Dos criterios han presidido este proceso: Uno, el alineamiento (por cierto, cambiante) de los políticos locales con líderes nacionales y facciones políticas que han conducido al país al desastre.
Con estos mimbres solo se puede urdir el cesto deforme de nuestras contradicciones, aquel recipiente diabólico que contiene tanto los frutos rancios como las brasas ardientes que alimentan el desasosiego nacional y cuecen su desdicha.
Hay una verdad incontrovertible detrás de todo esto: los «proyectos» de país que insinúan los supuestos líderes nacionales no asignan a Salta más que un destino periférico y marginal, tanto en materia económica como política. En la medida en que Salta siga apostando por la polarización afectiva que divide a los argentinos de otras latitudes, mientras sigamos comprando antinomias que no nos resuelven la vida, nuestras oportunidades de despegar, de ser nosotros mismos, de abandonar el cobijo del paraguas nacional, y de dejar atrás nuestras miserias, quedarán diluidas en una lucha desgastante que cada vez nos es más ajena y distante.
Por debajo de esta verdad fundamental se disimula otra no menos importante: el poder local carece de un proyecto de país y solo aspira a que el que viene -sea quien sea- ponga más huevos en nuestra canasta y menos en las de otros. Es por eso que el poder localista se ha esmerado, como casi nunca antes, en colocar a sus más fieles en diferentes listas, todas ellas antagónicas e ideológicamente incompatibles entre sí.
Pero hay quien se encarga de que todo lo que Salta «exporta» (y no hablo de limones, de loros ni de madera) sea de baja calidad. Uno de los primeros pasos que Salta debería dar de camino a la conquista de su autonomía y la optimización de su imagen es mejorar la comunicación pública, un terreno de la vida social en donde hoy por hoy dominan la agrafia, la superficialidad, la chabacanería y el lenguaje derrotado.
Tal vez, con una política de comunicación a la altura de nuestros máximos referentes culturales, los de ahora y los de antes, podríamos evitar la vergüenza de ocupar la primera plana de los periódicos digitales con sucesos tercermundistas como las repetidas violaciones de los padrastros a sus hijastras (la segunda endemia tropical después del dengue) o las intoxicaciones de turistas con monóxido de carbono.
Pero, sin dudas, hace falta mucho más que esto.
En Salta falta realismo y conciencia en nuestros políticos -y nuestros principales dirigentes sociales- de que no se puede hacerlo todo a la vez, de que no tenemos recursos infinitos y que no todas las posibilidades son igual de halagüeñas. Como he dicho muchas veces, se necesita mucho menos «orgullo» y mucha más humildad.
La soberbia tiene muchas aristas negativas, pero una de las más dañinas es aquella que hace que nuestros políticos no sepan elegir. No saben decir que no y tampoco asignar prioridades. Si pueden prometernos que bajarán la luna con la mano, lo harán, si con eso atraen los votos.
Cuando estamos a punto de entrar en la quinta década de la aventura democrática, los salteños todavía no saben muy bien ni cómo ni de qué vivirán cuando promedie el siglo. El empleo en el Estado ya no da más de sí y la combinación del litio y el turismo, más que como una oportunidad, aparece como la tabla de salvación de algunos negocios privados que, desgraciadamente, se tejen y se destejen desde el propio gobierno, sin que el ciudadano acierte a distinguir entre la tarea de un ministro y la de un empresario.
En Salta son necesarias reformas profundas, empezando por una reforma institucional clara y orientada hacia el futuro. Lo que tenemos hoy ya no nos sirve, ni para que vivamos en libertad y con justicia, ni para hacer despuntar la prosperidad que tanto anhelamos. Mantenemos ciertas estructuras, no porque no sepamos cómo cambiarlas, sino porque su control por los grupos de poder asegura que los poderosos van a seguir reproduciéndose y dominando injustamente a los salteños durante varias generaciones.
Reformar, a veces es un fin democrático en sí mismo, puesto que si pasamos de un conjunto institucional convertido en la «zona de confort» de quienes detentan el poder a uno en el que las reglas del juego cambian periódicamente, le estaremos quitando a los poderosos uno de los elementos que apuntalan su comodidad ancestral y los despojaremos también del arma del control institucional con la que a menudo liquidan la igualdad de oportunidades y restan calidad a nuestra democracia.
Debemos desarrollar herramientas analíticas simples (no fórmulas indescifrables) que nos permitan a los ciudadanos comunes distinguir cuidadosamente entre los que realmente quieren acabar con nuestro destino periférico introduciendo reformas orientadas hacia el futuro, y aquellos que calculadamente disfrazan sus propuestas retrógradas detrás de consignas novedosas y atractivas, no con otra intención que la de ganar unas elecciones.
En este juego dialéctico se encuentra, a mi juicio, la clave del futuro de un millón y medios de almas que han tenido la suerte (o la poca suerte) de haber nacido en la Provincia de Salta.