Durante esa jornada, se aprobaron en el recinto: dos proyectos de ley impulsados por los gobernadores y el jefe de Gobierno porteño, que proponen una nueva distribución de los Aportes del Tesoro Nacional (ATN) y del impuesto a los combustibles; un aumento de los haberes jubilatorios del 7,2 por ciento; la elevación del bono destinado a las jubilaciones mínimas de 70.000 a 110.000 pesos; una extensión de dos años de la moratoria previsional; la declaración de emergencia en discapacidad; y el rechazo al veto presidencial a la declaración de emergencia en Bahía Blanca, que dispone la creación de un fondo especial para asistir a esa ciudad, afectada hace cuatro meses por graves inundaciones. Todas estas resoluciones fueron rechazadas o resistidas por el oficialismo.
En la Cámara de Diputados, bloques peronistas y de otros sectores no oficialistas se unieron para aprobar dos reclamos: el emplazamiento a las autoridades de la Comisión de Presupuesto, manejada por los libertarios, para tratar un aumento del financiamiento universitario y la declaración de emergencia en pediatría, impulsada por la crisis del Hospital Garrahan. En el Senado, mientras tanto, una coalición multicolor (integrada por peronistas de diferentes líneas, radicales, macristas y provinciales) reunió los votos necesarios en la Comisión de Presupuesto y Hacienda, que el bloque libertario se negaba a abrir. Los libertarios buscaban evitar o dilatar el avance de los proyectos para aumentar las jubilaciones y restituir la moratoria previsional, que ya contaban con media sanción de Diputados y podían obtener sanción definitiva si el Senado los aprobaba.
Era evidente que las iniciativas rechazadas por el oficialismo ahora recibían apoyos más amplios que en ocasiones anteriores, sumando respaldos de legisladores que antes, por acción u omisión, se habían alineado con el gobierno.
Mandriles en la niebla
El miércoles 9 de julio, alegando complicaciones por la niebla de esa mañana, el presidente Javier Milei canceló su vuelo a San Miguel de Tucumán y su participación en los festejos del 209° aniversario de la Independencia.Pese al fenómeno meteorológico, la vicepresidenta Victoria Villarruel viajó a Tucumán. «Estoy muy feliz de estar acá –dijo al llegar–. Me siento en casa en Tucumán».
Sin embargo, el verdadero motivo de la ausencia de Milei no era la niebla, sino la confirmación de que la mayoría de los gobernadores, conectados a través de un chat grupal, había decidido no encontrarse con él en los festejos. Ellos también tenían excusas: en sus provincias se celebra el Día de la Independencia y consideraban importante compartir el momento con sus comunidades. Además, no estaban comprometidos por una invitación formal, ya que la Presidencia solo les había enviado un correo informativo.
En rigor, la toma de distancia de los gobernadores tenía otras motivaciones. Se sienten financiera y políticamente desatendidos por el gobierno central, que tardó un año en reunir precariamente el Consejo de Mayo, anunciado en julio de 2024 como un espacio para alcanzar acuerdos y consensos. Sometidos por la Casa Rosada a un parco goteo de recursos y, al mismo tiempo, enfrentados a delegados políticos del mileísmo que actúan como competidores y opositores en el ámbito local, los gobernadores definieron en los últimos dos meses una contraofensiva conjunta: unidos, reclamarían los recursos que consideran les corresponden y dejarían claro que esta exigencia no compromete el equilibrio fiscal, una bandera que Milei enarbola y que ellos comparten y aplican en sus distritos. En paralelo, permitirían que, a través de la acción de los legisladores nacionales sobre los que tienen influencia, se priorice la agenda de las provincias. Comenzaron por redactar en el Consejo Federal de Inversiones un proyecto de ley para coparticipar los ATN y distribuir provincialmente los ingresos por combustibles. Con el texto listo, alentaron a sus legisladores a debatirlo y sancionarlo cuanto antes.
La semana pasada señalábamos en este espacio que el oficialismo debatía internamente «si priorizar en todos los territorios la formación de una fuerza propia o llegar a acuerdos con aquellos gobernadores que hasta ahora demostraron buena voluntad para acompañar al gobierno nacional». Mencionábamos al asesor Santiago Caputo como partidario de la segunda postura y a «Karina Milei, respaldada por Eduardo Lule Menem y Martín Menem», como interesada en priorizar el partido. Por los resultados, se deduce que se impuso la línea de Karina.
Desparramados, ¿qué hacemos?
Cuando los gobernadores abrieron las compuertas, todos los bloques no oficialistas del Congreso, que venían actualizando con entusiasmo su propia agenda, vieron la oportunidad de avanzar: en principio, desbloquearían los debates sobre jubilaciones y la emergencia en discapacidad, cajoneados indefinidamente en comisiones encabezadas por libertarios.Así se configuró el escenario para una prueba de fuerzas que se expresó primero en el ausentismo en Tucumán, luego en un ataque de furia presidencial canalizado a través de micrófonos afines y, finalmente, en la sesión del Senado del jueves, presidida por Victoria Villarruel, que decidió avanzar con los proyectos que irritaban a la Casa Rosada.
Como era previsible, Milei anunció que vetará las leyes aprobadas y, si descubre que ha perdido capacidad para sostener sus vetos, las judicializará.
El gobierno parece dispuesto a librar una batalla abierta tanto contra quienes le plantean una oposición sistemática como contra aquellos que lo respaldan parcialmente, pero objetan algunas de sus iniciativas o su forma, a menudo áspera, de expresarlas. No ha atendido las advertencias de quienes le aconsejan no romper lanzas con aquellos que no representan un peligro para el gobierno y que probablemente necesitará en la segunda mitad de su mandato.
«Los espero en diciembre», desafía el Presidente, dando por sentado que, tras las elecciones y la conformación de nuevos bloques parlamentarios, La Libertad Avanza alcanzará una potencia formidable.
Milei lee encuestas que, aunque empiezan a registrar signos negativos sobre la economía y la gestión, le prometen una victoria fácil ante una oposición que hoy se coaliga en el Congreso, pero no supera su dispersión ni la ausencia de líderes y estrategias plausibles.
Sin embargo, ni siquiera una victoria rotunda le otorgaría autonomía parlamentaria; seguirá necesitando aliados para aprobar sus leyes. Además, una política de ruptura con fuerzas potencialmente cooperativas podría generar un resultado paradójico: aunque La Libertad Avanza obtenga más legisladores, podría perder votos de aliados objetivos que este año apoyaron al gobierno, desplazándose hacia la oposición.
La incondicionalidad, virtud en la disciplina militar, otorga a los líderes cuotas temporales de eficacia que los ilusionan, pero en política termina generando aislamiento y, en definitiva, ingobernabilidad.
¿Y la gobernabilidad?
Milei prefiere la confrontación a la negociación, pero no es un jefe militar; le guste o no, es un político. ¿Tiene sentido que ofenda gratuitamente a aquellos con quienes está obligado a interactuar y colaborar? ¿Es útil comandar una cruzada contra su propia vicepresidenta, llamándola «traidora» cuando ella intenta compatibilizar los objetivos del gobierno con el cumplimiento legal de su función? ¿Tiene sentido impulsar una campaña, a veces personalizada y a menudo indiscriminada, contra «los periodistas»? ¿Es razonable alentar a grupos que llaman a «dinamitar el Congreso, con diputados y senadores adentro»?A veces da la impresión de que Milei prefiere posicionarse como líder de una facción, aunque sea numerosa, en lugar de constructor de una fuerza mayoritaria, diversa y plural que, partiendo de los puntos fuertes de su programa, trabaje por la unión nacional. Esta sería, probablemente, la mejor manera de buscar el triunfo y fortalecer la gobernabilidad.



