Wayar se ha unido a esa pléyade de «memoriosos» que le recuerdan al senador Juan Carlos Romero que él fue «candidato de Cristina» en unas elecciones.
¿Quién tiene que experimentar más vergüenza entonces? ¿Romero por haber ido en un mismo voto «cortable» con la señora Kirchner, o Wayar por haber sido tres veces vicegobernador in solidum a la sombra y con la bendición de Romero?
Para mí, la gente -incluyo en este sustantivo colectivo al senador Romero- puede votar como le plazca. Es decir, no solo elegir lo que le parece en un momento determinado, sino también votar con cámaras de televisión, con banda de música, vestido del Hombre Araña o dando gritos, antes y después de la elección.
A mi modo de ver, el senador por Cachi, o bien quiere que votemos como en un convento de clausura, o bien que los legisladores nacionales formulen un voto de silencio. Y no está tan mal orientado, pues entre tener legisladores verborrágicos pero inútiles, quizá sea preferible tenerlos mudos.
La democracia se construye con palabras y no con silencio. Se afianza con gestos firmes y no quitándole el cuerpo a los desafíos, ni escondiéndose, como sugiere el senador Wayar, que también guarda sus esqueletos en el armario.
