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  • Justicia, microtráfico y política
  • La noticia dice que dos mujeres de nacionalidad boliviana, que habían emprendido viaje desde Salta hacia la ciudad de Córdoba, fueron detenidas por la Gendarmería Nacional en la ciudad de Ojo de Agua, Provincia de Santiago del Estero.
Procedimiento anticholo en Ojo de Agua
Procedimiento anticholo en Ojo de Agua

Según la información de varios medios digitales, las «cholitas» (como se les llama en las crónicas) fueron sorprendidas en posesión de 180 cápsulas de cocaína que llevaban «escondidas en un bolso y en sus estómagos» [sic] (como si el estómago fuese un lugar normal para guardar cosas).



Por otro lado, mientras en Salta avanza el proceso judicial contra una asociación de malhechores presuntamente liderada por un diputado nacional y que supuestamente componen entre tres y cuatro profesionales de la comunicación y las redes sociales, los que defienden la imposible legalidad de la propalación de noticias falsas de contenido injuriante, acusan veladamente a la fiscal del caso de ser también una «cholita», pero, en este caso, sin trenzas, sin faldones y sin bombín.

Entonces ¿en qué quedamos? ¿Quiénes son los «cholitos» en Salta? ¿El aristócrata o el campesino? ¿El pequeño traficante o la fiscal que lo persigue?

Es un asunto complicado de curiosa semántica, considerando que «Cholo», por ejemplo, es Simeone, que no tiene nada de «cholo», ni en un sentido ni en otro.

Más curioso todavía es que el Diccionario recoja la palabra «cholo/a» como americanismo y diga que es sinónimo de «ladino», vocablo que no solo significa «mestizo» sino también, «astuto», «sagaz» y «taimado».

Los enemigos del tráfico intradigestivo de cocaína dirán que las «astutas» y las «taimadas» son las «cholitas» de trenzas renegridas y tez cobriza, mientras que los defensores de las injurias y las falsificaciones a mansalva dirán que «cholita» es la implacable fiscal, no tanto por ser «sagaz» sino por ser «taimada».

Decir en Salta que «los cholos coquean» supone una anfibología. Porque el hábito del coqueo, que nació en la cavidad bucal de los «cholitos pobres» de las altiplanicies, fue adoptado sin filtros culturales de ninguna naturaleza, ya hace muchos años, por los «cholitos ricos» de los valles templados, que no se desplazan a pie por los campos esquivando churquis sino en modernos vehículos SUV.

Ser «cholo» en Salta nada tiene que ver con la mezcla de sangre. Entre nosotros, ser «cholo» es una cuestión de apellidos. Basta con que la partida de nacimiento de un señor o una señora tenga dos apellidos más o menos conocidos para colgarle automáticamente a su portador la etiqueta de «cholo» y para negarle cualquier derecho fundamental.

Para estos negacionistas de la igualdad, el tiempo de los «cholos» en la política terminó con el último Uriburu que ejerció el poder. Nuestra política doméstica se ha «descholificado», pero los resultados de este proceso no parecen ser muy buenos.

La confusión llega a tal extremo, que las «cholitas» de Ojo de Agua no saben muy bien en qué asientos sentarse durante la audiencia de imputación (¿del lado de la ley o del lado de los reos?). Y no faltará algún buey corneta que exija a las «cholitas rubilingas» de la Ciudad Judicial que antes de un interrogatorio «flexible y multipropósito» vacíen su bolso o se sometan a un examen de rayos X para ver, si en vez de unos cappelettis a la Gran Caruso, llevan cápsulas de estupefacientes en el tracto intestinal.

Como diría Discepolo: «En un mismo lodo, todos manoseaos».



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