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  • La destrucción de la solidaridad
  • Hace algún tiempo, ese gran filósofo de los valles altoperuanos que es don Juan Urtubey dijo al público y al clero que los únicos «productores» eran los empresarios (los propietarios del capital), excluyendo así a los trabajadores, que solo poseen su fuerza de trabajo y se ven obligados a alquilarla para poder sobrevivir.
Imagen ilustrativa
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Desde luego que no es Urtubey el único responsable de la actual crisis, pero tengo que reconocer que es uno de los que más esfuerzos (discursivos y de otra especie) ha hecho para desplazar al ser humano y a sus valores del centro de la economía.



Mucho me temo que el actual gobierno de Salta -a pesar de la comprobada sensibilidad del gobernador Sáenz y de las buenas intenciones de algunos de sus colaboradores- piensa, como Urtubey, que el centro de la economía está ocupado por el dinero y que la especulación financiera es mucho más importante que los bienes de mercado (productos y servicios) y que el que no posee dinero, aunque produzca riqueza, está fuera de la economía.

Solo por el hecho de existir, el ser humano es ya un agente económico de primera magnitud. No solo son sus necesidades las que mueven la economía: también lo hacen sus decisiones y sus aportaciones a la riqueza común, que muchas veces son imperceptibles.

Pero así como Urtubey piensa (y practica) que el centro de la política es el poder (no importa cómo se use ni para qué), también piensa que el dinero, que hasta hace poco solo era una herramienta de medida para facilitar el intercambio, hoy tiene valor por sí mismo. No hay dudas que el dinero es el nuevo becerro de oro al que hay que adorar.

Esta singular paradoja ha empobrecido al mundo y enriquecido a unos pocos. Pero lo ha hecho más en Salta, en donde el anterior Gobernador demostró que su obsesión por el poder es tan ciega como su apetito financiero.

Bien es verdad que en materia de dinero, el anterior Gobernador ha demostrado una especial inclinación por el suyo propio y el de sus más próximos. Pero en donde más ha brillado es en el tratamiento del dinero de todos (ese que contribuye a formar lo que conocemos como «erario»), un terreno en el que nuestro adorable «constructor de lógicas» ha mostrado una supina irresponsabilidad. Hay unas 640 millones de razones que avalan esta afirmación.

El «modelo» de Urtubey no es neoliberal; es más bien «neonada». Y lo es porque para cualquiera resulta bastante fácil apartarse de las doctrinas económicas conocidas, pues un empeño tan vulgar como este no requiere más esfuerzo ni más talento que el de dejar de lado los valores humanos como la solidaridad, la dignidad y la sostenibilidad medioambiental.

Todos estos son valores que, de haber sido cultivados, oportunamente y sin complejos, por los que gobernaron Salta entre 2007 y 2019, sin dudas nos habrían evitado el tremendo disgusto de que Salta sea hoy una de las provincias indisputablemente más precarias y vulnerables en materia de finanzas públicas de todo el país. De paso, nos habrían ayudado a forjar una economía algo más eficiente y decididamente menos injusta.

Es solo la maximización del lucro, el egoísmo y el materialismo lo que explica que el gobierno de Salta haya salido hoy mismo a decir que va ayudar a la «producción», restringiendo este concepto solo a los propietarios del capital productivo (la doctrina Urtubey). El ser humano normal y corriente, el que solo aspira a subsistir con dignidad, no recibirá ayudas del gobierno, salvo algo muy precario para los jubilados más pobres y algo no menos precario para los comedores escolares. Entre esto y regar a los indígenas desde camiones cisternas hay un asombroso parecido moral.

Pero al lado de esos necesitados que apenas si levantan la voz, hay otros «necesitados» más ruidosos que se creen más importantes que el protagonista principal de la economía y que hoy monopolizan la atención del Estado. En Salta hay que mantener a como dé lugar la rentabilidad del Banco Macro, de Edesa, de Agrotécnica Fueguina, de algunos auxiliares de la minería y de casi todos los empresarios del turismo, más la de un medio centenar de empresas de cuyas cuentas opacas viven muy cómodamente los que están más cerca del poder.

«No importa lo rico que sea un país, sino lo desigual que sea», ha escrito Tony JUDT. Por eso es que lo de Salta es una auténtica rareza, probablemente única en el mundo, ya que nosotros podemos dar lecciones de las dos cosas juntas: somos pobres de pedir y al mismo tiempo profundamente desiguales.

En países ricos pero desiguales, al menos los ricos dejan algo al fisco; aunque se guarden la parte del león, contribuyen al progreso tecnológico y, mal que mal, hacen funcionar la economía. En Salta, en cambio, los ricos casi no tributan, y si la economía funciona en mínima medida es porque las empresas -que no conocen lo que es la quiebra y creen que están obligadas a existir por los siglos de los siglos-, ante la más mínima señal de dificultades en el horizonte, reciben cuantiosas ayudas del Estado, en forma de subsidios, moratorias fiscales y créditos «blandos».

De algún modo, los empresarios de Salta le han encontrado el agujero al mate: privatizan sus ganancias pero socializan sus pérdidas. Con este chollo (como dirían en España) ¿quién querría vivir en otro lado?

Un valor humano que Urtubey se empeñó en destruir con esmero es el de la solidaridad. Hoy, cuando un salteño o una salteña necesita operarse, colocarse una prótesis o comprar un medicamento raro, en lugar de acudir al Estado -que, como dijimos, está para ayudar a otros no tan necesitados- organizan kermeses y crowdfundings de los más variados. Para ellos no hay créditos «blandos», pero sí los hay para los empresarios.

Si por una casualidad cósmica alguien tiene que recurrir a los servicios estatales, ya puede ir dejando en la puerta su dignidad, sea en forma de voto rogado para el político benefactor de turno, sea en forma de humillación institucional por tolerar que el Estado invada su intimidad comprobando si es realmente pobre, y le robe así de nuevo, por segunda vez, su dignidad. Así lo hace, por ejemplo, don Uluncha Saravia con su reempadronamiento húmedo, que en realidad es una forma sofisticada de repauperización de los pobres.

Todo esto, distinguidos comprovincianos, me recuerda mucho a la reflexión del inolvidable Malcolm X, quien en sus memorias nos decía no entender por qué motivo su madre aceptaba de tan mal grado las bolsas de papas, las latas de conservas y los trozos de carne que le proporcionaban los servicios sociales norteamericanos (nada muy diferente a tirar bolsas de alimentos desde un helicóptero, como hacía Urtubey).

Malcolm X lo entendió años después: a su madre le estaban robando su dignidad.

No dejemos, por favor, que nos la robe un señorito figurón que, después de haber arrasado Salta durante doce años de opacidad y opería, quiere ser senador nacional por nuestra Provincia.



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