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  • Perdedores que ganan siempre
  • Mi teléfono no dejó de pitear ayer en casi todo el día. Un número no contabilizado de personas generosas, pero extremadamente ingenuas, confiaban en que yo (en pleno mes de agosto, cuando el continente en el que vivo duerme una profunda y agobiante siesta estival) estuviera tan pendiente como ellas del resultado de las elecciones celebradas en la Argentina el pasado domingo.
Gustavo Sáenz y Antonio Marocco
Gustavo Sáenz y Antonio Marocco

A pesar de que intenté responder a todos los mensajes con cortesía, expresando mi esperanza de que los resultados sirvieran para que el país dejara atrás, aunque sea por un tiempo breve, la larga noche en la que parece haberse hundido, en el fondo, mi interés por la democracia argentina no va más allá de una expectativa difusa de racionalidad y calma en la política. Lo cual no me hace sino rivalizar en ingenuidad con los que ayer supusieron que yo estaba siguiendo obsesivamente el desarrollo de las elecciones.



Entiendo a los que han pensado que ayer se jugaban cosas muy importantes para el futuro del país, pero no comparto, en general, ni su entusiamo, ni sus temores, ni su desazón, ni sus cálculos apocalípticos. Sinceramente, no he visto grandes diferencias morales entre los principales candidatos. Entusiasmo cero de mi parte.

Como siempre, mi curiosidad se ha concentrado en lo que sucede en Salta, que es lo que verdaderamente me interesa, lo que me mueve, por lo menos a escribir, ya que actuar puedo muy poco.

Y en Salta he vuelto a ver cosas muy interesantes, como por ejemplo la amplia victoria de Javier Milei en la puna salteña y el triunfo, relativamente holgado, de los kirchneristas en departamentos como Rivadavia y San Martín.

El resultado de las elecciones primarias ha puesto de manifiesto la existencia de unas diferencias culturales importantes (que no ideológicas) entre los dos extremos de nuestro territorio, que hablan seguramente de la diferente idiosincrasia de los habitantes originarios de los dos territorios, que un poco resume y explica la tensión entre dos formas de entender y practicar la salteñidad cívica (la astucia y la irracionalidad).

El resultado nos ha descubierto a una señora a la que no conozco -y mucha gente, al parecer, tampoco- que, con muy poco, le ha juntado la cabeza a grandes espadachines de la esgrima electoral local, bendecidos, como casi siempre, por la chequera del gobierno.


He visto también -y experimentado por ello una especie de restrained jubilation- caer derrotados al eternamente satisfecho Vicegobernador de Salta, Antonio Marocco (hoy columnista profundo de las cosas nuestras), así como al candidato kirchnerista de un gobierno no-kirchnerista como el de Salta, Pablo Ismael Outes, y a varios que, como él, pensaban que se iban a «pelar» esta elección.

Entre ellas -y le dedico un párrafo aparte- a esa visceral apóstola de la concordia entre diferentes y azote de veteranos periodistas haters que es la eternamente sonriente Intendenta Municipal de la ciudad de Salta, doña Bettina Romero Marcuzzi, quien ha sido sepultada otra vez más (la segunda en pocos meses) debajo de la fría lápida bajo la que hoy yace el larretismo.

También se merece un párrafo especial el señor Gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, que tendrá que seguir intentando convencer al resto de los argentinos de que su carácter atrabiliario y sus pulsiones autoritarias nada tienen que ver con las del presidente Nayib Bukele de El Salvador y que sus reformas constitucionales regresivas respetan mejor que ninguna otras los derechos humanos. Hasta ahora el mayor éxito del señor Morales ha consistido en encarcelar a Milagro Sala por ocupar una vereda y repartir panfletos y lograr mantenerla en la cárcel hasta que lleguen las condenas más importantes. ¡Todo un demócrata!

Pero, ya que hablamos de democracia, tengo que decir que en cualquier sistema político serio, en el que se respete la voluntad del soberano, este varapalo electoral serviría, por lo menos, para hacer bajar de la nube a los que se subieron a ella después de las últimas elecciones provinciales. Pero mucho me temo que en Salta, con esa capacidad que tienen los que gobiernan -empezando por Marocco- de encontrar victorias inverosímiles allí donde no hay sino derrotas aplastantes, nada va a cambiar.

No hablo de batacazo, porque lo que en la Argentina significa éxito, en España -país en el que se inventó esta palabra- significa exactamente lo contrario.

Pero a pesar del veredicto de las urnas y de las mandíbulas caídas que ha dejado el recuento de los votos, en Salta ya han comenzado a acomodarse las cargas y los infaltables analistas ya le están dando la vuelta al resultado o cambiando de casillero a los que han perdido. Porque es bastante bien sabido que, si por algo se caracteriza el gobierno de Salta, es por haber hecho buena la frase del genial Groucho Marx, que ofrecía primero el catálogo de sus principios y luego advertía que si tales principios no eran del agrado del interlocutor, pues que «tenía otros» a su disposición.


Cierta clase política en Salta tiene un amplio muestrario de «principios» que van desde el infrarrojo hasta el ultravioleta (es decir, abarcan todo el espectro), sin que la ambigüedad y las contradicciones les hagan perder la compostura. Esta es una cualidad de la política de Salta, que -aunque llora sobre el federalismo derramado- sigue esperando como Penélope con su bolso de piel marrón a que llegue el primer tren meneando el abanico, que, ochenta años después, las soluciones a los problemas de los salteños lleguen de la mano de algún rosquero que acaba de desembarcar en el aeropuerto de El Aybal después de regresar de una exitosa gira de doma de sillas en Buenos Aires.

La política nacional, esa misma que no entedemos y sobre la que no influimos en lo más mínimo (pues más influye Gildo Insfrán), sigue moldeando nuestros comportamientos, dando contenido a nuestros discursos y sirviendo de excusa para justificar la inveterada ineficiencia de los que toman decisiones en Salta. Es absurdo para mí que esto siga sucediendo así.


Nadie, excepto yo, se pregunta hoy qué grado de responsabilidad tienen los salteños y las salteñas en el triste hecho de que el dólar esté a 700 pesos, la inflación en el 120% anual y las reservas del Banco Central por debajo de cualquier mínimo conocido. Nunca tenemos la culpa de nada, pues el dengue, la desnutrición infantil, el trabajo en negro disparado al 60%, la hipertrofia de la planta de personal de la Administración del Estado, la quiebra de la solidaridad entre territorios, los conflictos docentes y un largo etcétera, son siempre culpa de otros, jamás culpa nuestra. Porque a nosotros nos gusta vivir bien, aunque tengamos cientos de miles de pobres, y disfrutar cada 17 de junio de la gloria de Güemes, que se agiganta con el correr de los años, a costa del retroceso de la gloria de otros.

Pero, después de la elecciones del domingo me pregunto: Si Salta siempre acierta en todo (incluido Güemes), supongo yo que tendrá que acertar también cuando vota en las elecciones nacionales, no solo en las provinciales. ¿O es que los resultados del domingo también son culpa del siniestro centralismo del puerto? ¿O es culpa de los que no aceptan la divinidad de Güemes?

La responsabilidad consiste, básicamente, en la conciencia que tenemos (o deberíamos tener) sobre las consecuencias que nuestros actos tienen sobre otras personas. Esa conciencia es la que funda la moral, la que le confiere sentido.


Por eso es que considero que personas como Marocco o como Outes no son «responsables» en un sentido filosófico. Y no tanto porque ignoren las consecuencias externas de sus propios actos, que también, sino porque han borrado o pretenden borrar de la definición de responsabilidad aquello de las «otras personas». Ellos pueden convertirse en «los otros» en cualquier momento y hacerlo según les convenga, o no. Son víctimas y victimarios al mismo tiempo, hinchas de Boca y de River, seguidores de Satanás y de Nuestro Señor, sin cambiarse de traje.

Por eso, quizá, es que nunca pierden, que siempre caen parados, como los gatos.

Pero la democracia electoral produce ganadores y perdedores. Perder, ayuda más al perfeccionamiento democrático que ganar siempre. A veces, retirarse de la vida pública es un gesto mucho más constructivo y representa un mejor servicio a nuestros semejantes que el de empeñarse en estar siempre y en cualquier circunstancia.

Por eso es que todavía no puedo borrarme del rostro (cansado y torcido por el brutal calor del hemisferio norte) esa sonrisa giocondiana que me ha dejado el triunfo/derrota del vicegobernador Marocco.



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