Sin ánimo de interpretar ni una sola sílaba de esta afirmación, es posible extraer directamente las siguientes conclusiones:
2) Que tal «dignidad negocial» les ha sido expropiada por el Fondo Monetario Internacional, que es el que impone «recetas» restrictivas (no al gobierno, sino, se supone, a los trabajadores).
3) Que actualmente la negociación colectiva (las «paritarias», como las llama el ministro) no son libres, porque el que decide cuánto cobran los trabajadores argentinos es el FMI.
Lo que no entiendo es por qué, si efectivamente la negociación colectiva está intervenida de facto o de iure por el FMI (o por el gobierno), hasta ahora ningún sindicato se haya quejado a la Organización Internacional del Trabajo por la falta de libertad para negociar salarios y condiciones de trabajo. No he leído que el Comité de Libertad Sindical de la OIT haya dicho nada acerca de la falta de «libertad» de los sujetos de la negociación colectiva argentina (algo que sería gravísimo). Tampoco se han quejado de esto los empleadores, que yo sepa.
Pero me hago una pregunta; ¿Se puede considerar que la «paritaria» es libre cuando el ministro Massa obliga por decreto a las empresas privadas a pagarle a sus empleados 60.000 pesos extra, sin siquiera consultar con las empresas ni con los sindicatos?
El FMI -con bastante criterio además- le pide al gobierno que reduzca el déficil fiscal, pero no para gozar viendo cómo el gobierno sufre y los habitante del país hambrean, sino para evitar precisamente que los argentinos padezcan más de lo que ya lo hacen a causa de una economía enferma de ineficiencia y populismo.
También dirá el FMI que para achicar el déficit fiscal es necesario que el gobierno pacte salarios moderados para los agentes del sector público (los que dependen del gobierno). Pero decir -como ha dicho Massa- que el FMI (y no el estado de cuentas públicas nacionales) impide aumentar más estos salarios equivale a decir que los sindicatos del sector público no sirven para nada y que las «paritarias» de este sector son un paripé, porque si es el FMI el que decide el quantum, en realidad a los aumentos los decide una sola de las partes: el gobierno.
Pero si los sindicatos del sector público no están de acuerdo con las «recetas» del FMI para los sueldos públicos (si las hubiera), si se sienten ninguneados en la negociación colectiva o si se les ha pisoteado su autonomía ¿por qué entonces no le han hecho huelga al gobierno y siguen aplaudiendo sus decisiones? Desde hace tiempo se sabe que no es mejor sindicato el que más pide sino el que más consigue.
Si el FMI ha dicho algo tan improbable y contrario a la lógica económica como que los trabajadores argentinos del sector privado de la economía deben ganar una cantidad máxima, ese dato debería de estar escrito en algún lado. Sin embargo, no aparece en ninguna parte. Solo existe la palabra de Massa, que casi todo el mundo sabe lo que vale.
Según Massa, parece que el FMI se ha ensañado con el gobierno nacional y popular y que disfruta castigando a los trabajadores argentinos, por puro placer o por su incontenible codicia. La única explicación probable para esto es que los economistas jefes del FMI hayan hinchado por Francia en la final del Mundial del Qatar. Solo una cosa así puede explicar tanta maldad reconcentrada.
A pesar de haber buscado con bastante detenimiento, no he encontrado ninguna «receta» del FMI que aconseje al gobierno argentino intervenir la negociación colectiva (esto es, liquidar la autonomía de los interlocutores sociales) para que los salarios de la economía privada tengan un límite. Creo -y en esto puedo equivocarme- que se lo ha inventado Massa.
Me parece absurdo que Massa diga que el FMI le impide al gobierno adoptar «decisiones soberanas». En realidad, la decisión «soberana» que ya ha adoptado el gobierno que dirige Massa es pagarle lo que le debe al Fondo. Y le está pagando.
Con la misma «soberanía», el gobierno podría haber decidido dejar de pagarle, pero, por lo visto, no se anima a ser «tan» soberano. Por algún motivo el gobierno sigue pagando su deuda y este motivo no es porque la Argentina no sea «soberana»: es porque el país está obligado por las normas internacionales que el mismo país ha negociado y adoptado, y porque si pide plata, lo lógico es que asuma la obligación de devolverla. Massa -al igual que en su día Kicillof- entiende la «soberanía» como sinónimo de clavar a los acreedores.
Si Massa odia tanto al FMI ¿por qué cada vez que se reúne con la Giorgieva le besa la mano? Lo lógico sería que se la escupiera o que la citara en un bodegón de la Chacarita en vez de peregrinar él a Washington, acompañado de un séquito interminable como si fuera el Sultán de Brunei. Pero no. Massa por un lado vomita maldiciones contra el Fondo y por el otro extiende la mano para recibir dinero fresco, el mismo dinero que le permite, después de perder las elecciones primarias, convertirse en un Papá Noel de equinoccio y repartir billetes como si él fuese el dueño de la plata.
El sistema internacional no funciona del modo que lo plantea Massa. Si es verdad aquello de que el mundo no «entiende» al peronismo, mucho más cierto es que el peronismo no entiende cómo funciona el mundo. Simplemente se lo imagina y, por lo general, se lo imagina mal.
Cada vez son menos los países que adoptan decisiones «soberanas» en materia económica o militar. La Argentina, sin fuerza ni orden, arrinconada en el escenario internacional, desconfiada por casi todos y mirando cómo otros países de la región prosperan, puede patalear su soberanía todo lo que quiera; pero a la vista está que, en la medida en que esa soberanía suponga desconexión, como lo sugiere Massa, ninguna decisión «soberana» podrá asegurar que el país vaya a superar sus problemas económicos. No es la falta de «soberanía» el problema, precisamente. Lo que está complicado las cosas, muy probablemente, sea su exceso.
Finalmente, eso de que Massa quiere ser el «presidente de los trabajadores» suena muy extraño. ¿Han sido Néstor Kirchner, su mujer y Alberto Fernández «presidentes de los capitalistas»? Si lo han sido, no les ha ido muy bien que digamos, a juzgar por las desastrosas cuentas de resultado de muchas empresas argentinas.
Massa podrá ser el «presidente de los trabajadores», pero para una ínfima minoría de trabajadores que no trabajan, de productores que no producen, porque los que entregan su vida a cambio de un sueldo insuficiente -que son millones- hoy se sienten severamente perjudicados por la falta de acierto del ministro/candidato, que ha quedado fielmente retratada en la altísima tasa de inflación que destruye a diario el valor de las rentas fijas de los argentinos.
Massa podrá echarle la culpa de todos nuestros males a Macri, al FMI, a la sinarquía internacional, a David Beckham o al Emir de Qatar, pero jamás negar su responsabilidad en el descalabro.