Si alguien me pidiera -cosa que no creo- calificar con una sola palabra el gobierno del presidente Milei (con lo poco que ha mostrado hasta ahora) en principio renunciaría a calificarlo de «reformista», de «ultraliberal», de «revolucionario», de «audaz», de «reaccionario» o de «innovador». Casi seguramente diría que su gobierno es adanista.
Asumir la Presidencia de la Nación y cambiar inmediatamente casi todas las leyes que no nos gustan se antoja poco deportivo. Lo verdaderamente audaz hubiera sido que el gobierno alcanzara sus objetivos liberalizadores sin alterar las reglas del juego.
Llevo días mordiéndome para no opinar sobre tal o cual contenido del DNU o de la ley «ómnibus», pero sí tengo la impresión de que sus impulsores no se dan cuenta («no la ven», para decirlo con las mismas palabras del Presidente) de que el entramado legal conforma un sistema complejo y sutil y que la reforma de una parte (o su supresión) condiciona al resto, porque todas las partes son interdependientes. El aleteo de una mariposa en la ley orgánica del Banco Central puede provocar un tsunami en el Código Civil.
En mi opinión, este es el momento de ignorar los agravios sectoriales, sea cual sea el sector del que provengan (de farmacéuticos, de la CGT, de docentes, de artistas, de abogados y de un larguísimo etcétera), y concentrarse en la potencial pérdida de equilibrio del ordenamiento jurídico en su conjunto. No se puede, de una forma ligera -y, a mi modo de ver, precipitada- rehacer de un plumazo lo que ha llevado siglos equilibrar y compensar.
Ya nos prevenía el barón de MONTESQUIEU de que “a veces, es necesario cambiar algunas leyes, cosa que ocurre raramente, pero cuando ocurre no debe hacerse sino con mano temblorosa”.
En las reformas que se han propuesto no veo ninguna mano temblorosa, lamentablemente. Veo, en cambio, a un elefante enorme provocando destrozos en la vajilla más delicada expuesta primorosamente en un estrecho bazar.
El esfuerzo derogador («desregulador», lo llama el gobierno) es grande, sin lugar a dudas, pero también me parece que es torrencial la creación de nuevas regulaciones, aunque estas sean «desreguladoras». Menos Estado sí, pero más fuerza estatal para imponer las nuevas normas. Una paradoja.
Esta particular inflación normativa nos expone al peligro de que, de la noche a la mañana, la sociedad, sus individuos, pasen a regirse por unas normas jurídicas que no conocen, que no entienden, que no comparten y que son mayormente incapaces de prever.
Como toda innovación, las que afectan al Ordenamiento jurídico van a beneficiar en primer lugar a los que están más cerca de los que producen las nuevas normas, a los vecinos de la usina jurídica. Los agentes económicos que primero se van a beneficiar de la desregulación y de la retirada del Estado de la vida productiva son los que están más cerca del poder. Esto va a crear nuevas y más dañinas desigualdades.
MONTESQUIEU dijo también aquello de “la política es una lima sorda y alcanza lentamente sus fines”. Mucho me temo que los que ahora gobiernan el país pretenden alcanzar sus fines con mucho ruido y rápidamente, como generalmente lo hace una motosierra. Pero no descarto en absoluto que, más tarde o más temprano, la política termine imponiendo sus reglas, sus ritmos y, sobre todo, sus decibeles.
Y ya para terminar, sin ánimo de abusar del bueno del barón de MONTESQUIEU, recordaré unas de sus frases más conocidas pero menos practicada. Es la que dice que “todo régimen libre es un régimen moderado”. Por tanto, aquel régimen democrático que aspire a garantizar el máximo de libertad debe practicar la moderación.
Nadie se encuentra en posesión de toda la verdad, ni de toda la razón, ni de toda la honestidad, ni de toda la experiencia. Nadie puede gobernar trazando arbitrarias líneas rojas ni descalificando al adversario, aunque este haya perdido las elecciones por amplio margen. La victoria electoral «no da derechos», como la guerra. Se puede hacer una oposición dura e intransigente (allá ellos), pero no se puede gobernar con crispada agresividad, tensionando a la sociedad, colocándola al borde de un ataque de nervios.
Solo negociando, acordando y haciendo mutuas concesiones se progresa.
Entre el elefante cacharrero y la mano temblorosa, me quedo, sin dudas, con esta última.