Parece muy evidente que al senador le ha provocado una importante incomodidad la opinión que sobre él tiene Massa, amigo estrecho de Gustavo Sáenz, actual Gobernador de Salta, conocido por sus fluidos vínculos con el romerismo.
Mientras este gobierno y el país se hunden, el candidato K prefiere perseguir y difamar a opositores en vez de ocuparse de la grave crisis. Cada vez que yo agarré el timón, piloteé un avión o conduje una provincia, llegué a destino. pic.twitter.com/Idu9Zi2NhE
— Juan Carlos Romero (@RomeroxSalta) October 12, 2023
La publicación se acompaña con tres fotografías: una en la que se puede ver a un joven Romero junto a su esposa detrás del timón de un velero que no parece tener muchos metros de eslora; otra en la que se lo ve a los mandos de un avión caza (que requiere de una licencia especial para ser pilotado), y la tercera, una foto de sí mismo con la banda gubernamental de la Provincia de Salta, saludando al público congregado a las puertas de la Legislatura provincial.
En su irónico mensaje a Massa, Romero dice: «Cada vez que yo agarré el timón, piloteé un avión o conduje una provincia, llegué a destino».
Lejos de desmontar el argumento de Massa o de atenuar su impacto mediático, el post del senador nacional vitalicio ha dejado patente, una vez más, que no distingue entre la actividad privada y la pública, que no encuentra ninguna diferencia entre el tiempo lúdico y el de la responsabilidad cívica, y que le da casi igual gobernar la Provincia que ponerse al mando de sus barcos.
A lo largo de su dilatada vida público/privada Romero ha demostrado, sin dudas, de que sabe «llegar a destino»; pero si algún talento ha demostrado en los últimos 50 años este no puede ser otro que su capacidad de identificar los objetivos públicos de los cargos que ha ocupado con sus metas privadas, en una mélange que parece no tener fin, ni principio.
Que Romero haya alcanzado los objetivos que se propuso al gobernar Salta durante doce años seguidos no quiere decir que Salta haya alcanzado los objetivos que los salteños se propusieron alcanzar cuando lo eligieron para desempeñar ese cargo. Al contrario, el descalabro que vive hoy la Provincia de Salta hace pensar muy seriamente si no estaríamos hoy mucho mejor si, en vez de «llegar a destino», la avioneta de Romero extraviaba su rumbo entre las eternas y turísticas nubes de la cordillera.
Pero su acierto náutico se parece mucho a la encomiable puntería del dictador Francisco Franco, que cuando salía a cazar osos por el monte del Pardo, sus colaboradores, sin que él lo supiera, le echaban al monte unos plantígrados previamente dopados y moribundos para que el Generalísimo pudiera dispararles sin defensa.
Por eso, que Romero conduzca naves a buen puerto en aguas extrañas, tiene poco mérito. No significa necesariamente que un millón y medio de almas de secano, que malviven en los valles subadinos, se hayan salvado del naufragio que él, con su particular e interesada amalgama entre la cosa pública y los negocios privados, contribuyó a propiciar.