A pesar de que intenté responder a todos los mensajes con cortesía, expresando mi esperanza de que los resultados sirvieran para que el país dejara atrás, aunque sea por un tiempo breve, la larga noche en la que parece haberse hundido, en el fondo, mi interés por la democracia argentina no va más allá de una expectativa difusa de racionalidad y calma en la política. Lo cual no me hace sino rivalizar en ingenuidad con los que ayer supusieron que yo estaba siguiendo obsesivamente el desarrollo de las elecciones.
Como siempre, mi curiosidad se ha concentrado en lo que sucede en Salta, que es lo que verdaderamente me interesa, lo que me mueve, por lo menos a escribir, ya que actuar puedo muy poco.
Y en Salta he vuelto a ver cosas muy interesantes, como por ejemplo la amplia victoria de Javier Milei en la puna salteña y el triunfo, relativamente holgado, de los kirchneristas en departamentos como Rivadavia y San Martín.
El resultado de las elecciones primarias ha puesto de manifiesto la existencia de unas diferencias culturales importantes (que no ideológicas) entre los dos extremos de nuestro territorio, que hablan seguramente de la diferente idiosincrasia de los habitantes originarios de los dos territorios, que un poco resume y explica la tensión entre dos formas de entender y practicar la salteñidad cívica (la astucia y la irracionalidad).
El resultado nos ha descubierto a una señora a la que no conozco -y mucha gente, al parecer, tampoco- que, con muy poco, le ha juntado la cabeza a grandes espadachines de la esgrima electoral local, bendecidos, como casi siempre, por la chequera del gobierno.
Entre ellas -y le dedico un párrafo aparte- a esa visceral apóstola de la concordia entre diferentes y azote de veteranos periodistas haters que es la eternamente sonriente Intendenta Municipal de la ciudad de Salta, doña Bettina Romero Marcuzzi, quien ha sido sepultada otra vez más (la segunda en pocos meses) debajo de la fría lápida bajo la que hoy yace el larretismo.
También se merece un párrafo especial el señor Gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, que tendrá que seguir intentando convencer al resto de los argentinos de que su carácter atrabiliario y sus pulsiones autoritarias nada tienen que ver con las del presidente Nayib Bukele de El Salvador y que sus reformas constitucionales regresivas respetan mejor que ninguna otras los derechos humanos. Hasta ahora el mayor éxito del señor Morales ha consistido en encarcelar a Milagro Sala por ocupar una vereda y repartir panfletos y lograr mantenerla en la cárcel hasta que lleguen las condenas más importantes. ¡Todo un demócrata!
Pero, ya que hablamos de democracia, tengo que decir que en cualquier sistema político serio, en el que se respete la voluntad del soberano, este varapalo electoral serviría, por lo menos, para hacer bajar de la nube a los que se subieron a ella después de las últimas elecciones provinciales. Pero mucho me temo que en Salta, con esa capacidad que tienen los que gobiernan -empezando por Marocco- de encontrar victorias inverosímiles allí donde no hay sino derrotas aplastantes, nada va a cambiar.
No hablo de batacazo, porque lo que en la Argentina significa éxito, en España -país en el que se inventó esta palabra- significa exactamente lo contrario.
Pero a pesar del veredicto de las urnas y de las mandíbulas caídas que ha dejado el recuento de los votos, en Salta ya han comenzado a acomodarse las cargas y los infaltables analistas ya le están dando la vuelta al resultado o cambiando de casillero a los que han perdido. Porque es bastante bien sabido que, si por algo se caracteriza el gobierno de Salta, es por haber hecho buena la frase del genial Groucho Marx, que ofrecía primero el catálogo de sus principios y luego advertía que si tales principios no eran del agrado del interlocutor, pues que «tenía otros» a su disposición.
La política nacional, esa misma que no entedemos y sobre la que no influimos en lo más mínimo (pues más influye Gildo Insfrán), sigue moldeando nuestros comportamientos, dando contenido a nuestros discursos y sirviendo de excusa para justificar la inveterada ineficiencia de los que toman decisiones en Salta. Es absurdo para mí que esto siga sucediendo así.
Pero, después de la elecciones del domingo me pregunto: Si Salta siempre acierta en todo (incluido Güemes), supongo yo que tendrá que acertar también cuando vota en las elecciones nacionales, no solo en las provinciales. ¿O es que los resultados del domingo también son culpa del siniestro centralismo del puerto? ¿O es culpa de los que no aceptan la divinidad de Güemes?
La responsabilidad consiste, básicamente, en la conciencia que tenemos (o deberíamos tener) sobre las consecuencias que nuestros actos tienen sobre otras personas. Esa conciencia es la que funda la moral, la que le confiere sentido.
Por eso, quizá, es que nunca pierden, que siempre caen parados, como los gatos.
Pero la democracia electoral produce ganadores y perdedores. Perder, ayuda más al perfeccionamiento democrático que ganar siempre. A veces, retirarse de la vida pública es un gesto mucho más constructivo y representa un mejor servicio a nuestros semejantes que el de empeñarse en estar siempre y en cualquier circunstancia.
Por eso es que todavía no puedo borrarme del rostro (cansado y torcido por el brutal calor del hemisferio norte) esa sonrisa giocondiana que me ha dejado el triunfo/derrota del vicegobernador Marocco.
