Según esta visión «antiprovincianista», en Buenos Aires -en la Capital Federal, para ser más concretos- la casta es inofensiva e incluso se podría decir que es hasta amable. Me parece un poco raro.
Pero, ver las cosas de este modo, es no ver el país. La economía de una nación no se reflota ni se repara considerando al Estado federal como «el único dios verdadero».
De hecho, no hay nada más «provincianista» que cerrar el gobierno federal a la solidaridad interterritorial y negar por activa y por pasiva la existencia de las unidades federadas, con el argumento de que son la causa única de las pésimas cifras de la economía nacional.
El verdadero desafío para personas inteligentes es conseguir sanear la economía pero considerando al país en su conjunto; es decir, considerándolo como una unidad. Pero no como una unidad (o una alianza) del Estado federal + las provincias, sino como la unidad de estas últimas solamente, porque ellas son la causa eficiente de la existencia del Estado federal, y no al revés. Desde el punto de vista estrictamente constitucional, se podría decir que el Estado federal (y su gobierno) son simplemente unos «mandaos»; es decir, que tienen que hacer solo lo que el pueblo de la provincias diga que tienen que hacer. La fuente de su legitimidad es incuestionable.
Muchos masters y horas de cátedra en universidades extranjeras no aseguran a nadie la posesión de una conciencia humana que supere las estrecheces del razonamiento academicista más puro.
De nada vale buscar obsesivamente unas cifras primorosas para mostrar hacia afuera, cuando el país hacia adentro está hecho un desastre y la solidaridad está fracturada.
Los gobernadores, tan denostados ellos, tienen la obligación de velar por los intereses de sus gobernados; pero por ahora son ellos los únicos que tienen una visión de conjunto del país, porque el gobierno central solo piensa en sí mismo, convencido de que ellos (los centralistas) son «el país». Y se equivocan.
Un razonamiento como este -insisto, más localista que el más cerril y atrasado de los provincianismos- es la madre de todos los errores. Sin dudas que la economía tiene mucho que decir en política, pero no hay ningún caso exitoso en el mundo entero en el que se pueda decir que la economía le ha ganado la batalla a la política y que las grandes decisiones políticas, las más trascendentales, se han adoptado por unos académicos que viven en un frasco, mirando a través del vidrio exclusivamente la cuenta de resultados y controlando las reservas del Banco Central.
¿Que hay que atacar a la casta y al provincianismo insolidario? Por supuesto que hay que hacerlo. Pero ninguna de estas dos entidades reside exclusivamente en las provincias. El Estado federal y su gobierno también están corrompidos por la casta y degradados moralmente por el egoísmo. Los moyanos, los kirchners, los macris o los baradeles no viven en Olacapato ni en Ojo de Agua. Viven en Buenos Aires, o muy cerca del poder que cree que la casta solo se enrosca en las provincias. No verlo conduce a injusticias que a buen seguro serán muy difíciles de reparar.
No se puede acabar con las «cajas negras» y con la corrupción haciendo desaparecer a los corruptos, ahogándolos financieramente. La corrupción se combate con ejemplos morales, con disciplina política, con partidos fuertes y controlados y con leyes claras. Pero las leyes no pueden ser impuestas sino por los dictadores. Los demócratas -aun los malos demócratas- estudian y deliberan las leyes y las aprueban o las desechan siguiendo sus propios criterios; nunca los criterios o dictados del que manda, con quien se puede discrepar, en libertad.
El liberalismo -que no conoce extremos, como alegremente se dice por ahí- consiste, entre otras cosas simples, en respetar la libertad del que piensa diferente y en respetar también la libertad de los gobiernos provinciales para organizar las dimensiones de sus estados como mejor les convenga. El liberalismo no impone leyes a libro cerrado ni llama «traidores» a quienes se limitan a ejercer su libertad, así sea que la ejerzan para cosas malas.
El liberalismo no es moralizador en ningún sentido.


