampoco me dice mucho. Soy bastante crítico de todo lo que se hizo tanto de un lado como del otro —y especialmente de lo que se dejó de hacer— en aquellas épocas tan confusas.
De lo que estoy bastante seguro es de que la mayoría de los que hoy enarbolan con patriótico orgullo la bandera del «ragonismo», y se disfrazan de «ragonistas» de la primera hora, no se animan a reconocer que lo combatieron con ferocidad o que el desaparecido exgobernador los despreciaba con unas ganas de las que solo él era capaz.
Muchos años después de todo aquello, vengo a enterarme de que Ragone, con 38 años, fue quien firmó el certificado de defunción de una de las bisabuelas de mi hijo pequeño, fallecida a los 50 años en 1959. Desde que supe aquello, tengo un motivo más para respetarlo y para hacer «pelillos a la mar» con las diferencias que pudiéramos haber tenido en algún momento.
Es este sentimiento el que me empuja tanto a redoblar mi condena absoluta y sin paliativos a su secuestro y desaparición, como a denunciar que muchos de los que hoy, a 50 años del suceso, lloran su muerte y pronuncian una condena parecida estuvieron muy cerca (mucho más cerca de lo que ellos mismos son capaces de admitir) de los que en marzo de 1976 perpetraron aquel incalificable crimen.