Así, es frecuente leer en las noticias que fueron detenidos «dos tucumanos», que el crimen fue cometido por «una santiagueña» o que el robo fue perpetrado por «cuatro mendocinos».
Sí en cambio se menciona el origen salteño, cuando se trata de algún hincha del Inter Miami, de uno que se gana la vida de cocinero en Nueva Zelanda, de un ajedrecista de nota que compite en Europa o de un campeón de pádel.
El «orgullo salteño» -inventado por los inéditos defensores de la dignidad humana de Limache- no tiene límites. Los indeseables son siempre los otros, los que han nacido o vienen de otro lado.
Destacar el lugar de nacimiento o procedencia de una persona cuando comete un delito es una forma velada de xenofobia, pues lo que pretende es que rechacemos al forastero, solo por serlo, puesto que probablemente sea su ajenidad del territorio o su falta de «orgullo salteño» lo que lo empuja a cometer delitos.
¡Cuidado con los tucumanos!