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  • De izquierdas y derechas
  • De aquella vieja afirmación de Salvador de Madariaga («el marxismo-leninismo es hoy la enfermedad más grave del espíritu humano»), a la más reciente de Javier Milei («zurdos hijos de puta, tiemblen»), ha corrido mucha agua debajo del puente del liberalismo.
Javier Milei, Presidente de la Nación
Javier Milei, Presidente de la Nación
¿Han perdido los liberales sus buenos modales? ¿O lo que ha ocurrido es que a los «izquierdistas» se les ha ido un poco la pinza?


En 1934, Madariaga fue ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes y de Justicia de la Segunda República española; más tarde fue embajador en Washington del mismo gobierno. Con lo cual se podría pensar que simpatizaba con las ideas izquierdistas. Pero era «un liberal clásico moderado» (y europeísta) que por ello se vio forzado a exiliarse en el Reino Unido tras el estallido de la Guerra Civil. Después de la Segunda Guerra Mundial, Madariaga fue un activo militante contra el comunismo soviético, así como férreo opositor a la dictadura franquista. No volvió a España sino después de la muerte de Francisco Franco en 1975.

Respondiendo a las preguntas del segundo párrafo me gustaría decir que probablemente ha ocurrido un poco de las dos cosas. Pienso que, en cualquier país del mundo, los liberales son el jamón del sandwich entre la izquierda y la derecha; pero no porque los liberales ocupen el centro, sino simplemente porque el pan es muy diferente a la carne, en textura y en sabor. En un sandwich, lo importante es la carne; lo demás, como diría el filósofo «es lechuga».

Es decir, no veo al liberalismo «emparedado» o «comprimido» entre los dos extremos, sino más bien fuera de ellos, a su aire, en un lugar móvil y difuso. Para decirlo de una forma tautológica y decididamente más estúpida: veo al liberalismo «libre»; es decir, no como una solución transaccional a la tensión dialéctica entre dos extremos opuestos, sino como algo enteramente diferente.

Si, como dijo Salvador de Madariaga, el marxismo-leninismo es «la enfermedad más grave del espíritu humano», pocas dudas tengo acerca de que hablamos de una enfermedad que se cura pensando... y viviendo. Es decir, un mal que felizmente tiene solución.

Convencido como estoy de que la tiene, no puedo compartir el juicio de aquellos que proclaman la imposibilidad ontológica de ser «ex comunista». Es vieja como el andar a pie la expresión que dice que no se puede ser «ex comunista», así como no se puede ser «ex boludo».

He vivido lo suficiente como para ver a mucha gente que ha abandonado a tiempo tanto un extremo como el otro y que al hacerlo ha mejorado su vida y la de sus más próximos. Me descubro ante quienes han comprendido (aunque lo hayan hecho tarde) que perseguir al enemigo ideológico hasta la muerte no tiene el menor sentido práctico.

Creo también que, dependiendo del lugar que creemos ocupar en el espectro del pensamiento, todos nosotros tenemos «zurdos» y «fachos» («rojos» y «fachas», dirían en España) a uno y otro lado. Pero, por esas cosas inexplicables que tiene la política, los «centrados» siempre somos nosotros. Me parece un poco extraño que la razón caiga siempre de nuestro lado. ¿Y si los equivocados fuésemos nosotros?

Por eso es que pienso que si Javier Milei se ha planteado una cruzada contra los «zurdos» a gran escala es porque, desde sus coordenadas ideológicas, él ve una cantidad descomunal de «zurdos» que otros no ven. Es como el chiste del despistado que va a contramano por la autopista y escucha por la radio la noticia de que hay un conductor kamikaze poniendo en peligro la vida de muchas personas. «¿Uno? ¡Son como mil!», se queja.

Es eso, o que el «liberal» ha dejado de ser el jamón del sandwich y ahora es pan, o lechuga.

Si, como digo, todos tenemos a alguien «a la derecha», ¿por qué Milei no identifica y ataca también a los que están aún más a la derecha de él?

Pienso que esta falta de equilibrio proviene de una idea instrumental de la libertad y que es producto de un maquillaje ingenioso de la realidad que pretende que creamos que todo aquel que no comulgue con determinadas ideas es un peligroso enemigo de la humanidad. Da igual las ideas que profese, porque mientras no sean las nuestras, será un enemigo. El mundo dividido entre amigos y enemigos es muy fácil de comprender y de gestionar. Esta visión releva a algunos del molesto deber de pensar y de entenderse con el que piensa diferente.

Así, para muchos, el enemigo es Milei. Y, al revés, Milei parece haberse liado la manta a la cabeza y etiquetado como enemigos a cuatro quintas partes de la humanidad. Permítanme decir que estoy convencido de que nada bueno puede salir de ninguna de estas posturas.

El ilustre (o infame) nombre de «enemigo de la libertad» debería estar reservado para quien se empeña, por medios coactivos, en que los demás piensen como a él le gustaría que pensaran; es decir, para quienes se empeñan en negar a los demás su libertad de pensar. Se puede ser liberal desde la elegancia de Madariaga, pero no desde la zafiedad de Milei.

El liberalismo no es reacción. Puedo tolerar a los conservadores, que tienen su propia idea del progreso, pero no a los reaccionarios, que pretenden volver la historia hacia atrás. Aun así, por muchas razones, que no tienen que ver ya con el liberalismo sino con la fe cristiana, no me siento autorizado ni a llamarles «hijos de puta» ni convocar a su exterminio. Los reaccionarios no me son indiferentes, pero no los considero mis enemigos. Si no estoy enamorado de mi propia forma de pensar, ¿por qué tendría que odiar a los que piensan distinto?

Quieren convencernos de que no hay lugar para todos en este mundo y yo creo que sí lo hay y que lo peor que se puede hacer es renunciar a buscar este lugar y tomar el atajo de aniquilar a los que a nosotros nos parecen indeseables.



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