Unas horas antes de que Javier Milei tomara la sorpresiva (más que sorprendente) decisión de cesar a quien fuera su ministra aun antes de que ganara las elecciones, se supo que el gobierno español -presidido por el denostado (por Milei) Pedro Sánchez- resolvió cerrar la crisis diplomática abierta entre los dos países el pasado mes de mayo designando a un nuevo embajador en la República Argentina.
Si retomásemos la analogía tenística de junio pasado («a Pedrito lo tengo match point»), parece bastante claro que Milei -con el valioso auxilio de Mondino- ha rematado el último smash y ha obligado al umpire a gritar desde su silla ¡match over!
Tendríamos que recordar, no obstante, que el ministro español de Transporte, el señor Oscar Puente, que insultó primero a Milei y que después de hacerlo fue respaldado por todo el gobierno español, tampoco se ha disculpado en ningún momento ni con el Presidente argentino, ni con los argentinos, con la pequeña diferencia agravante de que Milei es el Jefe del Estado argentino y la esposa del Presidente del Gobierno español -que no es la reina, ni desempeña ningún rol en el Estado- es una ciudadana normal, aunque en serios problemas.
La decisión de votar a favor o en contra del bloqueo estadounidense a Cuba no puede quedar al arbitrio ni de la Canciller ni de ningún miembro del Servicio Exterior, por más influyente que sea, salvo que el propio Presidente le haya dicho a su ministra: «¡Ma sí! Votá lo que vos veas, Dianita», lo cual es altamente improbable.
Puede haber sucedido aquí, lo que en el viejo chiste del médico que sale del quirófano a darle la mala noticia a una flamante viuda sorda: «No, no, no. Reposo no. ¡Responso, señora! ¡Responso!».
Igual, en cualquier país normal, un voto equivocado (sea intencionado o no) se soluciona con una destitución menos escandalosa, sobre todo si la destituida viene de lograr haber cerrado un partido de tenis bastante complicado.