Dado que las dos musas de Castilla aún viven en sus remotos lugares de origen, el diario El Tribuno de Salta alienta un encuentro en la cumbre entre los dos míticos personajes de dos de nuestras mejores zambas.
Esta es la razón por la cual, si los dos personajes folklóricos deciden encontrarse, el mejor escenario posible sería Yatasto. Un encuentro aquí sería «la posta», y nunca mejor dicho.
Todo indica que los personajes de la poesía castellana han evolucionado para bien. Barboza ya no es ese pequeño pastor al que apenas se lo divisa cuando llovizna en el cerro. Ahora, ha ganado en «visibilidad», no se sabe muy bien si por la edad, por el cambio climático o porque a algunos periodistas de Limache les sobra el tiempo.
Por razones más que comprensibles, la cintura de Eulogia –aunque al aire siga dando su ternura– ya no madura el trigo que va cortando. Sin embargo, su grácil figura, enaltecida por la edad y el encanto que aportan los años copleros, sigue pasando por la arena como quien pisa la Luna.
Y lo que es más importante: la caja en sus manos todavía tiembla, como tiembla también en las manos del contador Dib Ashur.
Barboza, que cuando Castilla le fue a comprar vino en su polirrubro de alta montaña, se parecía a los cardones de la falda «un poco por las espinas pero más por el silencio», ahora felizmente ya no es ni tan espinudo, ni tan silencioso, ya que habla abiertamente en los medios de comunicación de sus vehementes deseos de entregarle una florcita amarilla de su sombrero a aquella dama a la que, de tanto mirar las flores de alfalfa, se le han puesto los ojos azules, mientras el sauce de su casa, entristecido por una pena ancestral, sigue llorando astillas de plata la muerte del sol (bueno, eso es de otra zamba).
Pastores como Barboza puede ser que estén habiendo, pero ninguno como él, que de amor ande muriendo. En una de esas lo que quiere el tastileño es «entreverar las penas». Quién sabe si, para corresponderlo, Eulogia, montada en su mítico caballo blanco, lo sorprende con una dalia morena.
Muchos homenajes, muchas fotografías, muchas entrevistas, muchos recuerdos, pero haríamos mejor los salteños –dormiríamos más tranquilos– si en vez de exaltar la pobreza de los personajes como un perenne detalle romántico y un activo del folklore, les procurásemos entre todos una pensión vitalicia al mérito artístico.
En definitiva, menos poesía, menos costumbrismo y más Estado del Bienestar es la forma de hacer justicia con estos personajes tan queridos.
Solo así podremos darle una respuesta digna a aquella gran pregunta filosófica que nos dejó Castilla para la posteridad: ¿Por qué te roban Eulogia?

