Pero la Biblia dice que Nuestro Señor aconsejó a sus discípulos: «El que no tiene espada, venda su capa y compre una» (Lucas 22:36).
¿Estaba obligado el sacerdote a poner la otra mejilla?
Quizá la respuesta dependa de la hora en la que se produjo el ataque. Dice el cura que fue en torno a las 3, pero no se sabe si por la tarde o a la madrugada. En este último caso, el libro del Éxodo nos da una buena pista, pues una de las leyes para Israel dice: “Si a alguien se le sorprende robando, y se le mata, su muerte no se considerará homicidio. Si se mata al ladrón a plena luz del día, su muerte se considerará homicidio” (Éxodo 22:2-3).
Si el robo hubiera tenido lugar de noche, es muy probable que Jotayán estuviese autorizado por las Sagradas Escrituras a liquidar al ladrón sin andarse con remilgos; aunque si ocurrió por la tarde, nada hace presumir que exista algún precepto que le prohiba al cura moler a piñas al intruso.
Con el uso de la fuerza física, el cura solo intentaba cumplir con su deber de facilitar que las autoridades lo capturen y lo lleven ante la justicia. Un versículo de la Biblia establece para estos casos el castigo justo y correspondiente: El ladrón devolverá la cantidad o será vendido como esclavo.
A veces es preferible esta última solución (la reducción a la esclavitud a cambio de un precio) a que un juez de garantías imponga al ladronzuelo una serie de reglas de conducta insufribles entre las que figura el tratamiento psicológico para «apaciguar sus impulsos».
Hay quien prefiere llevar una bola de acero atada con cadenas a sus tobillos durante toda su vida, y picar piedras de sol a sol, que enfrentarse diez minutos a una psicoloca del Poder Judicial salteño.

