Al menos eso es lo que se desprende de la noticia que da cuenta de un robo de choclos en una finca ubicada en la ruta nº 68, en jurisdicción del Municipio de Cerrillos.
Pero los mismos ladrones tiemblan de miedo ante la posibilidad de irse al infierno si los días de abstinencia y ayuno de la Cuaresma se ven obligados a comer milanesas en vez de humitas. Delito sí, pero pecado, jamás.
Por esta razón y porque a la mayoría de ellos les da pereza trasladarse a la avenida San Martín para comprarlos legalmente, han salido a la caza furtiva de choclos en las proximidades de su residencia.
La noticia habla de la detención de tres hombres (tres choclochorros) que circulaban a bordo de un vehículo que en su interior llevaba más choclos que gente.
La misma noticia dice que la «alta demanda» que se produce en esta época del año convierte al choclo en «un producto codiciado».
Cuando se apaga el carnaval, los ladrones ya no van en busca de los Rolex o de cadenas de oro; ni siquiera parecen interesados en los apetecidos secarropas: apuntan directamente al choclo.
Muchos se preguntan por qué motivo el Banco Central, en vez de almacenar lingotes en sus pasillos, no atesora bolsas de choclos y las emplea para desestabilizar el programa de aranceles de Donald Trump, que cultiva esos maíces desabridos de Iowa, que nada tienen que hacer con los cerrillanos.
