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Santos Clemente Vera y Jean-Michel Bouvier
Santos Clemente Vera y Jean-Michel Bouvier

Tal día como hoy de 2011, cuando el sol empezaba a ocultarse detrás de las montañas de San Lorenzo, un grupo de desprevenidos turistas encontraba los cuerpos mutilados y liquidados a balazos de Cassandre Bouvier y Houria Moumni, dos universitarias parisinas que visitaban Salta como turistas.



Han transcurrido doce años desde aquella desgraciada tarde y el estupor por el crimen y el impacto del hallazgo han dejado paso a la indignación.

Motivos sobran para que ni los salteños ni los franceses olviden lo ocurrido y para que se renueve el clamor por una justicia que nunca llega y que parece interesada en ocultar la verdad de lo sucedido.

Un ciudadano injustamente condenado a cadena perpetua después de haber sido absuelto por el único tribunal que lo tuvo en frente sigue gritando su inocencia a voz en cuello, mientras espera -quién sabe si inútilmente- que la Corte Suprema de Justicia de la Nación decida sobre su improbable participación en el crimen.

Otro, al que las pruebas biológicas han condenado sin atenuantes, sigue encerrado en un silencio criminal, negándose a revelar quiénes fueron sus verdaderos cómplices y cuáles fueron los motivos de los asesinatos.


Imitándolo, jueces y magistrados del Poder Judicial y del Ministerio Público de Salta parecen haberse juramentado en no hablar del asunto. El silencio en este caso es indigno, porque no parece que estuvieran intentado evitar un probable prejuzgamiento, como algunos descaradamente argumentan, sino que más bien da la impresión de que están escamoteando información importante para la resolución del caso y protegiendo a alguien que no merece protección.

Tras doce años de confusión y de conjuras, siguen en su puesto muchos de los que en su momento no tuvieron vergüenza de torcieron la investigación para ocultar la verdad. Esta vergüenza incluye a los policías que falsificaron pruebas y torturaron a detenidos inocentes. Alguno de ellos fueron premiados con ascensos y otros reconocimientos.

Mientras todo esto ocurre en Salta, en donde nada se mueve, a doce mil kilómetros de distancia, un padre aún transido de dolor libra batallas desde su refugio parisino. Jean-Michel Bouvier sigue firme en su denuncia del sesgo de la investigación, de las interferencias políticas y de la injusta condena de un inocente.

Salta intenta por todos los medios a su alcance prestigiarse como destino turístico internacional, pero su tardanza en esclarecer este horrendo suceso y castigar a los verdaderos culpables trabaja en la dirección contraria, pues solo contribuye a poner más en duda todavía -si cabe- nuestra supuesta buena fama de «destino amigable».


Parece increíble, pero quienes más interesados debieran estar en que este crimen se resuelva de una forma satisfactoria, que la verdad resplandezca y que se haga justicia con los perpetradores, son los que menos han hecho para limpiar la buena imagen de Salta.

Han pasado doce años y los signos de la realidad indican que algunos sujetos con poder apuestan a que el paso del tiempo termine echando un vergonzoso manto del olvido sobre el asunto.

No solo los franceses esperan respuestas; también los salteños, porque el que la vida de dos jóvenes visitantes extranjeras hayan sido segadas de una manera cruel y salvaje nos hace retroceder 500 años, nos dibuja como una sociedad primitiva e indecente, por más que los grandes gerifaltes de la judicatura y de la política se empeñen en vendernos, un día sí y otro también, que vivimos en la sociedad más avanzada y más justa del mundo.



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