Por nada del mundo me explico que en Salta haya pomposos encuentros dedicados al «desarrollo de soluciones innovadoras vinculadas al sector espacial argentino», o que un funcionario del gobierno se empeñe en impartir cursos de Inteligencia Artificial en los barrios más pobres (donde apenas si hay luz y calles pavimentadas), mientras el bienestar de cientos de miles de salteños se deteriora sin remedio y a nadie parece preocupar los problemas actuales.
Esta pasión abrasadora por la «modernidad» y esta especie de obsesión por el futuro no son nuevas ni mucho menos. Vienen desde hace mucho tiempo. Y como antiguas que son, no podemos llegar a otra conclusión de que, a lo largo de las décadas, los arrebatos modernistas y la pasión por la vanguardia muy poca cosa han hecho por la justicia social, el bienestar o la igualdad de oportunidades.
Soñar con escenarios futuristas desde el más profundo subdesarrollo siempre ha tenido entre nosotros un efecto sanador, tranquilizador de conciencias. Especialmente para ciertas clases sociales, que han calculado que mientras más elitistas y sofisticados sean sus experimentos, mientras más publicitadas sean sus aventuras, más se van a distanciar y distinguir de las clases inferiores.
Lo más doloroso de todo es que estos destellos de ciencia y tecnología (experimentos de robótica, vuelo de drones, tecnología nuclear, desarrollos espaciales, fantasiosos hospitales virtuales y delirios de Inteligencia Artificial) no están pensados para desarrollar equitativamente a nuestra sociedad. Más bien están pensados para crear más desigualdad y para aumentar el prestigio de una clase decadente, a la que solo le queda refugiarse en el misterio de una ciencia inaccesible para sentirse diferente y autoprotegerse del «aluvión zoológico».
Vivo en un continente tecnológicamente atrasado, pero a propósito. Ningún adelanto científico o tecnológico se adopta aquí por puro esnobismo, como en cambio sucede en Salta. Hasta donde les resulta posible, los europeos intentan reflexionar sobre el impacto social y los beneficios a medio plazo de una tecnología determinada, antes de lanzarse a adoptarla.
Tal vez se trate de una precaución excesiva, pero prefiero varias veces una aproximación sosegada a los desafíos del futuro, con un prolijo y detallado análisis previo de costes y beneficios, a los experimentos instantáneos que se intentan en Salta después de haber leído un par de artículos en Internet.
La desigualdad extrema se puede palpar en Salta de una manera muy sencilla: Un 10% de los hogares barren sus casas con un robot aspirador Dyson, controlado por el iPhone, mientras un 90% utiliza para la misma tarea una escoba de pichanilla.
No caben dudas de que Salta necesita modernizarse, pero los intentos «modernizadores» que se han puesto en marcha en las dos últimas décadas persiguen como único objetivo que nuestra Provincia siga anclada a un medioevo lento, cómodo y estéril, que solo favorece a las elites de poder y que excluye calculadamente a quienes no ejercen poder ninguno.
Pienso que la modernidad que Salta debe intentar alcanzar no es otra que la modernidad occidental. Pero tropezamos con el pequeño inconveniente de que en nuestra Provincia no hay innovación tecnológica original y genuina (en el mejor de los casos, somos consumidores sumisos de lo que otros desarrollan), como tampoco hay capitales industriales, ni una burguesía provinciana influyente, ni marcos institucionales más o menos desarrollados que protejan adecuadamente los derechos de propiedad y las libertades civiles básicas.
Las bases mismas de la modernidad occidental son cuestionadas todos los días en Salta por la tenaz pervivencia de un sistema de producción cuasifeudal —que en buena medida aún se mantiene— y que, a mi juicio, no solo impide el despegue y la consolidación de una economía moderna y diversificada, sino que también cierra el paso a formas políticas que tutelen adecuadamente la libertad de los individuos y los derechos sociales. Pongo como ejemplo la muy reciente reforma del sistema electoral, que ha sido diseñada calculadamente para fomentar el caos y anular los derechos políticos de los ciudadanos.
Los intentos modernizadores que he conocido en Salta siempre me han parecido sospechosos, desde el momento en que ninguno de ellos ha propuesto seriamente jamás que cada ciudadano, que cada hombre libre, pueda elegir sus metas según su propia voluntad y albedrío.
Este objetivo fundamental de la modernidad aparece seriamente en entredicho cuando comprobamos que los hechos, procesos y estructuras que se pretenden poner en sintonía con los tiempos renuncian a la aspiración de alcanzar la meta de una manera lógica y racional, y, por intereses políticos coyunturales y necesidades del poder, se pretende construir una modernidad meramente aparente, basada en la práctica de los valores tradicionales, generalmente impuestos por la autoridad y controlados estrechamente por ella.
Esta modernidad que yo llamo «aparente» se ha pretendido imponer en Salta a través de esa endiablada construcción cultural que muchos llaman «progreso» y que tiene su manifestación más visible en todos estos experimentos futuristas a los que me he referido más arriba, que no solo ocultan los problemas más importantes sino que, en el mejor de los casos, demuestran un optimismo irracional, toda vez que de lo que se trata —nada menos— es de producir un shock de modernidad en una sociedad a la que todavía le falta recorrer un largo camino hacia la libertad.
Una sociedad que es incapaz de solucionar problemas como la pobreza estructural, la falta de cohesión territorial o la desigualdad profunda, no puede darse el lujo de malgastar sus energías intelectuales y sus recursos económicos en las fantasías futuristas de los menos vulnerables y debe dedicar sus mejores esfuerzos a razonar —con los dos pies sobre la tierra— sobre los problemas que nos han hundido en el atraso y que son los que, en realidad, tornan inviables, extravagantes o superfluos, los proyectos tecnológicos más innovadores.